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El Diario de Hoy
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Se cree que el número de muertos causados por el maremoto en
el sudeste del Asia puede llegar a cien mil, a lo que se suman los heridos,
la destrucción de toda clase de obras y el general desquiciamiento
que la catástrofe ha generado. Una ciudad entera desapareció
y la totalidad de sus diez mil habitantes murió; en otro caso,
un tren que transportaba mil quinientas personas fue arrasado por las
aguas, en las que murieron casi todos los pasajeros. Hoteles enteros fueron
destruidos, caminos, siembras, negocios, viviendas y edificios.
Más del ochenta por ciento de los desastres naturales es producto
de la furia de las aguas: ríos que se desbordan, inundaciones,
ciclones y huracanes, lluvias incontenibles, maremotos y altas mareas.
Pueden hoy en día predecirse las erupciones volcánicas,
pero nadie sabe cuándo va a azotar un huracán ni anticipar
su ruta; el Mitch se originó en el Caribe, iba en dirección
a Florida, se desvió para seguir a las costas de Texas, dio la
vuelta y terminó en el norte de Honduras, a punto de revivir con
igual fuerza.
Hay formas de anticipar los tsunamis, pero son muy costosas, inseguras
y nunca se sabe si el oleaje causado será de diez centímetros
o de treinta metros de altura. El maremoto de la semana pasada fue presumiblemente
tan grave como el de la explosión del Krakatoa a finales del Siglo
XIX, la mayor erupción volcánica registrada, de una magnitud
igual a la que pulverizó el volcán que se levantaba en el
ahora lago de Ilopango, que esparció cenizas hasta Arizona entre
otros sitios.
Pero aun con avisos, las probabilidades de escapar del maremoto eran escasas,
considerando que la velocidad de la ola fue de setecientos kilómetros
por hora, casi igual a la de un jet. En los últimos cien años
hubo alertas para dos maremotos, se evacuaron extensas zonas a un altísimo
costo, y nada ocurrió. Es posible que en el futuro se puedan detectar
cambios en las mareas comparando información de los mares con mediciones
satelitales.
Al tsunami se suman las pestes
Esto nos lleva a la tesis que venimos exponiendo: nadie es capaz de predecir
catástrofes naturales, como tampoco se puede responsabilizar a
gobiernos o funcionarios, por los daños y las muertes que ocasionen.
Los graves perjuicios causados por el terremoto de enero de 2001, como
por el Mitch en 1995, sobrepasan la capacidad humana para
anticipar ni menos controlar tales fuerzas. Es parte del destino de los
hombres estar a merced de los elementos, ser el blanco de la ira y la
venganza de los dioses, como imaginaban nuestros antepasados. San Genaro
rescató a los napolitanos de la peste y Yahveh ordenó a
Noé construir el Arca para salvar a los seres vivos del diluvio
universal, pero al resto no le queda más recurso que no encontrarse
allí donde explota el volcán o llega el maremoto.
Como ordenó el marqués del Pombal para el gran terremoto
de Lisboa, en el que murieron más de cincuenta mil personas, hay
que socorrer a los vivos y enterrar a los muertos. En el Asia al espanto
de las muertes se agrega ahora la amenaza de pestes, insalubridad y la
dificultad de socorrer a niños y a desamparados.

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