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De la cima a la sima
Muerte de Dios: causa de males sociales

Una libertad entre comillas que no es sino una alineación del sentido moral, incluso el de la sana razón natural, una manipulación a veces y una confusión siempre.

Publicada 11 enero 2005, El Diario de Hoy


Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Cuando en el siglo antepasado se “decretó” la muerte de Dios, seguida por el más grande aumento en la historia de agnósticos, ateos e indeferendentistas, daba comienzo sin saberlo un movimiento social de proporciones gigantesca, que hoy le explota en la cara al mundo.

Antes millones de personas de alguna manera mayor o menor, sentían amor, respeto y temor a un magno Creador, sintiendo que “el otro mundo” de alguna manera se enlazaba con éste, que después de la vida humana existía otra, sobrenatural, con relaciones de interés inmediato para la esencia humana, entendida ésta como espíritu y con obvias e inmediatas relaciones éticas y morales en el seno de las sociedades.

Esto conducía a una moderación en los pensamientos, los actos y las costumbres, en acomodo a las normas que Dios habría establecido para sus hijos; así éstas variaran, que existiera polémica entre colectivos y que se dieran incluso enfrentamientos entre pensamientos disímiles, el resultado general producía un “santo temor de Dios” y un refuerzo a la moral y al derecho, que de alguna manera evitaban una buena proporción de actividades negativas contra el género humano —para no hablar de ofensivas al Creador.
Siendo en occidente el decálogo el referente genérico y, hasta hace relativamente poco, la Iglesia Católica, el principal baluarte de la espiritualidad en su versión religiosa.

Sería largo y un tanto complejo expresar los grupos, sociedades secretas, ideologías y acontecimientos que se han ido acumulando hasta lograr el sedimento básico del “feliz mundo sin Dios” en obligada libertad (!) al que hemos arribado.

Destacan, sin embargo, la mención de la revolución francesa, con sus contenidos racionalistas, iluministas y naturalistas, que precedieron al escepticismo, nihilismo, liberalismo, secularismo y finalmente marxismo. Previamente la reforma protestante ocasionó una división en el mundo cristiano que no ha hecho más que agudizarse hasta el paroxismo, logrando su máxima expresión en el Concilio Vaticano II. Aunque alguno crea que el ecumenismo fortifica, el de este tipo debilita y disuelve. Las revoluciones “hijas”, como la mexicana, soviética y los intentos tercermundistas, han arrojado una considerable cantidad de confusión cultural, contribuyendo sustancialmente en la “muerte de Dios”.

Ya sin temer premios ni castigos posteriores, en un universo desprovisto de sentido —o por lo menos que escapa a nosotros si es que lo tuviera—, la persona humana, provista de un alma que puede salvarse o condenarse, se convierte en un simple bípedo implume, un animal racional que muere igual que una sabandija, de la que se diferencia únicamente por su nivel evolutivo. ¿Cómo, de esta manera, puede subsistir un resorte superior que impulse a ese pobre y desprotegido ser, obligado a ser libre, a doblegar sus instintos animales, en aras a... qué?

Una libertad entre comillas que no es sino una alineación del sentido moral, incluso el de la sana razón natural, una manipulación a veces y una confusión siempre; una orfandad de la voluntad, dejada de lado de los más nobles propósitos, rotos de la brújula celeste de los derroteros que llevan a la humanidad a su punto álgido... equivocadamente creyendo que el placer es la felicidad, que el dominio de la técnica basta y las relaciones humanas serán buenas si se deja a cada quien hacer lo que le venga en gana... y así pudiéramos continuar en este mismo orden.

Se ha teorizado hasta afirmar de que si Dios no existiera, habría que inventarlo, por la bondad que ello traería a las personas, a la sociedad, a la civilización. La teoría del “como si...”, de actuar y hasta pensar con la premisa básica de su existencia. El Dios de los poetas, el de los héroes, el de los místicos, el que descendió para ser asesinado para enseñarnos el mandamiento del amor... todavía habemos muchos que no creemos que sea una impostura intelectual, pero es un buen paso el que siquiera los agnósticos empezaran a proceder “como si...”, tal vez la gracia se pudiera empezar a derramar un poco más sobre este mundo tan sediento de ella.

Para terminar estas reflexiones, que más que sobre la muerte de Dios son sobre la agonía de la inteligencia (pues no aceptar lo evidente no es precisamente estar pletórico de ella), hay que decir que más que como un freno debemos visualizar su presencia como un actuar hacia él, es la posibilidad de acerca un mundo superior, a través del catalizador humano, y mejorar a éste.

* Lic. en Ciencias Políticas



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