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Mijail Gorbachev*
El Diario
de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Al examinar retrospectivamente las revoluciones que sacudieron a Europa
y el mundo hace quince años, debemos alegrarnos de lo conseguido
libertad, democracia y superación de la división existente
en Europa durante cuarenta años, pero también debemos
hacer balance de las oportunidades desaprovechadas tras el pacífico
fin de la Guerra Fría.
En última instancia, el fin de la Guerra Fría se debió
a la revolución que estaba en marcha en la Unión Soviética.
Pero las políticas prodemocráticas de glasnot y perestroika
que saqué a la luz a mediados del decenio de 1980 no surgieron
por generación espontánea. Procedían de las reformas
de Nikita Krushchev en los decenios de 1950 y 1960, y de las de Alexei
Kosygin más adelante.
Muchos consideran ahora aquellos esfuerzos para renovar el
sistema socialista para hacer que redundara en beneficio del pueblo
en realidad condenados al fracaso desde el principio, pero aquellas
primeras reformas fueron, en realidad, más difíciles de
emprender que las que yo lancé en los decenios de 1980 y 1990.
Durante mi presidencia, teníamos que alimentar una atmósfera
democrática, pero sólo fue posible, porque el miedo había
dejado de ser abrumador.
También intentamos reducir la carrera de armamentos y abordar otros
sectores de conflicto entre el Este y el Oeste. Pero el Muro de Berlín
siguió existiendo, erguido en el corazón de Europa como
símbolo de división. Cuando el canciller Helmut Kohl y yo
hablamos de ello en julio de 1989, nos pareció que no había
llegado el momento de poner fin a la división de Alemania. Coincidimos
en que el desmantelamiento del Muro sería probablemente una cuestión
por resolver en el Siglo XXI.
Naturalmente, el pueblo alemán adoptó otra decisión:
tomó la Historia en sus manos al insistir en el desplome del Muro.
El resto de la Europa central y oriental se apresuró a seguir su
ejemplo, al derribar los obstáculos a su propia libertad.
Mi concepción de mi papel como Presidente soviético me obligó
a no intervenir. Consideré que no podía abrir nuestro país
y al tiempo imponer mis dictados a los otros. De hecho, desde mi primera
aparición como secretario general de la URSS, en el entierro de
mi predecesor, Constantin Chernyenko, dije que cada país debía
ser responsable de su política.
De modo que la caída del Muro de Berlín, menos de un decenio
después, fue consecuencia de esas ideas. (Pero, incluso en eso,
mis ideas y políticas no eran novedosas: en 1955 Krushchev habló
aunque en un contexto diferente de unir las dos Alemanias.)
Mi misión, tal como la concebí, era la de la de velar por
la recuperación pacífica por parte de la Europa central
y oriental de su soberanía plena con un mínimo de interferencia
soviética. Para sorpresa y alegría del mundo, los cambios
se produjeron, en efecto, pacíficamente en casi todos los sitios.
Pero, ¿tuvo el fin de la Guerra Fría como única consecuencia
la de hacer del mundo un lugar más peligroso... caracterizado por
el terrorismo, la inseguridad, la incertidumbre y un aumento de las desigualdades
en materia de riqueza? Mi respuesta consiste en recordar los terrores
que entrañaba la Guerra Fría. La amenaza de un Armagedón
nuclear era real con los tres billones de dólares gastados en la
carrera de armamentos, que se podrían haber dedicado a ayudar a
los pobres del mundo.
Por otra parte, se desaprovechó la oportunidad de crear un mundo
posterior a la Guerra Fría más seguro. En el decenio de
1980, cuando acabó el enfrentamiento comunista-capitalista, existió
la posibilidad de crear un nuevo orden mundial, pero el hundimiento
de la Unión Soviética impidió un acuerdo negociado
de ese nuevo orden. A consecuencia de ello, en la posterior aceleración
de la mundialización no ha habido nadie que llevara el timón...
y, por tanto, ha carecido de los medios para aplicar una nueva concepción
con vistas a la creación de un mundo mejor.
Nosotros, los rusos, tenemos, evidentemente, la mayor responsabilidad
por el hundimiento de la URSS, pero también se debe pedir cuentas
a Estados Unidos. Cuando llegó el cambio, en lugar de seguir un
proceso democrático lento, Rusia substituyó de la noche
a la mañana su desacreditado modelo comunista con un plan concebido
en Harvard, que también era inadecuado para el país. Con
el tiempo, ese plan puso el país patas arriba.
No fue una conspiración encabezada por Estados Unidos, pero el
desplome de la Unión Soviética le vino bien. Este país
se vio a sí mismo como vencedor de la Guerra Fría y los
vencedores son, al parecer, quienes imponen las reglas del juego. La guerra
de Iraq lo demuestra: se está imponiendo un nuevo imperio americano.
El vencedor de la Guerra Fría espera ahora que otras naciones acepten
su concepción de la superioridad moral.
Por desgracia, ese tipo de pensamiento antiguo crea más crisis
de las que puede resolver. De hecho, las políticas unilaterales
nunca pueden triunfar en un mundo mundializado y caracterizado cada vez
más por preocupaciones compartidas que por intereses nacionales.
De modo que, quince años después de la caída del
Muro de Berlín, el mundo sigue necesitando más que nunca
un nuevo pensamiento. Necesitamos un nuevo orden mundial que beneficie
a todos, una sociedad civil mundial que contribuya a la lucha contra el
terrorismo. Sabemos que los bombardeos y las operaciones especiales por
sí solos no nos harán más seguros, porque debemos
luchar contra la pobreza que alimenta el terrorismo.
No es una tarea fácil. Al contrario, como en 1989, afrontamos una
urgente necesidad de cambio y dirección responsable.
Copyright: Project Syndicate.
*Antiguo Presidente de la Unión Soviética, es el presidente
de la Fundación Gorbachev de Moscú.

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