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Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Mañana se cumplen cuatro años de aquel fatídico
13 de enero de 2001. Fecha ingrata de recordar para muchos compatriotas
que perdieron familiares, amigos y bienes materiales. Cuántas historias
de audacia, solidaridad y compasión se podrían comentar
de aquel día y, por lo mismo, tantas lecciones que aprender.
Sin embargo, aunque los salvadoreños hemos superado con garbo buena
parte de las adversidades que la catástrofe nos heredó,
queda tanto por hacer para prevenir que ese drama se repita.
A estas alturas nadie puede negar que ese terremoto resultó implacable
para la economía salvadoreña. Las pérdidas en infraestructura
escolar, vial, de vivienda, hospitalaria, laboral y cultural ocasionaron
efectos colaterales en la población: el costo de la vida aumentó
como resultado de la inflación y de las cuantiosas pérdidas
de muebles e inmuebles de las familias afectadas. Asimismo, el nivel de
desempleo se elevó considerablemente a causa de los daños
físicos que ocasionó el sismo en la micro, pequeña
y mediana empresa, y, por supuesto, las consiguientes pérdidas
millonarias que se dieron en el sector agrícola al malograrse diferentes
cosechas y cultivos.
El aspecto social también se complicó, dado el número
de familias que perdieron alguno de sus miembros en esa terrible mañana
de sábado. El drama humano de muchos salvadoreños que no
verán más a sus seres queridos y el patrimonio hecho a lo
largo de una vida. Es la historia de una parte importante de la sociedad
que resultó damnificada y quedó afectada por el impacto
inmediato que ocasionó la fuerza de la naturaleza.
No es mi intención remover tristes recuerdos ni ahondar en el dolor
de tantas personas que sufrieron en carne propia el impacto de la tragedia.
Por el contrario, mi interés tiene que ver con la necesidad de
disponer sistemáticamente como nación, de una estructura
humana, profesional y material que esté debidamente preparada para
contrarrestar eventos de tal envergadura.
Ciertamente, nuestras instituciones tienen una determinada capacidad de
reacción ante una situación inesperada. Sin embargo, a raíz
de la reciente catástrofe que ha afectado al sudeste asiático
y dadas sus impresionantes consecuencias, vale la pena que los organismos
nacionales, que son responsables de alertar y coordinar a la población
en casos de emergencia, se preocupen también por el aspecto preventivo
e informativo de la cuestión. En este sentido, bien dicen que es
mejor llegar una hora antes que cinco minutos después
al núcleo del problema.
Está claro que no es posible tener todos los recursos a la mano
para abastecer la urgencia que genera un terremoto, un tsunami o un huracán.
Empero, los antecedentes de las catástrofes recientes que hemos
padecido nos dan un marco de referencia para establecer un plan de acción
coherente con la realidad que vivimos.
Ahora, el país parece que ha ganado músculo en el proceso
de reconstrucción nacional y el Gran San Salvador da la impresión
de que ha logrado un nuevo rostro en algunas zonas que resultaron afectadas.
Aun con todo, no sería de extrañar que puedan haber edificios,
casas e instalaciones con daños ocultos en su infraestructura,
lo cual representa un riesgo añadido para muchas personas que habitan
esos inmuebles.
Lo cierto es que después de algún tiempo que han ocurrido
algunas tragedias en estas latitudes, a muchos se nos olvida que las hemos
sufrido con todo el rigor y hasta restamos importancia a elementales recomendaciones
de precaución para evitar futuros siniestros. Por eso, esta impactante
emergencia que están viviendo países como Sri Lanka, Indonesia
o la India, son recordatorios automáticos de la fragilidad geológica
y sísmica que también padecemos por estos lares.
Ojalá que esos pueblos logren recuperarse pronto del enorme impacto
emocional y material que han vivido en las últimas dos semanas.
Es verdad que la comunidad internacional está colaborando en la
ingente tarea de llevar alimentos y bienes de consumo a los más
de cinco millones de damnificados. No obstante, hay una parte de esa realidad
humana que no es posible reemplazar con ningún bien material o
económico: la vida de miles de personas. En gran medida, tal y
como hemos visto en las noticias, el tsunami no ha respetado fronteras,
nacionalidades ni vínculos familiares.
En definitiva, este tipo de catástrofe no debería sólo
estremecernos, sino que también debería hacernos examinar
la compasión y empatía por tantos que están esperando
nuestra generosidad al otro lado del Pacífico. De igual modo, es
un llamado de atención para que revisemos nuestros planes de emergencia
y hagamos inventario de los recursos disponibles.
Efectivamente, debemos tener confianza en Dios que no sucederá
un percance de esas características en esta región, sin
embargo, no está de más que tomemos las precauciones pertinentes
para evitar desgracias derivadas de nuestras propias negligencias.
Sin lugar a dudas, más que alarmarnos, ahora es tiempo oportuno
para prevenir, informar y proteger a nuestra gente.
En este nuevo aniversario del terremoto, aprovecho expresar mi solidaridad
a las familias que perdieron algún ser querido y les exhorto vivamente
a recuperar la esperanza.
*Doctor en Comunicación Pública.

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