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De mis recuerdos
Cuando el heroísmo era cotidiano

Manlio y Leonel son, para mí, símbolos de una generación que creyó sinceramente en sus ideales al punto de morir por ellos. No fueron los únicos, no. Muchos de mis mejores amigos murieron por lo mismo.

Publicada 13 enero 2005, El Diario de Hoy


Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@yahoo. com.mx

Leonel Rugama tenía 20 años y muchos sueños de justicia cuando cayó abatido a balazos por la Guardia Nacional el 15 de enero de 1970, en un barrio de Managua.

Había combatido desde el amanecer hasta casi pasado el mediodía contra todo un batallón que intentaba asaltar la casa clandestina. Había sido el último de los sobrevivientes de un pequeño grupo guerrillero que resistía al asalto con pequeñas pistolas y uno que otro fusil.

Somoza ordenó a su canal de televisión que transmitiera en vivo el combate para que sirviera de escarmiento público y de advertencia a los simpatizantes de las guerrillas. Pero miles de nicaragüenses veían en sus pantallas cómo, una y otra vez, las tanquetas retrocedían ante la pequeña, pero feroz resistencia desde la casa. Al final sólo había quedado vivo el poeta Rugama, quien, según sus poemas, meterse a la guerrilla era sinónimo de vivir como los santos.

¡Ríndanse!, gritó un oficial de la guardia. “Que se rinda tu madre”, gritó Rugama. Un grito que se oyó por la televisión. Pocos minutos después el cuerpo del poeta era un colador ensangrentado. Haber transmitido en vivo aquel combate desigual, aquella resistencia impresionante y aquel grito de rebeldía fue un tremendo error del dictador. Miles de jóvenes siguieron el ejemplo de Leonel Rugama. Nueve años después, en medio del repudio universal, cayó la dictadura somocista.

Manlio Armijo también tenía 21 años y ganas de arreglar el mundo cuando, ante la posibilidad concreta de ser capturado en un operativo contrainsurgente, se pegó un tiro en la cabeza. Ocurrió en Tegucigalpa, en los primeros meses de 1982. Manlio era el jefe de las estructuras clandestinas del grupo guerrillero salvadoreño Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en Honduras. Su misión era, entre otras, garantizar el paso de armas desde Nicaragua a los frentes guerrilleros en El Salvador.

Pero la guerrilla salvadoreña en Honduras no sólo tenía que ver con cuestiones logísticas. El mismo Manlio había comandado una operación de sabotaje a plantas eléctricas que provocó un apagón sin precedentes en Tegucigalpa. En otra ocasión, un comando guerrillero del ERP planeó liquidar al jefe del ejército hondureño, general Gustavo Álvarez Martínez.

Según supe de primera mano, la inteligencia del ERP había obtenido la información sobre la fecha y la hora exactas en las que el general tendría que pasar por un determinado lugar de las afueras de Tegucigalpa. Le prepararon una emboscada clásica. Una mina que estallaría al ser rotos los cables que sostenían su detonante. Luego vendría el ataque desde los costados con poderosos proyectiles RPG 2, (bastones chinos) con capacidad para penetrar el acero, granadas y nutrido fuego de fusilería. Con la capacidad destructiva del bastón chino, del general Martínez no iba a quedar más que un uniforme chamuscado. Con uno de esas armas mataron a Somoza en Paraguay.

Justamente cuando faltaban pocos minutos para que la pequeña caravana de Martínez pasara por el solitario paraje del tramo carretero y cuando el comando guerrillero tenía todos los nervios en tensión, apareció una vaca caminando de lo más oronda por la carretera. El jefe del grupo no podía creer lo que estaba pasando; la res caminaba directo hacia la mina. Le tiraron piedras, le gritaron. Pero no había manera de pararla. La pobre rompió los cables... y estalló en varios pedazos. La operación fue abortada. (Creo que ésta es la primera vez que se cuenta esta historia).

El mando militar hondureño se empeñó en descubrir y aniquilar a las unidades del ERP, que por esos años llegaron a ser más numerosas y poderosas que las mismas guerrillas hondureñas. Esa mañana de principios del 82, las unidades especiales del ejército hondureño ocuparon todas las calles adyacentes de una casa de una colonia de clase media al sur de Tegucigalpa. Abrieron fuego y al igual que lo ocurrido en Managua en 1970, la resistencia de los pocos guerrilleros que estaban dentro fue in- creíble. Manlio Armijo, conocido como Juan, cubrió hasta donde pudo la retirada de sus compañeros.

Y cuando trataba él mismo de retirarse por los patios de los vecinos, fue herido de gravedad en una pierna. Los soldados le ordenaron que se rindiera. Y comenzaron a acercarse para capturarle vivo. Sabían que Juan tenía información estratégica sobre el paso de armas de Nicaragua a El Salvador y que había que arrancársela a toda costa. Juan estaba consciente de lo que le pasaría si lo agarraban vivo. Tomó su arma, disparó y se mató. En París, su padre, el poeta Roberto Armijo, comenzó a morir también por la muerte de su hijo menor.

Manlio y Leonel son, para mí, símbolos de una generación que creyó sinceramente en sus ideales al punto de morir por ellos. No fueron los únicos, no. Muchos de mis mejores amigos murieron por lo mismo: patrias libres, sin cárceles, sin miedos. ¿Qué tiene que ver esto con la Cuba de Castro convertida en una gigantesca cárcel donde ser periodista es un delito? ¿O el tremendo daño que le está haciendo Ortega a Nicaragua, o la zozobra permanente a la que Handal y su grupo mantiene sometido al país?
*Columnista de El Diario de Hoy.


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