Marvin
Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
La literatura y el cine me han apasionado desde siempre. Sin embargo,
creo que, como dice Ernesto Sábato, la literatura no es un simple
pasatiempo, sino una de las más profundas formas de conocer la
condición humana. Aparte de los clásicos europeos, me encantan
los novelistas estadounidenses como William Faulkner, Nathaniel Hawthorne,
Jack London y Mark Twain.
De los latinoamericanos prefiero a Vargas Llosa, Cortázar, García
Márquez, el gran Alejo Carpentier, el mismo Sábato, Carlos
Fuentes. He disfrutado algunos llamados bestseller como El Padrino, de
Mario Puzo, y Odessa, de Frederick Forsyth. Me caen en el caracol del
ombligo las novelas de Isabel Allende y Paulo Coelho. De estos últimos
leí algunas cosas y deserté de ellos para siempre. Con la
literatura, aunque me doy algunas licencias para leer de cuando en cuando
obritas ligeras como el Código Da Vinci, de Dan Brown, he sido
más bien riguroso en la selección.
Sin embargo, tengo que confesar que con el cine la cosa es distinta. Nunca
entendí el cine como una acabada forma de entender la condición
humana. Claro que hay películas que se cuelan en las maravillas
del arte universal y que nos hacen reflexionar sobre los grandes temas
que desde siempre han preocupado a la humanidad. Pero son las que menos
me gustan. Algo pasó en algún momento de mi vida, pues me
convertí en un adicto a las películas que no se proponen
nada más que hacernos pasar un rato entretenido, al más
puro estilo de la serie de Indiana Jones.
Haré una confesión que de seguro me colocará como
un profano o un perfecto ignorante ante grandes autoridades locales en
materia de crítica cinematográfica como Silva y Dada: me
he partido de la risa con películas como Bebé suelto, Mi
pobre angelito y El padre de la novia; me han sudado las manos de nerviosismo
viendo Duro de matar, Atracción fatal, La habitación del
pánico, he disfrutado las comedias románticas de Meg Ryan
y casi todas las películas de Tom Hanks. Las películas que
son las peores calificadas por nuestros agudos críticos (una o
dos estrellas) resultan generalmente, para mí, claro, las más
divertidas. De manera que con lo del cine estoy jodido (alienado dirán
los expertos).
Dentro de esta categoría que tanto me gusta hay, sin embargo, películas
muy malas. Escritas por guionistas torpes y totalmente predecibles. Son
aquellas que están llenas de absurdos y clichés que ya a
nadie sorprenden. En cuanto a los clichés tengo una pequeña
colección, que de seguro ustedes podrían enriquecer, si
es que este término vale la pena en este contexto.
Veamos: El fugitivo que llega a un poblado lejano. Entra en un restaurante
de paso de esos que tienen televisores. Justamente cuando está
pagando la soda, aparece en la pantalla su rostro con la advertencia de
que se trata de un peligroso delincuente.
El tipo agacha la cabeza y se retira con disimulo y rapidez. Demasiado
tarde, el bar tender ya le reconoció y alerta a la policía.
La bella muchacha solitaria que despierta al escuchar ruidos extraños
en la sala, en lugar de esconderse o llamar a la policía o encender
las luces, baja las escaleras en la oscuridad gritando hay alguien
allí. El tipo, que es baleado en el pecho, muere y luego
aparece vivo con la noticia de que llevaba un chaleco antibalas. El sargento
de policía gruñón y el par de detectives irreverentes,
irresponsables pero graciosos y valientes.
La chica que, al final de su primera cita con un hasta hace poco desconocido
sujeto, ya en la entrada de su apartamento, duda un poco y dice: quieres
pasar a tomar un trago. Todos sabemos lo que ocurrirá en
los minutos que siguen. O el pillo que por estarle explicando, en los
últimos minutos fatales al héroe cómo urdió
todo el plan para deshacerse de él pierde tiempo valioso y al final
es atrapado por una providencial ayuda de última hora.
O el moribundo que revela un sorprendente secreto segundos antes de sellar
el pasaporte para el otro barrio. O la agria pelea entre familiares en
una cena familiar que comenzó en armonía.
Hay escenas que se repiten una y otra vez en la pantalla, pero que difícilmente
ocurren en la vida real: los autos que estallan en llamas luego de un
choque.
Las puertas de radio patrullas que sirven de parapeto en una nutrida balacera.
Ponerse dulcemente a dormir luego de ser golpeado con un objeto contundente
en la cabeza. Abrir una puerta de un banco con una tarjeta de crédito.
En fin...
Si a mí me tocara decidir los premios Oscar a lo mejor de 2004,
premiaría como mejor película La terminal y como mejor Actor
a Tom Hanks.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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