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Tomando la palabra
Lo que necesita el país en 2005

Muchas políticas han sido formuladas, ejecutadas y, sobre todo, publicitadas, pero al final de cuentas, este país continúa expulsando a buena parte de su población para lograr empleo digno.

Publicada 6 enero 2005, El Diario de Hoy


José Miguel Cruz
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Existen cuatro cosas a las que, en mayor o en menor medida, aspiran todos los salvadoreños al comienzo del año 2005: empleo digno, combate a la pobreza, seguridad ciudadana y probidad de las elites. Lo curioso es que eso no es nuevo y, con algunas variantes, es lo que ha estado pidiendo la gente al inicio de cada año. Hace más de una década, la mayoría de los salvadoreños ha venido repitiendo en forma insistente en las encuestas y en los medios que la pobreza, la violencia y la corrupción constituyen los males que aquejan al país y a sus habitantes, y año tras año formulan como deseo que los encargados de conducir a la nación se decidan a afrontar dichos retos.

Muchas políticas han sido formuladas, ejecutadas y, sobre todo, publicitadas, pero al final de cuentas, este país continúa expulsando a buena parte de su población para lograr empleo digno, este país sigue siendo en esencia pobre, a pesar de las ilusiones que generan los centros comerciales, el país continúa siendo muy violento, y en él siguen habiendo funcionarios —y empresarios— que se escapan impunemente con dineros mal habidos.

Cuando se discute sobre El Salvador en foros internacionales, algunos funcionarios gubernamentales hablan del modelo salvadoreño como un ejemplo de progreso. Me parece muy embarazoso usar como paradigma a un país en el cual casi la mitad de la población no quiere vivir en él, en el que alrededor de ocho personas mueren asesinadas diariamente por la delincuencia y los accidentes de tránsito, y en el que cerca del 43% de la gente vive en condiciones de pobreza.

Este asomo de la cadena de calamidades que afrontan los salvadoreños no es para desconocer los avances que ha tenido el país. En verdad ya no nos matamos por nuestras ideas políticas y ahora es posible decir lo que uno piensa sin temor a amanecer en un barranco con las manos atadas en la espalda; también hemos reducido la pobreza de forma importante en la última década, y cuando se comparan ciertos indicadores nacionales con los correspondientes a los de nuestros países vecinos, el balance no resulta ser tan negativo.

Pero lo cierto es que ya no nos agarramos a balazos por nuestras ideas, pero sí nos seguimos matando por dinero, celos, alcohol o por vivir en el barrio equivocado; algunos ya no van de vacaciones a Guatemala, porque los pueden asaltar allá, pero los que viven en Sonsonate, Soyapango, Apopa, Quezaltepeque y San Martín, sufren el suplicio de la inseguridad cada día que regresan del trabajo. La gente percibe también que se puede combatir de manera efectiva la pobreza sólo si se abandona el hogar para cruzarse varias fronteras y no porque las políticas económicas hayan sido efectivas en proveer trabajo digno.

Así, la esperanza para salir de la pobreza no reside en la promesa de la inversión extranjera, sino en la remesa del familiar en el extranjero. Y si tenemos mejores indicadores que los vecinos es porque dependemos mucho más de nuestra fuerza laboral en Estados Unidos que lo que ellos dependen de la suya.

Y todo esto porque en realidad hemos sido incapaces de construir un consenso mínimo sobre el país y la sociedad que deseamos y necesitamos. En El Salvador seguimos luchando sobre los mismos principios e ideas que hace veinticinco años nos desbarrancaron a una guerra brutal, y hemos olvidado muy rápidamente la lección de que es imposible conseguir el bienestar de todos excluyendo a cierta parte de la población. Las elites políticas —y también las elites económicas y sociales— actúan como si el único proyecto posible de país es el suyo, el mismo que formularon muchos años atrás, y que debe mantenerse inalterable para que tenga éxito a pesar de las transformaciones de la realidad.

La verdad es que en la búsqueda de esos proyectos exclusivistas, este país ha perdido sus mejores oportunidades para reconstruir su futuro en paz y desarrollo. Esto no sólo tiene que ver con gobiernos y sectores empresariales que en forma sistemática han excluido a buena parte de la población, sino también con una oposición que ha sido incapaz de comprender y dejarse fortalecer por las aspiraciones poco ideologizadas del ciudadano común.

La aprobación de un TLC del que casi la mitad de la población desconfía y el entrampamiento del presupuesto son las expresiones de la ausencia misma de un proyecto de nación consensuado y sinceramente asumido por las elites de este país. Ése es el problema fundamental de la sostenibilidad política y social de El Salvador. En 2005 se debe afrontar este desafío con seriedad, y ello debe ir más allá de la propaganda.

*Director del IUDOP de la UCA.



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