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Tipo rencoroso
Idiota por vocación

Los charcos favoritos donde el idiota se mueve son las organizaciones no gubernamentales dedicadas, con la pantalla de defender cualquier cosa, a desplumar a contrapartes europeas, para engordar sus propios bolsillos.

Publicada 6 enero 2005, El Diario de Hoy


Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@ yahoo.com.mx

De lejos parece, pero de cerca no hay duda: el tipo es un idiota de cabo a rabo. Se le nota en la poca capacidad que tiene para diferenciar entre las emociones y las reflexiones; las percepciones y las realidades; las tendencias y los hechos consumados, y lo más patético: la superficie con el fondo. Le he escuchado por televisión afirmando, con cara de circunstancias, que es más importante honrar la deuda social que la deuda externa. Hay que reconocer que, a pesar de la idiotez, el hombre tiene sus ocurrencias.

No importa, claro está, que la deuda externa esté “realmente” en el pasivo de un gobierno (de alguna forma de todos) y que la tal deuda social no esté en el pasivo de nadie. Por supuesto que otros no menos idiotas se emocionarán hasta las lágrimas por tan elocuente frase. He leído sus escritos protestando, porque los tres grandes centros comerciales construidos en la entrada a Ciudad Merliot hacen que San Salvador se parezca a Miami y no a Viena o París. Además de idiota, es soberbio este muchacho.

Está convencido de que los salvadoreños debemos esforzarnos por tener catedrales, periódicos, partidos políticos (de izquierda y derecha), historiadores, filósofos, poetas y bares similares a los de Alemania. De lo contrario, no seremos nada.

A veces este muchacho, cuando juega a periodista (según él, lo del periodismo es un pasatiempo de niño rico nada más), cree tener licencia para decir cosas falsas de los demás. Un día de éstos, en el contexto de una entrevista, afirmó que yo soy “propietario de una emisora comercial”. Lo cual es totalmente falso. Pero ya antes había dicho que soy yo quien autoriza o niega importantes nombramientos en el gobierno. ¡Caracoles! Además de idiota, tal aseveración podría traerme consecuencias serias a mi integridad física y moral. Pero al idiota le vale un pepino. La razón le acompaña.

Le he visto encapuchado manchando paredes, destruyendo vitrinas y cabinas telefónicas, vociferando idioteces contra cosas que él mismo no comprende muy bien. Me inspiraría compasión, si no fuera por las consecuencias, verle jugando a la guerra, cuando ya la guerra y los muertos pasaron. Es tan patética su actitud que ni siquiera alcanza algún grado de soñado heroísmo en sus berrinches y pataletas callejeras.

A veces, indignado, me envía correos electrónicos, los cuales, gracias a un filtro virtual, son enviados de manera automática a una carpeta de idioteces, que se autodestruye periódicamente.

En otras ocasiones, el idiota asume el ropaje de académico. Se las ingenia para impartir cátedras como Sociología, Historia Social de Centro América, Literatura Latinoamericana y cosas parecidas. Y desde la cátedra cita a autores cuyas elucubraciones, tesis y enseñanzas (de antes de la perestroika) fueron barridas por la realidad.

Los charcos favoritos donde el idiota se mueve son las organizaciones no gubernamentales dedicadas, con la pantalla de defender cualquier cosa, a desplumar a contrapartes europeas, para engordar sus propios bolsillos y derivar fondos para la luminosa vanguardia. O bien los pasillos de ciertas universidades como eternos alumnos o eximios profesores de “realidad nacional”. O como dueños o parroquianos de bares alternativos y sitios “new age”. O quizá en algún taller literario de esos que siempre se proponen rescatar la identidad nacional a través de la difusión masiva del torito pinto y las obras completas de algunos “poetillos” comprometidos.

El idiota por vocación es, de manera tremenda, rencoroso. Intelectualmente limitado. Cree que todo lo que está fuera de su estrecho marco de referencia no existe, es mentira o es traición. Está seguro de que los pocos conceptos que le enseñaron o leyó en alguna ocasión son verdades inmutables de las que nunca hay que claudicar, aunque la realidad la desmienta con argumentos del tamaño del universo.

Un día de éstos me encontré con el idiota en el parqueo de un centro comercial. Cuando me reconoció la ira y el odio, se hizo un charco en su mirada. Se paró como a diez metros de donde yo estaba. Comenzó a insultarme, mientras la baba le salía de su boca. Entonces caminé hacia su encuentro para enfrentarle. Lo que menos yo tengo es pinta de matón de barrio, pero el idiota se asustó. Se metió a un carro color plomizo, arrancó y se fue. Alcancé a ver que una mujer, de ojos hundidos y medio despeinada, que iba en el asiento del pasajero, le decía cosas a manera de regaño.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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