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Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
El sorpresivo acuerdo del miércoles entre el Presidente nicaragüense
Enrique Bolaños y su archirrival, el líder sandinista Daniel
Ortega, pareció haber salvado la democracia en esa nación.
Pero ya el jueves surgían nuevas dudas sobre si Ortega cumpliría
con su parte del trato.
El acuerdo facilitado por las Naciones Unidas supuestamente aseguraba
que el Presidente de Nicaragua podría mantener su autoridad. Ortega
y el ex mandatario Arnoldo Alemán han estado fraguando una enmienda
constitucional que demolería los poderes de la presidencia. Ortega
y Alemán no deberían poder salir adelante con su golpe de
Estado legislativo.
A diferencia de otras recientes amenazas al orden democrático en
la región, Nicaragua presenta un caso muy claro de un gobernante
sitiado. Pero incluso en medio de esa crisis que se ha prolongado por
meses, pocos líderes regionales han tenido el valor de brindar
todo su apoyo a Bolaños y condenar en forma inequívoca a
sus adversarios.
Bolaños llegó a su cargo con una rotunda victoria hace tres
años, prometiendo erradicar la corrupción en la nación
más pobre del hemisferio después de Haití. Como era
de esperarse, aquellos que estaban acostumbrados a manipular a Nicaragua
a través de la corrupción y el tráfico de influencias,
se vieron de manera directa amenazados por las reformas y reaccionaron
con fuerza.
Hasta este miércoles, Ortega, Alemán y sus simpatizantes
en la Asamblea Nacional parecían decididos a derribar a Bolaños,
y a la democracia con él, si era necesario. El acuerdo no elimina
los propuestos cambios constitucionales. Pero condiciona su aplicación
a un consenso con la rama Ejecutiva.
Más notable es el hecho de darle a Bolaños un lugar en la
mesa igual al de sus adversarios, en vez de con Ortega y Alemán,
apuntándole con una pistola en la cabeza como venían
haciéndolo, dijo el canciller nicaragüense Norman José
Caldera en una entrevista desde Managua. Agregó que la presión
de la comunidad internacional ha sido un factor crucial.
Pero a decir verdad, ésta no ha sido una de las horas más
brillantes de los líderes regionales. Cuando la crisis empeoró
la semana pasada, la mejor respuesta que la Organización de Estados
Americanos pudo apresurarse a dar fue una declaración en su página
de la Internet, tarde el viernes, en la que enfatizaba que la separación
de poderes es un elemento esencial de la democracia. El martes,
el Consejo Permanente de la OEA prometió continuar vigilando los
acontecimientos muy de cerca.
Cabe preguntarse si un seguimiento desde la comodidad de su sede en Washington
es lo mejor que puede hacer el organismo del hemisferio comprometido con
defender la democracia.
No es que los líderes regionales no se hayan visto antes en situaciones
similares. Fue, de hecho, un voto de la OEA, en la noche del 23 de junio
de 1979, que pidió el reemplazo inmediato y definitivo
del régimen inhumano de Anastasio Somoza el que aseguró
su salida de Nicaragua tres semanas más tarde.
Es más común hoy en día que las circunstancias no
se vean tan en blanco y negro como en Nicaragua. Intereses políticos,
económicos y estratégicos se combinan para hacer que la
OEA se muestre recelosa. Ese es el caso en Venezuela, y tal vez más
recientemente en Ecuador, donde aquellos que juegan con las sagradas divisiones
de poder son los presidentes mismos. Pero Hugo Chávez y Lucio Gutiérrez
mantienen cierta apariencia de legitimidad moral y democrática
como los líderes popularmente electos y, en el caso particular
de Chávez, por el atractivo que ejerce entre aquellos que son ignorados
en su país.
Pero tal vez la incapacidad de actuar más resueltamente tiene más
que ver con las batallas internas de la OEA, que con lo que estaba sucediendo
en Nicaragua.
Diplomáticos bien situados en la OEA me dijeron, a comienzos de
la semana, que la mayoría de países miembros esperaba que
Bolaños no se decidiera a invocar la Carta Democrática Interamericana,
que establece el respeto por el orden democrático como una condición
previa para ser aceptado en la comunidad de naciones de las Américas.
Dijeron que la carta no estaba destinada para este tipo de desacuerdos
internos (es difícil imaginar para qué mejor causa puede
servir).
Otros diplomáticos de la OEA manifestaron que temían una
reacción contra Bolaños de quienes simplemente quieren mostrar
su despecho a la administración Bush, la cual tiene en muy alta
estima al mandatario nicaragüense.
Esta incapacidad para apreciar una crisis democrática por animadversión
hacia Estados Unidos refuerza la noción en América Latina
de que organismos internacionales como la OEA son tigres sin colmillos.
Ortega ha usado el temor a una intervención estadounidense para
asustar a los nicaragüenses e inclinarlos hacia su lado. Al final
del día, fue una participación decisiva de la ONU no
de Estados Unidos o la OEA la que intentó poner freno a las
ambiciones de Ortega. Todavía queda por ver si tendrá éxito.
*Columnista del Washington Post.

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