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De como la naturaleza cambia la historia

Ejemplo. Tras el terremoto de 1985, en México, el mal manejo de la ayuda impactó en la derrota del PRI
 

Publicada 6 de enero 2005 , El Diario de Hoy

Antes

Después
La devastación. Imágenes de satélite muestran cómo el tsunami arrasó una gran parte del norte de la isla de Sumatra, en Indonesia, uno de los once países afectados por la catástrofe.


Donald G. McNeil Jr.
The New York Times
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

Si el pasado sirve de guía, la respuesta a la devastación del 26 de diciembre perdurará más tiempo en la historia que la misma ola gigantesca. Los desastres desgarran los amarres sociales tan rudamente como arrancan a niños de las manos de sus madres, y aunque se pudiera culpar a la naturaleza sin rostro del primer golpe, los gobiernos podrían cosechar en el torbellino político que le sigue.

En este caso, la ola que se elevó del Mar de Andaman azotó a algunas sociedades notablemente frágiles, inmersas en conflictos internos:

La provincia de Aceh de Indonesia había estado bajo una virtual ley marcial, en gran medida cerrada al mundo exterior mientras 40,000 tropas estaban a la caza de separatistas fundamentalistas. Sri Lanka estaba dividida en dos por la guerra civil.

En Tailandia, los combates entre el gobierno y rebeldes musulmanes no lejos de sus sitios turísticos de playa cobraron al menos 500 vidas el año pasado.

Y las Maldivas, una nación de 1,190 islas de coral que promedian 92 centímetros sobre el nivel del mar, ya temía al lento ascenso en las aguas circundantes causado por el calentamiento global.

Los desastres a menudo han cambiado el rumbo de la historia. Tres civilizaciones enteras que fueron condenadas al fin por las aguas las estudió el doctor Brian M. Fagan, arqueólogo de la Universidad de California, EE.UU.

Uno de estos cataclismos tuvo lugar en el año 5,500 antes de Cristo, cuando el Mediterráneo, que se elevó al derretirse la última Era del Hielo, se abrió paso entre las colinas que rodeaban a un lago salino al noreste, y así se creó el Mar Negro. El agua de mar probablemente se vertió durante semanas a través de lo que ahora es el Bósforo, cubriendo los asentamientos humanos que circundaban al lago.

En el año 1,600 antes de Cristo, aproximadamente tres siglos antes de la Guerra de Troya, el volcán Santorini, 200 veces más poderoso que la explosión del Monte Santa Elena, provocó olas de cientos de metros en el Mediterráneo, devastando a Creta, capital del imperio Minoico, su flota y sus ciudades costeras. Fatalmente debilitado, el imperio posteriormente fue conquistado por los micénicos de la región continental griega, que establecieron el modelo de la cultura occidental.

Y en el siglo VI después de Cristo, la civilización Moche, basada en valles desérticos en la zona costera de Perú, quizá haya sido fatalmente debilitada por una combinación de terremotos y tormentas con el fenómeno de El Niño que hicieron desbordarse cientos de kilómetros de canales de irrigación desde los Andes.

Repentinos y consternadores como son, terremotos, volcanes y olas gigantescas no son las fuerzas más grandes en la historia humana. Microbios diminutos son más poderosos. La plaga socavó al orden social medieval matando a un tercio de los habitantes de Europa en el siglo XIV. Luego están los asesinatos políticos: una bala serbia precipitó la Primera Guerra Mundial.

Pero los vientos y las olas, incluso de tormentas promedio, pueden derrocar imperios si ocurren en el momento oportuno, regularmente atrapando a una armada en el mar o a un ejército en marcha. Como indicó Bryn Barnard, autor del libro Planeta Peligroso: Desastres Naturales que Cambiaron la Historia, tifones en 1274 y 1281 salvaron a Japón hundiendo a las flotas de asalto anfibio mongoles. Las invasiones de Rusia intentadas por Napoleón y Hitler fracasaron por el duro invierno.

Terremoto y política

El sismo de 1985 en la Ciudad de México aceleró el fin de 71 años de régimen autocrático por parte del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

En los esfuerzos de socorro dirigidos por las fuerzas armadas y la policía mexicanas, los paquetes de ayuda fueron robados descaradamente, y agentes policiales fueron asignados a rescatar máquinas de coser de una fábrica de ropa desplomada mientras los cuerpos yacían entre sus escombros. En vez de reconstruir cuadras de comercios en el centro de la Ciudad de México, el Gobierno trató de limpiarlos para construir edificios modernos.

El tsunami del 26 de diciembre probablemente no pondrá fin a una civilización. Pero empeoró las perspectivas para la existencia de una nación. Las Maldivas, dependientes del turismo, perdieron islas habitables y una cuarta parte de sus 95 sitios turísticos, y sufrieron un daño igual al doble de su producto interno bruto. El portavoz del gobierno admitió que su futuro estaba en peligro.

La respuesta del gobierno indonesio “tiene que ser rápida, efectiva y libre de corrupción o será un regalo para los fundamentalistas”, augura.

Los soldados indonesios que ahora dirigen las operaciones de socorro en Aceh “pudieran ser los mismos que habían estado matando”, sostiene Paul Saffo, director del Instituto para el Futuro en San Francisco.

Con la cantidad correcta de buena voluntad; sin embargo, los desastres pueden ser una fuerza unificadora, manifestó el médico Michael Glantz, experto en desastres en el Centro Nacional para la Investigación Atmosférica.

Quizá lo más positivo de una tragedia, indicó, surgió de dos terremotos que tuvieron lugar con apenas tres semanas de separación en 1999. Cuando uno cerca en Turquía mató a 17,000 personas, el primer país que envió equipos de ayuda fue el antiguo enemigo de Turquía, Grecia. Cuando éste último a su vez sufrió un terremoto, Turquía actuó en reciprocidad.

La cancillería de Grecia posteriormente afirmó que las tragedias enviaron a ambas naciones un mensaje bastante simple: “Todos somos humanos”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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