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Marvin
Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
De lejos parece, pero de cerca no hay duda: el
tipo es un idiota de cabo a rabo. Se le nota en la poca capacidad que
tiene para diferenciar entre las emociones y las reflexiones; las percepciones
y las realidades; las tendencias y los hechos consumados, y lo más
patético: la superficie con el fondo. Le he escuchado por televisión
afirmando, con cara de circunstancias, que es más importante honrar
la deuda social que la deuda externa. Hay que reconocer que, a pesar de
la idiotez, el hombre tiene sus ocurrencias.
No importa, claro está, que la deuda externa esté realmente
en el pasivo de un gobierno (de alguna forma de todos) y que la tal deuda
social no esté en el pasivo de nadie. Por supuesto que otros no
menos idiotas se emocionarán hasta las lágrimas por tan
elocuente frase. He leído sus escritos protestando, porque los
tres grandes centros comerciales construidos en la entrada a Ciudad Merliot
hacen que San Salvador se parezca a Miami y no a Viena o París.
Además de idiota, es soberbio este muchacho.
Está convencido de que los salvadoreños debemos esforzarnos
por tener catedrales, periódicos, partidos políticos (de
izquierda y derecha), historiadores, filósofos, poetas y bares
similares a los de Alemania. De lo contrario, no seremos nada.
A veces este muchacho, cuando juega a periodista (según él,
lo del periodismo es un pasatiempo de niño rico nada más),
cree tener licencia para decir cosas falsas de los demás. Un día
de éstos, en el contexto de una entrevista, afirmó que yo
soy propietario de una emisora comercial. Lo cual es totalmente
falso. Pero ya antes había dicho que soy yo quien autoriza o niega
importantes nombramientos en el gobierno. ¡Caracoles! Además
de idiota, tal aseveración podría traerme consecuencias
serias a mi integridad física y moral. Pero al idiota le vale un
pepino. La razón le acompaña.
Le he visto encapuchado manchando paredes, destruyendo vitrinas y cabinas
telefónicas, vociferando idioteces contra cosas que él mismo
no comprende muy bien. Me inspiraría compasión, si no fuera
por las consecuencias, verle jugando a la guerra, cuando ya la guerra
y los muertos pasaron. Es tan patética su actitud que ni siquiera
alcanza algún grado de soñado heroísmo en sus berrinches
y pataletas callejeras.
A veces, indignado, me envía correos electrónicos, los cuales,
gracias a un filtro virtual, son enviados de manera automática
a una carpeta de idioteces, que se autodestruye periódicamente.
En otras ocasiones, el idiota asume el ropaje de académico. Se
las ingenia para impartir cátedras como Sociología, Historia
Social de Centro América, Literatura Latinoamericana y cosas parecidas.
Y desde la cátedra cita a autores cuyas elucubraciones, tesis y
enseñanzas (de antes de la perestroika) fueron barridas por la
realidad.
Los charcos favoritos donde el idiota se mueve son las organizaciones
no gubernamentales dedicadas, con la pantalla de defender cualquier cosa,
a desplumar a contrapartes europeas, para engordar sus propios bolsillos
y derivar fondos para la luminosa vanguardia. O bien los pasillos de ciertas
universidades como eternos alumnos o eximios profesores de realidad
nacional. O como dueños o parroquianos de bares alternativos
y sitios new age. O quizá en algún taller literario
de esos que siempre se proponen rescatar la identidad nacional a través
de la difusión masiva del torito pinto y las obras completas de
algunos poetillos comprometidos.
El idiota por vocación es, de manera tremenda, rencoroso. Intelectualmente
limitado. Cree que todo lo que está fuera de su estrecho marco
de referencia no existe, es mentira o es traición. Está
seguro de que los pocos conceptos que le enseñaron o leyó
en alguna ocasión son verdades inmutables de las que nunca hay
que claudicar, aunque la realidad la desmienta con argumentos del tamaño
del universo.
Un día de éstos me encontré con el idiota en el parqueo
de un centro comercial. Cuando me reconoció la ira y el odio, se
hizo un charco en su mirada. Se paró como a diez metros de donde
yo estaba. Comenzó a insultarme, mientras la baba le salía
de su boca. Entonces caminé hacia su encuentro para enfrentarle.
Lo que menos yo tengo es pinta de matón de barrio, pero el idiota
se asustó. Se metió a un carro color plomizo, arrancó
y se fue. Alcancé a ver que una mujer, de ojos hundidos y medio
despeinada, que iba en el asiento del pasajero, le decía cosas
a manera de regaño.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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