Julia
Regina de Cardenal
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
¿Te sientes triste, solo, abandonado, desoldado o incomprendido?
¿Enojado o resentido con tus familiares o amigos porque sientes
que no te comprenden o aprecian? ¿Cansado y agobiado de tantos
problemas a los que no les encuentras soluciones o ni siquiera tienes
interés en buscarlas? Deprimido o frustrado porque todo te sale
mal y piensas que Dios te ha olvidado o que es injusto contigo por mandarte
tantas contrariedades?
Es muy difícil tratar de aconsejar a una persona pesimista, que
culpa a todos los demás de lo malo que le pasa. Hablarle de la
generosidad y de la satisfacción que se siente al ayudar a los
más necesitados es un chiste, porque a nadie le gusta que le digan
sus defectos. Existe el temor de caerle mal, de ser malentendido o criticado,
de que se burle de las buenas intenciones o de hacerla sentir que se le
está juzgando. Es más fácil dejarla seguir amargada
y amargando a los demás, pero nuestra conciencia nos dice que lo
correcto es abandonar complejos y cómodos silencios aunque sea
dificultoso.
¿Vamos a dejar que sea una tragedia la que haga que la vida de
ese ser querido cambie, como sucede muy a menudo? A algunos, desgraciadamente,
el dolor les hunde más aunque a otras las hace comprender que el
sufrimiento no es algo que debemos temer o rechazar, sino algo que nos
hace crecer y nos convierte en mejores personas. Esto les lleva a ver
los problemas de otra forma y a tratar de resolverlos con sabiduría
y tranquilidad, aceptando con paz las propias limitaciones y las de los
demás.
Nuestro propio egoísmo, capricho o comodidad, nos puede impedir
llegar a la felicidad, que es muy fácil de encontrar y que pasa
frente a nosotros a cada momento. La buscamos en todos los lugares equivocados
y nos alejamos más de ella en nuestra necedad. Llegamos hasta acusar
a Dios de ser el causante de nuestros tropiezos, lo reducimos a un ser
castigador cuando, por ser el Padre más amoroso, misericordioso
y justo que existe, tiene un plan de amor para cada uno de sus hijos.
La persona generosa es feliz dando cariño y comprensión
sin esperar nada a cambio, olvidándose de que ha dado. Comprende
que su riqueza está en dar y en entregarse a los demás,
no en recibir. Que recibe más dando, pues esto ensancha el corazón
y lo hace más joven dándole más capacidad de amar.
En cambio el egoísmo lo empobrece y hace más pequeño
el propio horizonte. Al olvidarse de sí mismo, puede preocuparse
y atender mejor a los demás. La vanidad, el orgullo, la envidia,
la venganza o el deseo de sobresalir son lo que provocan las faltas de
caridad más graves.
La generosidad no se puede lograr sin la humildad. La persona humilde
es feliz en su quehacer, pues sabe que no se encuentra en el puesto que
ocupa para recibir o para lucirse, sino para servir y cumplir una misión.
En el mensaje de Navidad del Papa el año pasado, nos excita a meditar
el misterio del abajamiento de Dios: En el pesebre contemplamos
a Aquél que se despojó de la gloria divina para hacerse
pobre, movido por el amor al hombre. Junto al pesebre, el árbol
de Navidad con el centelleo de sus luces, nos recuerda que con el nacimiento
de Jesús florece de nuevo el árbol de la vida en el desierto
de la humanidad.
El pesebre y el árbol: símbolos preciosos, que transmiten
a lo largo del tiempo el verdadero sentido de la Navidad (...). Salvador
del mundo, sálvanos de los grandes males que afligen a la humanidad,
de las guerras y de los conflictos armados... Sálvanos del desánimo
para emprender los caminos de la paz...
Podemos reconocer el rostro del niño Jesús en los niños
necesitados de toda raza y cultura. En esa persona que nos quita la paz.
Podemos ser testigos creíbles de su mensaje de paz y de amor, para
darlo a reconocer a los demás. Él es el salvador del mundo
y la fuente inagotable de la paz verdadera, a la que todos aspiran. Aunque
nos ridiculicen o nos tilden de fanáticas, tener rectitud de intención
y saber que vale la pena nos dará el empuje para seguir adelante.
¿Cómo lo recibiremos el día en que Dios pone un belén
en cada alma, en la tuya también? La Navidad no tendrá ningún
sentido a menos que dejemos que Cristo nazca en nuestro corazón.
Él busca a quien le quiera recibir, no se cansa de dar, no nos
cansemos de recibir. Yo haré nacer del tronco de David un
vástago santo que ejercerá la justicia y el derecho en la
tierra (Jr 33, 14-15). La felicidad está en aprender a creer,
a amar y a servir.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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