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Luis Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Ni toda Latinoamérica tiene los mismos
problemas ni los intelectuales en cada uno de nuestros países poseen
similar compromiso para la solución de dicha problemática.
Los intelectuales han debatido en la última década cuál
es el sistema que conviene para encontrar el bienestar general. Vienen
de probar, desde la denominada matriz estado céntrica, pasando
por el sistema contrario, donde el mercado es el centro del desarrollo,
hasta procurar que se adopte un sistema mixto que permita
al ciudadano contar con las libertades necesarias para la toma de sus
propias decisiones. También se hace indispensable una intervención
estatal que evite los abusos del mercado y provea aquellos servicios donde
este último no puede o no debería actuar, dado su lógica
de rentabilidad: salud, educación, vivienda, en una sola palabra,
erradicación de la pobreza.
El desafío aún se encuentra sin resolver. El intelectual
comprometido aún no descifra la solución atinada. Y más
que faltar intelectuales para encontrarla, en lo que sí tenemos
ausencia es en el consenso que los políticos deberíamos
adoptar para la solución del más grande desafío de
todos, el desarrollo de los pueblos. Bien dice Bobbio que la tarea
del intelectual es agitar ideas, sacar a la luz problemas, elaborar programas
o bien, sencillamente, teo- rías generales; la tarea del político
es la toma de decisiones.
Los intelectuales no han desaparecido en América Latina. Se encuentran
dentro de la sociedad civil, las universidades, las organizaciones no
gubernamentales, el sector privado. Éstos han seguido generando
ideas, criticando al poder, y más de alguna vez, dirigiendo su
mirada hacia aquellos que buscan detentarlo, en nuestro caso, la izquierda
transformada en partido político, a raíz de los acuerdos
de paz. Quizás entonces el reto no está en cuál es
el sistema que nos conviene, que cada vez más coincide en buscar
el equilibrio entre la intervención del Estado y la acción
del mercado. Quizás el reto está en persuadir al político
para que encuentre, entre la producción intelectual, aquellas propuestas
que, de forma consensuada, sean capaces de concretar el modelo de desarrollo
que permitan al mismo tiempo la generación de riqueza y la erradicación
de la pobreza.
Es muy probable que esta influencia pase, porque el intelectual cada vez
más, sin dejar de serlo, se involucre en la política, sin
confundir el rol que realmente le está asignado. Es probable que
no baste el sólo producir ideas para persuadir, disuadir, animar
o desanimar; quizás es necesario un mayor compromiso, donde el
intelectual debe, además de crear, participar en la elección
de la acción que necesita la sociedad para la solución de
los problemas.
Sin duda que el desarrollo social es el compromiso más significativo
del intelectual latinoamericano. La mayoría de nuestros países,
con excepción de algunos en América del Sur, presenta preocupantes
índices de pobreza y desarrollo humano. Organismos internacionales,
como el PNUD, se preocupan por presentar un informe anual, que basado
en cifras que tienen como fuente a las mismas instituciones de gobierno,
dan a conocer el avance en materia de reducción de la pobreza.
Estas cifras se quedan en eso, cifras.
Urgen propuestas para que informes como el citado no se queden en los
escritorios de los burócratas. Los intelectuales si bien deben
señalar los desaciertos en el manejo de la cosa pública,
también deben proponer acciones que permitan construir consensos
en materia de desarrollo social.
Grandes ideólogos, como José Ingenieros y Víctor
Raúl Haya de la Torre, pudieron encontrar un balance entre su crítica
al imperialismo y al capitalismo, proponiendo medidas concretas para lograr
la tan ansiada transformación social.
El primero, moralizando al capitalismo; el segundo, aún más
realista, exigiendo la existencia de un capitalismo social. Este es un
tipo de conocimiento y acción intelectual que se debería
rescatar en la actualidad. Necesitamos intelectuales que pasen de la mera
reflexión a la solución de los problemas. En palabras de
Bobbio, necesitamos descender del cielo de las ideas a la tierra
de los hechos.
No logro concebir aún por qué entre el poder y el intelectual
debe existir una frontera, de tal forma que el segundo sea siempre un
crítico del primero. Creo que también se puede ser crítico
del poder cuando se pertenece y está cerca de él.
Independencia, pero no indiferencia. Varios han sido los intelectuales
que han estado cumpliendo un papel de críticos formando parte de
las estructuras de poder. En nuestro país ha sucedido. Con su participación
dejan de ser indiferentes. Eso sí, cuando la lucha entre los principios
y los intereses de poder ha sido tal que los segundos se han impuesto
sobre los primeros, hemos también presenciado la salida de aquellos,
haciendo públicos los motivos de desavenencia con el poder establecido.
En este caso, estamos frente a la independencia.
Los intelectuales, pues, deberían influir en la forma de hacer
gobierno y en el manejo de la cosa pública. Pero es imprescindible
que no lo hagan desde fuera, aunque su voz crítica al poder siempre
será necesaria. Creo que necesitamos intelectuales involucrados
con el poder, sin que por ello se rindan a él. Comparto la idea
de la independencia como lo indiqué párrafos atrás,
pero ésta no debería impedir que al interior del mecanismo
de poder, los intelectuales puedan influir, generar ideas, concretar proyectos
y construir un mejor país.
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia
de la República. Columnista de El Diario de Hoy.

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