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Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Si por casualidad usted le oye a alguien decir
en América Latina que cualquier tiempo pasado fue mejor,
tal vez se esté refiriendo a aquellos meses iniciales del primer
mandato del Presidente Bush. Fue entonces cuando en la región se
pensó que algo nuevo surgía en el horizonte, que América
Latina tenía un amigo en la Casa Blanca.
Estados Unidos, declaró Bush como candidato en 2000, debe mirar
al sur no como una ocurrencia tardía, sino como un compromiso
fundamental. El Siglo XXI, sugirió Bush después de
su elección, sería una época de ascenso y prosperidad
para todo el hemisferio, tal como el XX lo había sido para Estados
Unidos.
Sería, de hecho, el Siglo de las Américas, declaró
Bush en presencia de los 33 líderes democráticamente elegidos
del hemisferio en la tercera Cumbre de las Américas en Quebec.
Ante el grupo, Bush dijo que la región, separada demasiado
a menudo por una historia de rivalidad y resentimiento, debía
prepararse para el inicio de una nueva era de cooperación.
Bush enfatizó la urgencia de fortalecer la arquitectura democrática
y reanudar el compromiso estadounidense con un libre comercio a lo largo
de la región, al tiempo que reconoció que el libre comercio
no sería suficiente para llevar prosperidad a todos.
Aceptó la responsabilidad estadounidense de ayudar a la región
a detener el flujo de drogas ilícitas, prometió nueva atención
a los países pequeños del Caribe y mayor interés
en la educación. Juntos podemos, añadió.
Aunque nadie esperaba resultados inmediatos, la esperanza era que una
mayor confianza y colaboración marcara el comienzo de una nueva
era de prosperidad compartida. Por supuesto, el 11 de septiembre cambió
todo, o al menos esa es la forma como aquí lo suelen explicar.
Sea cual sea la razón, durante los últimos cuatro años,
la política exterior hacia la región se ha alejado del gran
optimismo de 2001.
Claramente Washington ha seguido algunos de los objetivos contenidos en
aquella perspectiva inicial de Bush, a saber, acuerdos de libre comercio
y ayuda antidrogas. Pero los ejemplos de cooperación que han surgido
desde entonces las tropas centroamericanas en Iraq, las fuerzas
latinoamericanas en Haití y la cooperación antiterrorismo
a lo largo del hemisferio son menos el resultado de un nuevo esfuerzo
colectivo que de las viejas y fortuitas fuerzas de conveniencia o imposición.
Para quienes en las Américas se atrevieron a solicitar más
tiempo para inspectores en Iraq antes de la invasión estadounidense,
Washington mostró poco respeto. México y Chile, entonces
miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, fueron objeto de castigo.
El Presidente mexicano, Vicente Fox, fue prácticamente ignorado
por la administración Bush, mientras que la tan esperada firma
del acuerdo de libre comercio con Chile se redujo a una ceremonia de té
y galletas en Miami.
Incluso el propósito de alcanzar para este mes un Área de
Libre Comercio de las Américas se ha frustrado. Y su lugar lo ocupa
ahora un enfoque poco sistemático. El Acuerdo de Libre Comercio
con Centro América podría ser ratificado antes del verano
y otros acuerdos con otros países podrían aprobarse después.
Sin desconocer los logros notables, hay pocos indicios de que los negociadores
comerciales estadounidenses puedan regresar con éxito a la tarea
ambiciosa del ALCA, ante el creciente escepticismo que afrontan en la
región hacia el libre comercio en general y hacia sus tácticas
negociadoras en particular.
Como si quisieran reforzar la percepción general de que Washington
desdeña esfuerzos colectivos, funcionarios de Bush desestimaron
la promesa hecha el mes pasado por 12 países de crear una Comunidad
Sudamericana de Naciones.
Bush empieza su segundo mandato el 20 de enero con la política
exterior presionada desde todos los puntos cardinales, excepto el Sur.
Hasta ahora su único compromiso explícito que despierta
interés en la región es la propuesta reforma a las leyes
de inmigración estadounidense. Curiosamente en dicha propuesta
persiste una semilla de esa visión más amplia del futuro
que Bush tuvo al inicio.
En ella, Bush busca alcanzar un equilibrio entre los intereses de empresarios
estadounidenses y la desesperanza de los pobres en la región, sin
desconocer la creciente preocupación de los ciudadanos estadounidenses.
Pero todo indica que la mayor oposición la afrontará Bush
de legisladores de su propio partido, algunos de los cuales ven a los
inmigrantes sólo como enemigos en vez de aliados en una complicada
y compartida lucha por la seguridad y prosperidad hemisférica.
Hoy en día, no se vislumbra por parte alguna una nueva era que
trascienda la historia de rivalidad y resentimiento. En pleno contraste
con los primeros meses de Bush en la presidencia, esta vez América
Latina es de nuevo una idea que puede esperar. Por lo menos ahora, con
las expectativas frustradas, habrá menos motivos de desilusión.
*Columnista del Washington Post.

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