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Conversando sobre política
El papel de los intelectuales

Grandes ideólogos, como José Ingenieros y Víctor Raúl Haya de la Torre, pudieron encontrar un balance entre su crítica al imperialismo y al capitalismo, proponiendo medidas concretas

Publicada 5 enero 2005, El Diario de Hoy



Luis Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Ni toda Latinoamérica tiene los mismos problemas ni los intelectuales en cada uno de nuestros países poseen similar compromiso para la solución de dicha problemática.

Los intelectuales han debatido en la última década cuál es el sistema que conviene para encontrar el bienestar general. Vienen de probar, desde la denominada matriz estado céntrica, pasando por el sistema contrario, donde el mercado es el centro del desarrollo, hasta procurar que se adopte un sistema “mixto” que permita al ciudadano contar con las libertades necesarias para la toma de sus propias decisiones. También se hace indispensable una intervención estatal que evite los abusos del mercado y provea aquellos servicios donde este último no puede o no debería actuar, dado su lógica de rentabilidad: salud, educación, vivienda, en una sola palabra, erradicación de la pobreza.

El desafío aún se encuentra sin resolver. El intelectual comprometido aún no descifra la solución atinada. Y más que faltar intelectuales para encontrarla, en lo que sí tenemos ausencia es en el consenso que los políticos deberíamos adoptar para la solución del más grande desafío de todos, el desarrollo de los pueblos. Bien dice Bobbio que “la tarea del intelectual es agitar ideas, sacar a la luz problemas, elaborar programas o bien, sencillamente, teo- rías generales; la tarea del político es la toma de decisiones”.

Los intelectuales no han desaparecido en América Latina. Se encuentran dentro de la sociedad civil, las universidades, las organizaciones no gubernamentales, el sector privado. Éstos han seguido generando ideas, criticando al poder, y más de alguna vez, dirigiendo su mirada hacia aquellos que buscan detentarlo, en nuestro caso, la izquierda transformada en partido político, a raíz de los acuerdos de paz. Quizás entonces el reto no está en cuál es el sistema que nos conviene, que cada vez más coincide en buscar el equilibrio entre la intervención del Estado y la acción del mercado. Quizás el reto está en persuadir al político para que encuentre, entre la producción intelectual, aquellas propuestas que, de forma consensuada, sean capaces de concretar el modelo de desarrollo que permitan al mismo tiempo la generación de riqueza y la erradicación de la pobreza.

Es muy probable que esta influencia pase, porque el intelectual cada vez más, sin dejar de serlo, se involucre en la política, sin confundir el rol que realmente le está asignado. Es probable que no baste el sólo producir ideas para persuadir, disuadir, animar o desanimar; quizás es necesario un mayor compromiso, donde el intelectual debe, además de crear, participar en la elección de la acción que necesita la sociedad para la solución de los problemas.

Sin duda que el desarrollo social es el compromiso más significativo del intelectual latinoamericano. La mayoría de nuestros países, con excepción de algunos en América del Sur, presenta preocupantes índices de pobreza y desarrollo humano. Organismos internacionales, como el PNUD, se preocupan por presentar un informe anual, que basado en cifras que tienen como fuente a las mismas instituciones de gobierno, dan a conocer el avance en materia de reducción de la pobreza. Estas cifras se quedan en eso, cifras.

Urgen propuestas para que informes como el citado no se queden en los escritorios de los burócratas. Los intelectuales si bien deben señalar los desaciertos en el manejo de la cosa pública, también deben proponer acciones que permitan construir consensos en materia de desarrollo social.

Grandes ideólogos, como José Ingenieros y Víctor Raúl Haya de la Torre, pudieron encontrar un balance entre su crítica al imperialismo y al capitalismo, proponiendo medidas concretas para lograr la tan ansiada transformación social.

El primero, moralizando al capitalismo; el segundo, aún más realista, exigiendo la existencia de un capitalismo social. Este es un tipo de conocimiento y acción intelectual que se debería rescatar en la actualidad. Necesitamos intelectuales que pasen de la mera reflexión a la solución de los problemas. En palabras de Bobbio, necesitamos “descender del cielo de las ideas a la tierra de los hechos”.

No logro concebir aún por qué entre el poder y el intelectual debe existir una frontera, de tal forma que el segundo sea siempre un crítico del primero. Creo que también se puede ser crítico del poder cuando se pertenece y está cerca de él.

Independencia, pero no indiferencia. Varios han sido los intelectuales que han estado cumpliendo un papel de críticos formando parte de las estructuras de poder. En nuestro país ha sucedido. Con su participación dejan de ser indiferentes. Eso sí, cuando la lucha entre los principios y los intereses de poder ha sido tal que los segundos se han impuesto sobre los primeros, hemos también presenciado la salida de aquellos, haciendo públicos los motivos de desavenencia con el poder establecido. En este caso, estamos frente a la independencia.

Los intelectuales, pues, deberían influir en la forma de hacer gobierno y en el manejo de la cosa pública. Pero es imprescindible que no lo hagan desde fuera, aunque su voz crítica al poder siempre será necesaria. Creo que necesitamos intelectuales involucrados con el poder, sin que por ello se rindan a él. Comparto la idea de la independencia como lo indiqué párrafos atrás, pero ésta no debería impedir que al interior del mecanismo de poder, los intelectuales puedan influir, generar ideas, concretar proyectos y construir un mejor país.

*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia de la República. Columnista de El Diario de Hoy.


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