elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Desde Washington
Latinoamérica espera más de Bush

En pleno contraste con los primeros meses de Bush en la presidencia, esta vez América Latina es de nuevo una idea que puede esperar. Por lo menos ahora, con las expectativas frustradas, habrá menos motivos de desilusión

Publicada 7 enero 2005, El Diario de Hoy



Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Si por casualidad usted le oye a alguien decir en América Latina que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, tal vez se esté refiriendo a aquellos meses iniciales del primer mandato del Presidente Bush. Fue entonces cuando en la región se pensó que algo nuevo surgía en el horizonte, que América Latina tenía un amigo en la Casa Blanca.

Estados Unidos, declaró Bush como candidato en 2000, debe mirar al sur “no como una ocurrencia tardía, sino como un compromiso fundamental”. El Siglo XXI, sugirió Bush después de su elección, sería una época de ascenso y prosperidad para todo el hemisferio, tal como el XX lo había sido para Estados Unidos.

Sería, de hecho, el “Siglo de las Américas”, declaró Bush en presencia de los 33 líderes democráticamente elegidos del hemisferio en la tercera Cumbre de las Américas en Quebec. Ante el grupo, Bush dijo que la región, “separada demasiado a menudo por una historia de rivalidad y resentimiento”, debía prepararse para el inicio de una “nueva era” de cooperación.

Bush enfatizó la urgencia de fortalecer la “arquitectura democrática” y reanudar el compromiso estadounidense con un libre comercio a lo largo de la región, al tiempo que reconoció que el libre comercio no sería suficiente para llevar prosperidad a todos.
Aceptó la responsabilidad estadounidense de ayudar a la región a detener el flujo de drogas ilícitas, prometió nueva atención a los países pequeños del Caribe y mayor interés en la educación. “Juntos podemos”, añadió.

Aunque nadie esperaba resultados inmediatos, la esperanza era que una mayor confianza y colaboración marcara el comienzo de una nueva era de prosperidad compartida. Por supuesto, el 11 de septiembre cambió todo, o al menos esa es la forma como aquí lo suelen explicar. Sea cual sea la razón, durante los últimos cuatro años, la política exterior hacia la región se ha alejado del gran optimismo de 2001.

Claramente Washington ha seguido algunos de los objetivos contenidos en aquella perspectiva inicial de Bush, a saber, acuerdos de libre comercio y ayuda antidrogas. Pero los ejemplos de cooperación que han surgido desde entonces —las tropas centroamericanas en Iraq, las fuerzas latinoamericanas en Haití y la cooperación antiterrorismo a lo largo del hemisferio— son menos el resultado de un nuevo esfuerzo colectivo que de las viejas y fortuitas fuerzas de conveniencia o imposición.

Para quienes en las Américas se atrevieron a solicitar más tiempo para inspectores en Iraq antes de la invasión estadounidense, Washington mostró poco respeto. México y Chile, entonces miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, fueron objeto de castigo.
El Presidente mexicano, Vicente Fox, fue prácticamente ignorado por la administración Bush, mientras que la tan esperada firma del acuerdo de libre comercio con Chile se redujo a una ceremonia de té y galletas en Miami.

Incluso el propósito de alcanzar para este mes un Área de Libre Comercio de las Américas se ha frustrado. Y su lugar lo ocupa ahora un enfoque poco sistemático. El Acuerdo de Libre Comercio con Centro América podría ser ratificado antes del verano y otros acuerdos con otros países podrían aprobarse después.

Sin desconocer los logros notables, hay pocos indicios de que los negociadores comerciales estadounidenses puedan regresar con éxito a la tarea ambiciosa del ALCA, ante el creciente escepticismo que afrontan en la región hacia el libre comercio en general y hacia sus tácticas negociadoras en particular.

Como si quisieran reforzar la percepción general de que Washington desdeña esfuerzos colectivos, funcionarios de Bush desestimaron la promesa hecha el mes pasado por 12 países de crear una Comunidad Sudamericana de Naciones.

Bush empieza su segundo mandato el 20 de enero con la política exterior presionada desde todos los puntos cardinales, excepto el Sur. Hasta ahora su único compromiso explícito que despierta interés en la región es la propuesta reforma a las leyes de inmigración estadounidense. Curiosamente en dicha propuesta persiste una semilla de esa visión más amplia del futuro que Bush tuvo al inicio.

En ella, Bush busca alcanzar un equilibrio entre los intereses de empresarios estadounidenses y la desesperanza de los pobres en la región, sin desconocer la creciente preocupación de los ciudadanos estadounidenses. Pero todo indica que la mayor oposición la afrontará Bush de legisladores de su propio partido, algunos de los cuales ven a los inmigrantes sólo como enemigos en vez de aliados en una complicada y compartida lucha por la seguridad y prosperidad hemisférica.

Hoy en día, no se vislumbra por parte alguna una nueva era que trascienda la historia de rivalidad y resentimiento. En pleno contraste con los primeros meses de Bush en la presidencia, esta vez América Latina es de nuevo una idea que puede esperar. Por lo menos ahora, con las expectativas frustradas, habrá menos motivos de desilusión.

*Columnista del Washington Post.


elsalvador.com WWW