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Desde washington
Intentan frenar ambiciones de Ortega

Esta incapacidad para apreciar una crisis democrática por animadversión hacia Estados Unidos refuerza la noción en América Latina de que organismos internacionales como la OEA son tigres sin colmillos

Publicada 14 enero 2005, El Diario de Hoy


Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

El sorpresivo acuerdo del miércoles entre el Presidente nicaragüense Enrique Bolaños y su archirrival, el líder sandinista Daniel Ortega, pareció haber salvado la democracia en esa nación. Pero ya el jueves surgían nuevas dudas sobre si Ortega cumpliría con su parte del trato.

El acuerdo facilitado por las Naciones Unidas supuestamente aseguraba que el Presidente de Nicaragua podría mantener su autoridad. Ortega y el ex mandatario Arnoldo Alemán han estado fraguando una enmienda constitucional que demolería los poderes de la presidencia. Ortega y Alemán no deberían poder salir adelante con su golpe de Estado legislativo.

A diferencia de otras recientes amenazas al orden democrático en la región, Nicaragua presenta un caso muy claro de un gobernante sitiado. Pero incluso en medio de esa crisis que se ha prolongado por meses, pocos líderes regionales han tenido el valor de brindar todo su apoyo a Bolaños y condenar en forma inequívoca a sus adversarios.

Bolaños llegó a su cargo con una rotunda victoria hace tres años, prometiendo erradicar la corrupción en la nación más pobre del hemisferio después de Haití. Como era de esperarse, aquellos que estaban acostumbrados a manipular a Nicaragua a través de la corrupción y el tráfico de influencias, se vieron de manera directa amenazados por las reformas y reaccionaron con fuerza.

Hasta este miércoles, Ortega, Alemán y sus simpatizantes en la Asamblea Nacional parecían decididos a derribar a Bolaños, y a la democracia con él, si era necesario. El acuerdo no elimina los propuestos cambios constitucionales. Pero condiciona su aplicación a un consenso con la rama Ejecutiva.

Más notable es el hecho de darle a Bolaños un lugar en la mesa igual al de sus adversarios, en vez de con Ortega y Alemán, apuntándole “con una pistola en la cabeza” como venían haciéndolo, dijo el canciller nicaragüense Norman José Caldera en una entrevista desde Managua. Agregó que la presión de la comunidad internacional ha sido un factor crucial.

Pero a decir verdad, ésta no ha sido una de las horas más brillantes de los líderes regionales. Cuando la crisis empeoró la semana pasada, la mejor respuesta que la Organización de Estados Americanos pudo apresurarse a dar fue una declaración en su página de la Internet, tarde el viernes, en la que enfatizaba que la separación de poderes es un “elemento esencial” de la democracia. El martes, el Consejo Permanente de la OEA prometió continuar vigilando los acontecimientos “muy de cerca”.

Cabe preguntarse si un seguimiento desde la comodidad de su sede en Washington es lo mejor que puede hacer el organismo del hemisferio comprometido con defender la democracia.

No es que los líderes regionales no se hayan visto antes en situaciones similares. Fue, de hecho, un voto de la OEA, en la noche del 23 de junio de 1979, que pidió el “reemplazo inmediato y definitivo” del régimen “inhumano” de Anastasio Somoza el que aseguró su salida de Nicaragua tres semanas más tarde.

Es más común hoy en día que las circunstancias no se vean tan en blanco y negro como en Nicaragua. Intereses políticos, económicos y estratégicos se combinan para hacer que la OEA se muestre recelosa. Ese es el caso en Venezuela, y tal vez más recientemente en Ecuador, donde aquellos que juegan con las sagradas divisiones de poder son los presidentes mismos. Pero Hugo Chávez y Lucio Gutiérrez mantienen cierta apariencia de legitimidad moral y democrática como los líderes popularmente electos y, en el caso particular de Chávez, por el atractivo que ejerce entre aquellos que son ignorados en su país.
Pero tal vez la incapacidad de actuar más resueltamente tiene más que ver con las batallas internas de la OEA, que con lo que estaba sucediendo en Nicaragua.

Diplomáticos bien situados en la OEA me dijeron, a comienzos de la semana, que la mayoría de países miembros esperaba que Bolaños no se decidiera a invocar la Carta Democrática Interamericana, que establece el respeto por el orden democrático como una condición previa para ser aceptado en la comunidad de naciones de las Américas. Dijeron que la carta no estaba destinada para este tipo de desacuerdos internos (es difícil imaginar para qué mejor causa puede servir).

Otros diplomáticos de la OEA manifestaron que temían una reacción contra Bolaños de quienes simplemente quieren mostrar su despecho a la administración Bush, la cual tiene en muy alta estima al mandatario nicaragüense.

Esta incapacidad para apreciar una crisis democrática por animadversión hacia Estados Unidos refuerza la noción en América Latina de que organismos internacionales como la OEA son tigres sin colmillos.

Ortega ha usado el temor a una intervención estadounidense para asustar a los nicaragüenses e inclinarlos hacia su lado. Al final del día, fue una participación decisiva de la ONU —no de Estados Unidos o la OEA— la que intentó poner freno a las ambiciones de Ortega. Todavía queda por ver si tendrá éxito.

*Columnista del Washington Post.



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