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Óscar
Rodríguez Blanco s.d.b.*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Cada vez que leemos los periódicos, vemos noticieros por
televisión o escuchamos la radio, nos damos cuenta de una gran
cantidad de noticias desagradables que nos impactan, ya sea por lo que
ocurre en el país o por lo que sucede en el ámbito internacional.
Las noticias de las cosas buenas que suceden o que se hacen son pocas
con relación a todo lo que se publica.
Hay noticias de sucesos desagradables causados por desastres de la naturaleza,
ajenos a la voluntad humana, y que nos mueven a ser solidarios en una
u en otra forma con los afectados, y hay otras que nos causan tristeza,
porque son provocadas por el ser humano y tienen como causa el mal uso
de la libertad.
Todas las culturas han mantenido un gran respeto por la vida de sus semejantes,
por ser un principio universal que está presente en la conciencia
de todo ser humano.
El primer bien e interés del hombre es su propia vida por ser un
don de Dios que merece respeto en todas sus etapas. Lastimosamente, hay
una gran cantidad de factores que atentan cada día, a cada hora
y a cada momento, en contra de la vida.
Esta realidad ha originado tanto temor en algunas personas que ya no quieren
salir de sus hogares por temor a ser arrolladas por un vehículo,
o verse envueltas en un cruce de balas o un pleito callejero.
Vivimos inmersos en lo que se llama cultura de la muerte,
que sofoca de forma continua la estabilidad de las familias, de la sociedad
y del mundo entero.
Nos hemos olvidado de que Dios no quiere la muerte, sino la vida, nos
ha enviado a su hijo Jesucristo, para que todo el que crea en Él
tenga vida y la tenga en abundancia.
Dios mismo ha querido tomar la vida de cada uno de sus hijos bajo su protección
y prohíbe su destrucción.
Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: No matarás,
y el que mate, deberá responder ante la justicia (MT 5,21),
mandamiento que nos debe hacer recordar siempre el respeto que se debe
tener por la vida de cada ser humano, sin importar la etapa en que se
encuentre.
Jesús hizo muchos signos y milagros que estaban dirigidos a restaurar
la vida, lastimada muchas veces por la enfermedad o por la muerte.
No podemos negar que en el mundo existe un cierto progreso por el respeto
a la vida, hay signos positivos que indican que ha crecido una actitud
de sensibilidad y respeto por la misma y que existe una condena real por
la violación y atropello de los derechos humanos.
También hay que reconocer que en el corazón de muchos seres
humanos anidan de forma permanente malos sentimientos que afectan profundamente
el respeto por la vida humana. Quiero mencionar algunos de estos atropellos
que constituyen una gravísima ofensa a Dios y a la dignidad de
las personas:
El homicidio se sigue repitiendo cada día en muchísimas
formas, provocado por venganzas, odios, envidias, celos, corrupción,
drogas, pasiones y otras causas, etc.
El autor material o intelectual se hace responsable ante Dios y ante la
ley de suprimir una vida sobre la que no tiene derecho.
La mujer que provoca voluntariamente un aborto, o la persona o personas
que le ayudan a cometerlo, suprimen la vida de un ser indefenso y se hacen
responsables ante su conciencia de una vida que ya tiene un valor en sí
misma y que debe ser respetada en cualquier circunstancia.
La violencia en las carreteras es una forma gravísima de atentar
contra la vida y tiene su causa en la imprudencia, el alcohol, las drogas,
etc.
Estos casos se dan con mucha frecuencia y siguen provocando duelo y sufrimiento
en muchas familias.
La violencia intrafamiliar sigue golpeando con fuerza los hogares y los
que salen perdiendo son los hijos, a los que se les daña física
y sicológicamente.
Existen muchas otras formas que atentan contra la vida como la eutanasia,
el secuestro, la tortura, el terrorismo, las detenciones injustas, el
comercio de armas y de drogas, etc., son situaciones inmorales que reclaman
respeto y responsabilidad, porque van contra la dignidad humana.
Frente a tanto mal, los que creemos en Dios no podemos quedarnos callados
y cruzarnos de brazos, aceptando pasivamente el mal. En el libro de Génesis
leemos que cuando Caín mató a su hermano Abel, Dios le reclamó
fuertemente: ¿Qué has hecho? Habla la sangre de tu
hermano y desde la tierra grita hasta mí.
Por lo tanto, maldito serás, y vivirás lejos de este suelo
fértil que se ha abierto para recibir la sangre de tu hermano,
que tu mano derramó. Cuando cultives la tierra, no te dará
frutos. Andarás errante y vagabundo sobre la tierra (Gen.4, 10-12).
¿Qué has hecho? Es el reproche que Dios puede hacer a cada
uno de nosotros como religiosos, padres de familia, educadores, laicos
comprometidos, etc. Seamos instrumentos de paz y de reconciliación
proclamando siempre la cultura de la vida.
*Párroco de la Iglesia María Auxiliadora
(Don Rúa).

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