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(Primera
parte)
Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Aunque la naturaleza suele imitar al arte, también como
dijo Oscar Wildeel arte imita a la naturaleza. Pensé
en ello al repasar lo que los avances de la biología nos van revelando
de la maravillosa secuencia de leyes, fuerzas e interacciones, dentro
del cuerpo de una mujer, cuando se produce una fecundación seguida
de embarazo. Se trata de un plan de intrincada precisión, de un
verdadero milagro biológico, cuyos secretos bioquímicos
se van revelando poco a poco.
Un encuentro de amor celular la unión de un óvulo
con un espermatozoide seguido de otro encuentro de amor, amor bioquímico
y hormonal, entre dos seres humanos el embrión y su madre
que se van conociendo y haciendo donaciones mutuas hasta dar a luz un
recién nacido.
Trataré de explicarlo en lenguaje lo más alejado posible
de lo anatómico y bioquímico, y permitiéndome comparaciones
con amores de todos conocidos, que hagan más amenas esas maravillas
de la naturaleza. Lo que he puesto en cursivas lo he tomado de artículos
científicos de la Dra. Natalia López Moratalla, catedrática
de Biología.
Un hombre y una mujer han completado una relación sexual natural.
Tras la eyaculación del semen masculino en la vagina femenina,
los espermatozoides emprenden una maratónica carrera, nadando cuesta
arriba. De unos trescientos millones de ellos, sólo un millón
de atravesará el cuello de la matriz y sólo unos pocos cientos,
a lo largo de toda la cavidad uterina, llegarán hasta el lugar
donde espera la princesa prometida, la amada desconocida:
el óvulo femenino maduro. Pero esa princesa no espera dentro de
su país (el ovario) ni siquiera dentro de su casa (el folículo
maduro), sino que sale, se desprende en parte de su corona radiada,
y camina, lenta y majestuosamente, como haciéndose esperar, al
encuentro de su pretendiente desconocido, el príncipe,
el espermatozoide campeón que primero llegue a ella, después
de su kilométrica carrera.
Ella va vestida sólo con una capa de pequeñas células
y un espeso velo: la zona pelúcida. Él, apenas
cubierto por el delgado vestido del acrosoma, pero de prisa,
impulsado por su larga cola serpenteante. Si supieran hablar con voces
humanas, ella podría recitar el poema Noche oscura,
de San Juan de la Cruz, y ambos el Cantar de los Cantares,
de la Biblia.
Pero mudos no son, tienen su lenguaje bioquímico, cantan a dúo
y una importante orquesta de inducciones y transferencias hormonales y
fisiológicas les acompaña. Y esa melodía de amor
se irá imponiendo, con diversa importancia, a los órganos
y tejidos del cuerpo materno. La hipófisis toma la batuta para
dirigir la orquesta. El folículo de donde salió el óvulo
se transformará en cuerpo lúteo de embarazo.
Las glándulas mamarias, que dormían silenciosas, se despiertan
y desarrollan la despensa que alimentará al lactante.
Una de las trompas uterinas se ha movido para recoger al óvulo
al comienzo de su camino. En la cavidad central de la matriz, el
endometrio ha crecido y madurado, preparando la cuna donde se anidará
el hijo resultante del encuentro.
Aproximadamente a los dos días, del comienzo de sus dos caminos,
varios espermatozoides han llegado al lugar donde se encuentra el óvulo,
en el tercio externo de una de las dos trompas uterinas. En el camino
hacia la trompa, los espermatozoides han sufrido una capacitación
y una reacción acrosómica que les permitiría
vencer la resistencia que el ovario ofrece con la espesa cubierta de su
zona pelúcida. Pero la princesa-ovario es honesta y
monógama. No admite más que a uno de ellos. Y sólo
uno de ellos atravesará la zona pelúcida y entrará,
cabeza y cola, dentro del óvulo. Se cierra la puerta: la
reacción de zona, con la que se bloquea la entrada para otros
pretendientes.
Ahora comienza una acción de amor total. Será una fusión
donde los dos desaparecerán por completo para formar un nuevo ser:
el cigoto humano. Pero para esto es esencial que ellos se encuentren en
un estado de represión (silenciamiento de la
expresión genética) y que esta timidez o bloqueo sea
eliminada y lo hacen activándose mutuamente: poniendo en
marcha los mecanismos moleculares derivados de la interacción o
diálogo entre ambas células. La señal clave
en este proceso es una elevación de los niveles de iones
calcio en la zona del óvulo por la que penetró el espermatozoide.
Los iones de calcio se difunden desde el punto de entrada al resto del
cuerpo del óvulo e irán regulando de forma acompasada los
diferentes sucesos que dan lugar a la generación del nuevo ser.
Entre ésos, la formación de los microfilamentos que
partiendo del pronúcleo paterno atraen al pronúcleo materno,
permitiendo el acercamiento y traslado de ambos hacia el centro del citoplasma
celular. Mientras se aproximan, sus membranas nucleares se desintegran
y sus cromosomas se mezclan antes de la primera división mitótica.
La fecundación ha terminado.
El resultado no es ya un óvulo fecundado como
pretenden hacer creer algunos, sino un nuevo individuo de la especie
humana. Tiene 46 cromosomas que lo identifican como perteneciente a la
especie humana y lo que es más importante, su genoma es propio
y único de él. Ningún otro en el mundo tendrá
su misma dotación genética. Ese es su DUI, su Documento
Único de Identidad. Es un organismo, unicelular, pero totipotencial.
Él comienza su autoconstrucción y desarrollo sin que nada
ni nadie le añada algo esencial. Tiene todo lo que necesita: el
plano, las fuerzas y los materiales para ir construyendo y desplegando
su humanidad. Si nadie lo ataca y lo destruye, seguirá así,
en un continuo, hacia su nacimiento, su infancia, su madurez y su vejez.
Con el cigoto comienza otro diálogo de amor, un amor diferente:
es el amor de la madre gestante con su desconocido hijo que viene en camino.
Lo veremos el próximo lunes.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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