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A diario . Residentes en la comunidad El Jícaro
llegan con caballos y burros a abastecerse en las fuentes situadas
a dos kilómetros
Fotos EDH |
Norfa Márquez
El Diario de Hoy
elpais@elsalvador.com
Cada día, el dolor
de manos y brazos desespera a Rey David Carranza, un niño de 12
años. Lo sufre por el peso del cántaro de agua que debe
cargar por cerca de dos kilómetros en veredas con grandes pendientes.
Es un padecimiento del que pueden conversar durante horas sin cansarse
los miembros de las 150 familias que forman la comunidad del cantón
El Jícaro, en San Agustín.
Los
problemas
La comunidad del cantón El Jícaro lamenta que las autoridades
no se interesen en atender sus problemas que cada día crecen.
- Se encuentra a poco más de dos kilómetros de la zona
urbana de San Agustín.
- El sector es regado por los ríos El Jícaro, Los Canales
y El Ingenio, todos gravemente afectados por la deforestación
y abusos en su manejo.
- A los problemas gastrointestinales agregan la fatiga de quienes
viajan a los pozos e incluso llagas en las manos causadas por el roce
de cuerdas al sacar baldes del pozo. Los niños sufren más. |
Ahí no existe el agua potable. Para obtener el
recurso, los vecinos deben dirigirse a pozos que se encuentran a no menos
de dos kilómetros de la comunidad en un recorrido entre veredas
que incluye una hondonada de unos 300 metros.
Al avanzar la estación seca, el problema se agrava y muchos de
los quehaceres diarios son descuidados por el tiempo que se invierte en
acarrear el agua.
Crisis
No hay opciones. Son dos los pozos que sirven a todos y las condiciones
de higiene no las controla nadie.
Es frecuente saber de personas que se cayeron en el recorrido
y sufrieron golpes, esguinces e incluso fracturas. Todo para llevar un
poco de agua sucia que muchas veces es la causa de enfermedades gastrointestinales.
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| Difícil. Familias completas caminan hasta
los pozos. Fotos EDH |
Los más afortunados tienen un famélico caballo
o burro para cargarle los cántaros o bidones de agua.
Pero igual es un problema. Para lavar ropa, o bañarse,
los vecinos caminan con sus cestos a un río ubicado a unos ocho
kilómetros de la comunidad.
Tras el cansancio de lavar, deben soportar el peso de la ropa húmeda
en una marcha agotadora.
Es de diario y los pobladores no se resignan a su situación. Varias
veces han pedido ayuda a diferentes concejos sin ser atendidos.
Al parecer, el costo de llevarles agua domiciliar es muy elevado.
No es comodidad, es salud, expresa un vecino al demandar que
les atiendan.
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| La ruta. Las pendientes son peligrosas en el
recorrido. Fotos EDH |
Maribel Ramírez vive desde hace 15 años
en El Jícaro, tiene 38 de edad y es madre de cuatro hijos.
Expresa que difícilmente quienes no residen en el sitio pueden
comprender las angustias que padecen.
No nos orientan sobre higiene, pocos purifican el agua y todos nos
enfermamos, expresa.
Ella espera que la alcaldía, Ministerio de Salud, gobernación
y diputados se acuerden de que existen.

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