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Sentido Común
Pupusería “La Autopista”

Con buen tino, la presente administración ha identificado a la industria turística como uno de los motores de desarrollo con los que cuenta el país. Ya tenemos un Ministerio de Turismo.

Publicada 4 enero 2005, El Diario de Hoy


Ricardo Rivas
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Vaya lujo de país en el que nos han puesto. Desayuno en El Pital, a dos mil y algo de metros de altura. Almuerzo en los acantilados de La Libertad, con el Pacífico reventando a los pies. Atardecer en la bocana del Estero de Jaltepeque, con paisaje reversible incluido: de frente, brisa marina, cielos azulotes y agua cristalina; vista atrás, en fila india: el volcán de San Salvador, el Chichontepec, las montañas de Berlín y Santiago de María, el volcán de Usulután y el Chaparrastique. Todo de un solo golpe. Sin extras ni comerciales.

Me lo ha dicho cuanto extranjero he visto en los últimos años. Que les impresionan nuestros verdes, nuestro clima, la temperatura del agua, nuestra gente, y lo que decíamos arriba, esa chiquitinez territorial que nos permite estar casi al mismo tiempo en el lago, el mar y la montaña.

Con buen tino, la presente administración ha identificado a la industria turística como uno de los motores de desarrollo con los que cuenta el país. Ya tenemos un Ministerio de Turismo y, según dicen, pronto contaremos con una ley de turismo. Pero El Salvador necesita poner atención a detalles básicos que tienen que ver con el orden y la limpieza, y que ningún país atractivo al turista suele descuidar.

Puntos en apariencia pequeños, pero que suelen causar un impacto perdurable en quienes nos visitan. Por ejemplo, el paso por nuestro Aeropuerto Internacional es más que positivo siempre y cuando el turista vaya en tránsito. Si le toca salir de la terminal, la cosa cambia. La molotera que le espera al salir de Migración es galana. Por eso nos alegra haber leído que las autoridades ya se plantean ordenar de alguna manera ese asunto.

Y luego, la Autopista de Comalapa. Aquí se da otra paradoja. Una carretera de concreto, de cuatro vías, moderna y bien hecha, pero atorada en la anarquía y el desorden. Es curioso. Las autoridades invierten millones de dólares en esta obra de infraestructura física, y cualquiera puede instalar una pupusería a la vera de la autovía. Una plancha, un tambo de gas, un par de mesas, cuatro bancas, una olla para hacer café y una maquila enfrente, y listo: Pupusería “La Autopista”.

Vivo ejemplo de lo anterior es el comedor público que todas las mañanas se organiza en los hombros de la autopista, frente a una zona franca camino al aeropuerto. El martes que pasé por ahí hasta me pareció ver policías y, por supuesto, conos anaranjados para proteger a los comensales.

La cosa no para ahí. Esta autopista, que ya sirve de mausoleo a decenas de salvadoreños, es un culebrón de treinta y pico de kilómetros, donde cualquiera parece ser el rey. Ahí cada quien maneja como quiere, pinta lo que le da la gana y vende lo que se le antoja (tengo la impresión de que de continuar así, pronto estarán en los gates de salida del que se pretende sea el “hub” de Centro América, flamantes ventas de mangos, pupusas, comida a la vista, chilate y cocos).

Nuestra corta memoria colabora con todo este folclor. Hace unos años, la administración Calderón Sol, en una apresurada licitación, decidió iluminar la carretera al aeropuerto. El gustazo de quienes pagamos por eso fue más fugaz que un hipo. De aquella “iluminación” sólo quedan postes y lámpara quemadas. La oscurana continúa.

Otro detalle que afecta la imagen del país, es nuestra vocación por la pintura. El Salvador entero parece una inmensa pared de graffiti. Pintarrajean las maras, los partidos políticos, las oenegés, los sindicatos. Pintan monumentos —mírese lo que ocurrió con el Monumento a la Constitución—, iglesias, casas particulares, empresas, señales viales, vallas publicitarias y separadores de tráfico.

Un año después de la campaña presidencial, la mayoría de las carreteras, vallas separadoras, muros de protección, puentes y pasos a desnivel del país ha quedado pintarrajeada de propaganda política. Pese a que después algunos intentaron corregir sin mayor éxito la ocurrencia, el espectáculo de ver una extraordinaria red vial como la nuestra en esas condiciones sigue dando lástima. ¡Con lo que le cuesta al país cada una de estas obras! La pregunta sobra ¿quién responde ahora por todo esto?

Cuidar estos detalles no sólo interesa para hacer más atractiva la oferta turística del país. Conviene hacerlo porque El Salvador es nuestra casa y es donde vivimos y nos movemos todos. Bastaría un poco de conciencia ciudadana, visión de país, menos guasa política y que todos cumplamos la ley. Guapear el país nos conviene a todos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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