The New York Times
El Diario de Hoy
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Con los comicios para elegir al presidente
palestino a tan solo una semana de distancia, una persona ajena, acostumbrada
a las críticas duras contra la política estadounidense,
se podría llevar un duro impacto.
En este enclave asediado, a la orilla del mar y notorio por la violencia
y la política que no se rige por las reglas, la forma en la que
Mahmoud Abbas, quien va a la cabeza, ha hecho campaña ha sido notablemente
presionante y más segura. No se han dado ataques maliciosos contra
sus oponentes. No ha habido ninguna súplica abyecta para conseguir
votos.
Se programó que Abbas asistiera a mítines que se llevaron
a cabo en la ciudad de Gaza el fin de semana pasado, pero no se esperaban
discursos vehementes. En esta ciudad, al igual que en la Rivera Occidental,
sus confiados coordinadores de campaña están satisfechos
con jugar con lo que ellos consideran la mejor carta de su candidato:
Yaser Arafat.
El mensaje, aunque nada sutil, es contagioso, incluso en la Franja de
Gaza, un lugar que históricamente ha preferido a los partidos islámicos
como Hamas por encima de Fatah, el partido relativamente laico que fundó
Arafat y que apoya a Abbas.
La muerte de Arafat el 11 de noviembre de 2004 anuló temporalmente
estas diferencias. Después de su funeral, su imagen, que en vida
se veía poco, se volvió omnipresente en las calles de Gaza.
Desde que el 25 de diciembre comenzaron las campañas para las elecciones
presidenciales, Fatah combinó estas imágenes con las de
Abbas.
Los grafitos hechos por los trabajadores de la campaña en las bardas
que circundan las principales avenidas de la ciudad de Gaza recalcan el
mensaje: Después del viejo, el apodo cariñoso
que los palestinos le pusieron a Arafat, Abu Mazen es la opción.
Los líderes de Fatah no son nada contritos respecto a su estrategia
de campaña. Además de cualquier otra cosa que Arafat haya
sido, fue un líder que inspiró devoción. En tanto
que Abbas, cuyo semblante adusto incluso ha provocado que su vocero en
la campaña en Gaza le apode el hombre sombra, necesita
toda la ayuda que pueda conseguir, según miembros del partido en
la Rivera Occidental, y de ello dan fe sus apariciones de campaña
en la Rivera Occidental la semana pasada.
A Abbas, de 69 años, le disgusta hablar en público y al
principio rechazaba los mítines que se habían programado,
según miembros del partido en la Rivera Occidental. Sin embargo,
los asesores de la campaña de Abbas, encabezados por su hijo, el
ejecutivo de una agencia de publicidad, le convencieron de programar actos
en Tulkarm y Qalqiliya, y en Jenin.
A pesar de las envidiables capacidades organizativas del partido, Abbas
todavía parecía alérgico a arengar a las multitudes.
Él no es Arafat, susurró Emal Al-Khouri, un
oficial de la policía palestina en Qalqiliya a quien se le permitió
no ir al trabajo para asistir al mitin. Digan lo que quieran sobre
(Arafat), pero era un hombre que le hablaba a nuestras emociones.
Sin embargo, Khouri afirmó que la relación emocional de
Abbas con Arafat hará que vote por él, a pesar de su falta
de carisma.
La gente de Gaza de todos los colores políticos dice cosas muy
parecidas. Incluso quienes viven en el vecindario de Zeitoun, un enclave
de Hamas. El grupo extremista islámico, que se ha adjudicado la
responsabilidad de muchos de los bombazos suicidas contra Israel en los
últimos cuatro años, se opone a las elecciones, aunque hasta
el momento no ha intentado evitarlas o detenerlas.
Su rival
Abbas no contiende sin oponente. Mustafa Barghouti, quien va en segundo
lugar en las encuestas preelectorales, es el único otro candidato
que ha gastado dinero en su campaña.
Sin embargo, no puede igualar la relación que Abbas tuvo de tiempo
atrás con Arafat, que, por cierto, está repleta de ironías.
Para empezar, Arafat nunca nombró a un sucesor. En tanto líder
de los palestinos durante más de cuatro décadas, guardó
celosamente su poder. Por temor a parecer débil o que no tenía
el control total de la situación, nunca discutió el tema
de la sucesión en público.
Y aun cuando Arafat y Abbas fueron colegas durante mucho tiempo, les dividía
el temperamento. Arafat era el egotista excesivamente desenvuelto, con
ansias por las cámaras y Abbas, el funcionario anodino y subrepticio.
Su comportamiento fue bien recibido por funcionarios estadounidenses e
israelíes, quienes le consideraron menos voluble y más reflexivo
que su jefe.
Esas diferencias llegaron a un punto crítico durante el breve mandato
de Abbas como Primer Ministro en 2003. Peleó con Arafat por el
control de las fuerzas de seguridad y renunció por frustración
después de sólo tres meses.
Sin embargo, por el momento, esa historia no importa. Para muchos ciudadanos
comunes de Gaza, Abbas representa tanto la continuidad del pasado como,
debido a sus habilidades ampliamente reconocidas como diplomático,
la esperanza de que pueda obtener la presión internacional hacia
Israel para mejorar sus vidas bajo la ocupación.
A Allouh le entusiasma desalentar esas esperanzas.
Lo importante es que la realidad no va a cambiar después
de que haya sido elegido Abu Mazen, dijo. El cambio depende
de muchas personas y muchos países.