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Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Cuando en el siglo antepasado se decretó la muerte
de Dios, seguida por el más grande aumento en la historia de agnósticos,
ateos e indeferendentistas, daba comienzo sin saberlo un movimiento social
de proporciones gigantesca, que hoy le explota en la cara al mundo.
Antes millones de personas de alguna manera mayor o menor, sentían
amor, respeto y temor a un magno Creador, sintiendo que el otro
mundo de alguna manera se enlazaba con éste, que después
de la vida humana existía otra, sobrenatural, con relaciones de
interés inmediato para la esencia humana, entendida ésta
como espíritu y con obvias e inmediatas relaciones éticas
y morales en el seno de las sociedades.
Esto conducía a una moderación en los pensamientos, los
actos y las costumbres, en acomodo a las normas que Dios habría
establecido para sus hijos; así éstas variaran, que existiera
polémica entre colectivos y que se dieran incluso enfrentamientos
entre pensamientos disímiles, el resultado general producía
un santo temor de Dios y un refuerzo a la moral y al derecho,
que de alguna manera evitaban una buena proporción de actividades
negativas contra el género humano para no hablar de ofensivas
al Creador.
Siendo en occidente el decálogo el referente genérico y,
hasta hace relativamente poco, la Iglesia Católica, el principal
baluarte de la espiritualidad en su versión religiosa.
Sería largo y un tanto complejo expresar los grupos, sociedades
secretas, ideologías y acontecimientos que se han ido acumulando
hasta lograr el sedimento básico del feliz mundo sin Dios
en obligada libertad (!) al que hemos arribado.
Destacan, sin embargo, la mención de la revolución francesa,
con sus contenidos racionalistas, iluministas y naturalistas, que precedieron
al escepticismo, nihilismo, liberalismo, secularismo y finalmente marxismo.
Previamente la reforma protestante ocasionó una división
en el mundo cristiano que no ha hecho más que agudizarse hasta
el paroxismo, logrando su máxima expresión en el Concilio
Vaticano II. Aunque alguno crea que el ecumenismo fortifica, el de este
tipo debilita y disuelve. Las revoluciones hijas, como la
mexicana, soviética y los intentos tercermundistas, han arrojado
una considerable cantidad de confusión cultural, contribuyendo
sustancialmente en la muerte de Dios.
Ya sin temer premios ni castigos posteriores, en un universo desprovisto
de sentido o por lo menos que escapa a nosotros si es que lo tuviera,
la persona humana, provista de un alma que puede salvarse o condenarse,
se convierte en un simple bípedo implume, un animal racional que
muere igual que una sabandija, de la que se diferencia únicamente
por su nivel evolutivo. ¿Cómo, de esta manera, puede subsistir
un resorte superior que impulse a ese pobre y desprotegido ser, obligado
a ser libre, a doblegar sus instintos animales, en aras a... qué?
Una libertad entre comillas que no es sino una alineación del sentido
moral, incluso el de la sana razón natural, una manipulación
a veces y una confusión siempre; una orfandad de la voluntad, dejada
de lado de los más nobles propósitos, rotos de la brújula
celeste de los derroteros que llevan a la humanidad a su punto álgido...
equivocadamente creyendo que el placer es la felicidad, que el dominio
de la técnica basta y las relaciones humanas serán buenas
si se deja a cada quien hacer lo que le venga en gana... y así
pudiéramos continuar en este mismo orden.
Se ha teorizado hasta afirmar de que si Dios no existiera, habría
que inventarlo, por la bondad que ello traería a las personas,
a la sociedad, a la civilización. La teoría del como
si..., de actuar y hasta pensar con la premisa básica de
su existencia. El Dios de los poetas, el de los héroes, el de los
místicos, el que descendió para ser asesinado para enseñarnos
el mandamiento del amor... todavía habemos muchos que no creemos
que sea una impostura intelectual, pero es un buen paso el que siquiera
los agnósticos empezaran a proceder como si..., tal
vez la gracia se pudiera empezar a derramar un poco más sobre este
mundo tan sediento de ella.
Para terminar estas reflexiones, que más que sobre la muerte de
Dios son sobre la agonía de la inteligencia (pues no aceptar lo
evidente no es precisamente estar pletórico de ella), hay que decir
que más que como un freno debemos visualizar su presencia como
un actuar hacia él, es la posibilidad de acerca un mundo superior,
a través del catalizador humano, y mejorar a éste.
* Lic. en Ciencias Políticas

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