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Ricardo Rivas
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Vaya lujo de país en el que nos han puesto.
Desayuno en El Pital, a dos mil y algo de metros de altura. Almuerzo en
los acantilados de La Libertad, con el Pacífico reventando a los
pies. Atardecer en la bocana del Estero de Jaltepeque, con paisaje reversible
incluido: de frente, brisa marina, cielos azulotes y agua cristalina;
vista atrás, en fila india: el volcán de San Salvador, el
Chichontepec, las montañas de Berlín y Santiago de María,
el volcán de Usulután y el Chaparrastique. Todo de un solo
golpe. Sin extras ni comerciales.
Me lo ha dicho cuanto extranjero he visto en los últimos años.
Que les impresionan nuestros verdes, nuestro clima, la temperatura del
agua, nuestra gente, y lo que decíamos arriba, esa chiquitinez
territorial que nos permite estar casi al mismo tiempo en el lago, el
mar y la montaña.
Con buen tino, la presente administración ha identificado a la
industria turística como uno de los motores de desarrollo con los
que cuenta el país. Ya tenemos un Ministerio de Turismo y, según
dicen, pronto contaremos con una ley de turismo. Pero El Salvador necesita
poner atención a detalles básicos que tienen que ver con
el orden y la limpieza, y que ningún país atractivo al turista
suele descuidar.
Puntos en apariencia pequeños, pero que suelen causar un impacto
perdurable en quienes nos visitan. Por ejemplo, el paso por nuestro Aeropuerto
Internacional es más que positivo siempre y cuando el turista vaya
en tránsito. Si le toca salir de la terminal, la cosa cambia. La
molotera que le espera al salir de Migración es galana. Por eso
nos alegra haber leído que las autoridades ya se plantean ordenar
de alguna manera ese asunto.
Y luego, la Autopista de Comalapa. Aquí se da otra paradoja. Una
carretera de concreto, de cuatro vías, moderna y bien hecha, pero
atorada en la anarquía y el desorden. Es curioso. Las autoridades
invierten millones de dólares en esta obra de infraestructura física,
y cualquiera puede instalar una pupusería a la vera de la autovía.
Una plancha, un tambo de gas, un par de mesas, cuatro bancas, una olla
para hacer café y una maquila enfrente, y listo: Pupusería
La Autopista.
Vivo ejemplo de lo anterior es el comedor público que todas las
mañanas se organiza en los hombros de la autopista, frente a una
zona franca camino al aeropuerto. El martes que pasé por ahí
hasta me pareció ver policías y, por supuesto, conos anaranjados
para proteger a los comensales.
La cosa no para ahí. Esta autopista, que ya sirve de mausoleo a
decenas de salvadoreños, es un culebrón de treinta y pico
de kilómetros, donde cualquiera parece ser el rey. Ahí cada
quien maneja como quiere, pinta lo que le da la gana y vende lo que se
le antoja (tengo la impresión de que de continuar así, pronto
estarán en los gates de salida del que se pretende sea el hub
de Centro América, flamantes ventas de mangos, pupusas, comida
a la vista, chilate y cocos).
Nuestra corta memoria colabora con todo este folclor. Hace unos años,
la administración Calderón Sol, en una apresurada licitación,
decidió iluminar la carretera al aeropuerto. El gustazo de quienes
pagamos por eso fue más fugaz que un hipo. De aquella iluminación
sólo quedan postes y lámpara quemadas. La oscurana continúa.
Otro detalle que afecta la imagen del país, es nuestra vocación
por la pintura. El Salvador entero parece una inmensa pared de graffiti.
Pintarrajean las maras, los partidos políticos, las oenegés,
los sindicatos. Pintan monumentos mírese lo que ocurrió
con el Monumento a la Constitución, iglesias, casas particulares,
empresas, señales viales, vallas publicitarias y separadores de
tráfico.
Un año después de la campaña presidencial, la mayoría
de las carreteras, vallas separadoras, muros de protección, puentes
y pasos a desnivel del país ha quedado pintarrajeada de propaganda
política. Pese a que después algunos intentaron corregir
sin mayor éxito la ocurrencia, el espectáculo de ver una
extraordinaria red vial como la nuestra en esas condiciones sigue dando
lástima. ¡Con lo que le cuesta al país cada una de
estas obras! La pregunta sobra ¿quién responde ahora por
todo esto?
Cuidar estos detalles no sólo interesa para hacer más atractiva
la oferta turística del país. Conviene hacerlo porque El
Salvador es nuestra casa y es donde vivimos y nos movemos todos. Bastaría
un poco de conciencia ciudadana, visión de país, menos guasa
política y que todos cumplamos la ley. Guapear el país nos
conviene a todos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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