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Sobre el origen de un ser humano
Dos encuentros de amor... biológico

Trataré de explicarlo en lenguaje lo más alejado posible de lo anatómico y bioquímico, y permitiéndome comparaciones con amores de todos conocidos

Publicada 10 enero 2005, El Diario de Hoy

(Primera parte)
Luis Fernández Cuervo
*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Aunque la naturaleza suele imitar al arte, también —como dijo Oscar Wilde—“el arte imita a la naturaleza”. Pensé en ello al repasar lo que los avances de la biología nos van revelando de la maravillosa secuencia de leyes, fuerzas e interacciones, dentro del cuerpo de una mujer, cuando se produce una fecundación seguida de embarazo. Se trata de un plan de intrincada precisión, de un verdadero “milagro” biológico, cuyos secretos bioquímicos se van revelando poco a poco.

Un encuentro de amor celular —la unión de un óvulo con un espermatozoide— seguido de otro encuentro de amor, amor bioquímico y hormonal, entre dos seres humanos —el embrión y su madre— que se van conociendo y haciendo donaciones mutuas hasta dar a luz un recién nacido.

Trataré de explicarlo en lenguaje lo más alejado posible de lo anatómico y bioquímico, y permitiéndome comparaciones con amores de todos conocidos, que hagan más amenas esas maravillas de la naturaleza. Lo que he puesto en cursivas lo he tomado de artículos científicos de la Dra. Natalia López Moratalla, catedrática de Biología.

Un hombre y una mujer han completado una relación sexual natural. Tras la eyaculación del semen masculino en la vagina femenina, los espermatozoides emprenden una maratónica carrera, nadando cuesta arriba. De unos trescientos millones de ellos, sólo un millón de atravesará el cuello de la matriz y sólo unos pocos cientos, a lo largo de toda la cavidad uterina, llegarán hasta el lugar donde espera la “princesa prometida”, la “amada desconocida”: el óvulo femenino maduro. Pero esa princesa no espera dentro de su país (el ovario) ni siquiera dentro de su casa (el folículo maduro), sino que sale, se desprende en parte de su “corona radiada”, y camina, lenta y majestuosamente, como haciéndose esperar, al encuentro de su pretendiente desconocido, el “príncipe”, el espermatozoide campeón que primero llegue a ella, después de su kilométrica carrera.

Ella va vestida sólo con una capa de pequeñas células y un espeso velo: “la zona pelúcida”. Él, apenas cubierto por el delgado vestido del “acrosoma”, pero de prisa, impulsado por su larga cola serpenteante. Si supieran hablar con voces humanas, ella podría recitar el poema “Noche oscura”, de San Juan de la Cruz, y ambos el “Cantar de los Cantares”, de la Biblia.

Pero mudos no son, tienen su lenguaje bioquímico, cantan a dúo y una importante orquesta de inducciones y transferencias hormonales y fisiológicas les acompaña. Y esa melodía de amor se irá imponiendo, con diversa importancia, a los órganos y tejidos del cuerpo materno. La hipófisis toma la batuta para dirigir la orquesta. El folículo de donde salió el óvulo se transformará en “cuerpo lúteo de embarazo”. Las glándulas mamarias, que dormían silenciosas, se despiertan y desarrollan la despensa que alimentará al lactante.

Una de las “trompas uterinas” se ha movido para recoger al óvulo al comienzo de su camino. En la cavidad central de la matriz, “el endometrio” ha crecido y madurado, preparando la cuna donde se anidará el hijo resultante del encuentro.

Aproximadamente a los dos días, del comienzo de sus dos caminos, varios espermatozoides han llegado al lugar donde se encuentra el óvulo, en el tercio externo de una de las dos trompas uterinas. En el camino hacia la trompa, los espermatozoides han sufrido una “capacitación” y una “reacción acrosómica” que les permitiría vencer la resistencia que el ovario ofrece con la espesa cubierta de su “zona pelúcida”. Pero la princesa-ovario es honesta y monógama. No admite más que a uno de ellos. Y sólo uno de ellos atravesará la zona pelúcida y entrará, cabeza y cola, dentro del óvulo. Se cierra la puerta: “la reacción de zona”, con la que se bloquea la entrada para otros pretendientes.

Ahora comienza una acción de amor total. Será una fusión donde los dos desaparecerán por completo para formar un nuevo ser: el cigoto humano. Pero para esto es esencial que ellos se encuentren en un “estado de represión” (“silenciamiento de la expresión genética”) y que esta timidez o bloqueo sea eliminada y lo hacen activándose mutuamente: “poniendo en marcha los mecanismos moleculares derivados de la interacción o diálogo entre ambas células”. La señal clave en este proceso es “una elevación de los niveles de iones calcio en la zona del óvulo por la que penetró el espermatozoide.

Los iones de calcio se difunden desde el punto de entrada al resto del cuerpo del óvulo e irán regulando de forma acompasada los diferentes sucesos que dan lugar a la generación del nuevo ser”. Entre ésos, “la formación de los microfilamentos que partiendo del pronúcleo paterno atraen al pronúcleo materno, permitiendo el acercamiento y traslado de ambos hacia el centro del citoplasma celular. Mientras se aproximan, sus membranas nucleares se desintegran y sus cromosomas se mezclan antes de la primera división mitótica. La fecundación ha terminado”.

El resultado no es ya un “óvulo fecundado” —como pretenden hacer creer algunos—, sino un nuevo individuo de la especie humana. Tiene 46 cromosomas que lo identifican como perteneciente a la especie humana y lo que es más importante, su genoma es propio y único de él. Ningún otro en el mundo tendrá su misma dotación genética. Ese es su DUI, su Documento Único de Identidad. Es un organismo, unicelular, pero totipotencial. Él comienza su autoconstrucción y desarrollo sin que nada ni nadie le añada algo esencial. Tiene todo lo que necesita: el plano, las fuerzas y los materiales para ir construyendo y desplegando su humanidad. Si nadie lo ataca y lo destruye, seguirá así, en un continuo, hacia su nacimiento, su infancia, su madurez y su vejez.

Con el cigoto comienza otro diálogo de amor, un amor diferente: es el amor de la madre gestante con su desconocido hijo que viene en camino. Lo veremos el próximo lunes.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.


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