 |
|
Antes
|
 |
|
Después
La devastación. Imágenes de satélite muestran
cómo el tsunami arrasó una gran parte del norte de
la isla de Sumatra, en Indonesia, uno de los once países
afectados por la catástrofe.
|
Donald G. McNeil Jr.
The New York Times
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
Si el
pasado sirve de guía, la respuesta a la devastación del
26 de diciembre perdurará más tiempo en la historia que
la misma ola gigantesca. Los desastres desgarran los amarres sociales
tan rudamente como arrancan a niños de las manos de sus madres,
y aunque se pudiera culpar a la naturaleza sin rostro del primer golpe,
los gobiernos podrían cosechar en el torbellino político
que le sigue.
En este caso, la ola que se elevó del Mar de Andaman azotó
a algunas sociedades notablemente frágiles, inmersas en conflictos
internos:
La provincia de Aceh de Indonesia había estado bajo una virtual
ley marcial, en gran medida cerrada al mundo exterior mientras 40,000
tropas estaban a la caza de separatistas fundamentalistas. Sri Lanka estaba
dividida en dos por la guerra civil.
En Tailandia, los combates entre el gobierno y rebeldes musulmanes no
lejos de sus sitios turísticos de playa cobraron al menos 500 vidas
el año pasado.
Y las Maldivas, una nación de 1,190 islas de coral que promedian
92 centímetros sobre el nivel del mar, ya temía al lento
ascenso en las aguas circundantes causado por el calentamiento global.
Los desastres a menudo han cambiado el rumbo de la historia. Tres civilizaciones
enteras que fueron condenadas al fin por las aguas las estudió
el doctor Brian M. Fagan, arqueólogo de la Universidad de California,
EE.UU.
Uno de estos cataclismos tuvo lugar en el año 5,500 antes de Cristo,
cuando el Mediterráneo, que se elevó al derretirse la última
Era del Hielo, se abrió paso entre las colinas que rodeaban a un
lago salino al noreste, y así se creó el Mar Negro. El agua
de mar probablemente se vertió durante semanas a través
de lo que ahora es el Bósforo, cubriendo los asentamientos humanos
que circundaban al lago.
En el año 1,600 antes de Cristo, aproximadamente tres siglos antes
de la Guerra de Troya, el volcán Santorini, 200 veces más
poderoso que la explosión del Monte Santa Elena, provocó
olas de cientos de metros en el Mediterráneo, devastando a Creta,
capital del imperio Minoico, su flota y sus ciudades costeras. Fatalmente
debilitado, el imperio posteriormente fue conquistado por los micénicos
de la región continental griega, que establecieron el modelo de
la cultura occidental.
Y en el siglo VI después de Cristo, la civilización Moche,
basada en valles desérticos en la zona costera de Perú,
quizá haya sido fatalmente debilitada por una combinación
de terremotos y tormentas con el fenómeno de El Niño que
hicieron desbordarse cientos de kilómetros de canales de irrigación
desde los Andes.
Repentinos y consternadores como son, terremotos, volcanes y olas gigantescas
no son las fuerzas más grandes en la historia humana. Microbios
diminutos son más poderosos. La plaga socavó al orden social
medieval matando a un tercio de los habitantes de Europa en el siglo XIV.
Luego están los asesinatos políticos: una bala serbia precipitó
la Primera Guerra Mundial.
Pero los vientos y las olas, incluso de tormentas promedio, pueden derrocar
imperios si ocurren en el momento oportuno, regularmente atrapando a una
armada en el mar o a un ejército en marcha. Como indicó
Bryn Barnard, autor del libro Planeta Peligroso: Desastres Naturales que
Cambiaron la Historia, tifones en 1274 y 1281 salvaron a Japón
hundiendo a las flotas de asalto anfibio mongoles. Las invasiones de Rusia
intentadas por Napoleón y Hitler fracasaron por el duro invierno.
Terremoto y política
El sismo de 1985 en la Ciudad de México aceleró el fin de
71 años de régimen autocrático por parte del Partido
Revolucionario Institucional (PRI).
En los esfuerzos de socorro dirigidos por las fuerzas armadas y la policía
mexicanas, los paquetes de ayuda fueron robados descaradamente, y agentes
policiales fueron asignados a rescatar máquinas de coser de una
fábrica de ropa desplomada mientras los cuerpos yacían entre
sus escombros. En vez de reconstruir cuadras de comercios en el centro
de la Ciudad de México, el Gobierno trató de limpiarlos
para construir edificios modernos.
El tsunami del 26 de diciembre probablemente no pondrá fin a una
civilización. Pero empeoró las perspectivas para la existencia
de una nación. Las Maldivas, dependientes del turismo, perdieron
islas habitables y una cuarta parte de sus 95 sitios turísticos,
y sufrieron un daño igual al doble de su producto interno bruto.
El portavoz del gobierno admitió que su futuro estaba en peligro.
La respuesta del gobierno indonesio tiene que ser rápida,
efectiva y libre de corrupción o será un regalo para los
fundamentalistas, augura.
Los soldados indonesios que ahora dirigen las operaciones de socorro en
Aceh pudieran ser los mismos que habían estado matando,
sostiene Paul Saffo, director del Instituto para el Futuro en San Francisco.
Con la cantidad correcta de buena voluntad; sin embargo, los desastres
pueden ser una fuerza unificadora, manifestó el médico Michael
Glantz, experto en desastres en el Centro Nacional para la Investigación
Atmosférica.
Quizá lo más positivo de una tragedia, indicó, surgió
de dos terremotos que tuvieron lugar con apenas tres semanas de separación
en 1999. Cuando uno cerca en Turquía mató a 17,000 personas,
el primer país que envió equipos de ayuda fue el antiguo
enemigo de Turquía, Grecia. Cuando éste último a
su vez sufrió un terremoto, Turquía actuó en reciprocidad.
La cancillería de Grecia posteriormente afirmó que las tragedias
enviaron a ambas naciones un mensaje bastante simple: Todos somos
humanos.