Cuentecitos de Poder
Luis Laínez
El Diario de Hoy
luislainez@elsalvador.com
No obstante, había logrado un nivel de evolución
que la iba alejando de sus primarios estadios que, incluso, estaban manchados
de sangre, producto de las verdaderas carnicerías que antecedían
al parto de poder.
Hace un quinto de siglo, el Barón Rojo era nada más una
bandera, un baluarte que unía las hordas de cinco guerreros insatisfechos
con el estilo de los que llevaban las riendas en la Casa de Gruesas Cortinas
y Blancas Paredes.
Aseguraban, cada uno por su lado, que tenía la verdad y que el
pueblo oprimido estaba a su favor.
El fuego y la muerte lograron unirlos. Pero siempre hubo menciones al
pasado.
Silencioso, El Patriarca logró hacer acopio de la fuerza necesaria
para hacerse del control. En los orígenes, el grupo que regentaba
El Patriarca podía ser contado con las dos manos. Ahora, no.
Pero era tenaz. Poco a poco se deshizo de sus enemigos o los obligó
a que abandonaran el barco. Y lo logró, salvo una cuadrilla de
sus propias huestes que había decidido lanzar un reto.
Por eso, El Patriarca preparaba la más grande de todas las purgas.
Los primeros pasos ya habían sido dados. Los más problemáticos
fueron expulsados.
Juntó a un puñado de sus más leales y les encargó
envenenar el espíritu de sus adversarios. Harían creer que
habían traicionado los principios y vendido sus almas al Caballero
Tricolor. Después, con pompa, haría rodar las cabezas bajo
el filo de la guillotina legal. Seguirían vivos, pero lejos de
la fuente de poder.

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