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Óscar
Rodríguez Blanco S.D.B
El Diario de Hoy
osrobla@hotmail.com
Estamos en el umbral del nuevo año 2005, lo iniciamos renovando
nuestra fe en Jesucristo Salvador y con los mejores augurios de que sea
uno de prosperidad espiritual y material, para todos los que vivimos en
esta tierra sedienta de paz y de amor.
Hemos elevado nuestras manos para pedir a Dios su bendición, porque
Él es el único que con su omnipotencia ha irrumpido en nuestra
historia haciéndose hombre para compartir nuestra naturaleza. La
iglesia, al celebrar ayer la solemnidad de Santa María Madre de
Dios, ha celebrado también la Jornada Mundial de la Paz 2005 con
el tema: No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal
con el bien. Es una exhortación que Juan Pablo II ha tomado
de la carta que San Pablo apóstol escribió a los Romanos.
En esta ocasión quisiera subrayar algunos puntos del mensaje que
Su Santidad Juan Pablo II ha enviado a los responsables de las naciones
y a todo hombre o mujer de buena voluntad: Se inicia recordando el dramático
panorama de la violencia que se experimenta en varios lugares del mundo
marcado por los sufrimientos e injusticias, que no permiten a la humanidad
gozar de ese don que es la paz y que sólo se logrará cuando
los responsables del bien común se den cuenta de que la paz es
el resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando el bien derrota
al mal.
Entre los conceptos expresados se encuentra el del mal, no como una fuerza
anónima que actúa en el mundo, sino como algo que tiene
un rostro y un nombre en aquellos hombres y mujeres que lo eligen libremente.
En el mundo existe una impresionante proliferación de manifestaciones
sociales y políticas del mal, que va desde el desorden social a
la anarquía y a la guerra, desde la injusticia a la violencia y
a la supresión del otro.
Juan Pablo II recuerda la gramática de la ley moral universal,
que ya había propuesto a la Asamblea de las Naciones Unidas hace
diez años, y que es una ley que une a los hombres entre sí,
inspirando valores y principios comunes, que aunque se reniegue
de ellos, no se pueden destruir ni arrancar del corazón del hombre.
Es un instrumento a cuya luz no se puede dejar de reprobar los males de
carácter social y político que afligen al mundo, sobre todo
los que provienen de la violencia. Entre ellos se encuentran los conflictos
sociales por los que está pasando el continente africano, la peligrosa
situación de la Palestina, la violencia terrorista, el drama de
los iraquíes, etc.
La violencia, dice el Papa, es un mal inaceptable que nunca soluciona
los problemas
es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra
fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende
defender: La dignidad, la vida, la libertad y los derechos fundamentales
de la persona.
Cuando se promueve el bien común en todas sus dimensiones, se promueve
la paz. El ser humano, para realizarse plenamente, no puede prescindir
de su naturaleza social en la familia, los grupos, las asociaciones, los
estados o las comunidades de pueblos y naciones. Es la autoridad política
la que debe crear las condiciones necesarias que favorezcan en el ser
humano su desarrollo integral, teniendo en cuenta su dimensión
trascendente, pues la humanidad camina hacia Cristo y en Él culmina
la historia.
En el mensaje se habla de la relación que existe entre el
bien de la paz y el uso de los bienes de la tierra. En este punto
se recuerda la doctrina del Concilio Vaticano II: Dios ha destinado
la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y
pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos en forma
equitativa bajo la guía de la justicia y el acompañamiento
de la caridad (G.et S.69). Los mismos nuevos bienes que provienen
del conocimiento científico y el progreso tecnológico deben
ser puestos al servicio de las necesidades primarias del hombre.
El destino universal de los bienes permite afrontar el desafío
de la pobreza en millones de personas y en países pobres con grandes
deudas externas, y que hasta ahora no han logrado alcanzar un adecuado
desarrollo económico, ya que las rentas bajas y el lento crecimiento
limitan el ahorro.
Juan Pablo II en su mensaje afirma que el único remedio eficaz
para que los estados afronten la pobreza es que tengan financiaciones
externas otorgadas en condiciones accesibles, y para esto,
es necesario una movilización moral y económica que respete
los acuerdos tomados a favor de los países pobres, incluso estudiando
nuevas propuestas de financiamiento para el desarrollo.
La iglesia reconoce el esfuerzo de algunos gobiernos que tratan de
incrementar medidas significativas y esperanzadoras que respetan el principio
de subsidiaridad. Al mismo tiempo, el Papa alienta a dar nuevas formas
de solidaridad con un mayor compromiso por parte de todos, sobre todo
con el continente africano afectado por numerosos conflictos bélicos,
proliferación de enfermedades e inestabilidad política.
Lo ideal es que este continente llegue a asumir su propio protagonismo
en su desarrollo cultural, civil, social y económico.
Frente a la universalidad del mal, brota también la esperanza cristiana
de que sólo Dios da al hombre y a los pueblos la posibilidad de
superar el mal para alcanzar el bien, y que cultivando la esperanza, le
ayuda a promover la justicia y la paz con la firme confianza de construir
un mundo mejor, a pesar del mal que reina en el mundo. Cuando el
bien vence al mal, reina el amor y donde reina el amor reina la paz.
Se invita a los fieles laicos a mostrar con su vida que el amor es la
única fuerza y el único mecanismo para hacer avanzar la
historia hacia el bien y la paz.
*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora
(Don Rúa).

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