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La nota del día
Nada se puede contra los océanos

Nadie es capaz de predecir catástrofes naturales, como tampoco se puede responsabilizar a gobiernos o funcionarios, por los daños y las muertes que ocasionen

Publicada 30 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Se cree que el número de muertos causados por el maremoto en el sudeste del Asia puede llegar a cien mil, a lo que se suman los heridos, la destrucción de toda clase de obras y el general desquiciamiento que la catástrofe ha generado. Una ciudad entera desapareció y la totalidad de sus diez mil habitantes murió; en otro caso, un tren que transportaba mil quinientas personas fue arrasado por las aguas, en las que murieron casi todos los pasajeros. Hoteles enteros fueron destruidos, caminos, siembras, negocios, viviendas y edificios.

Más del ochenta por ciento de los desastres naturales es producto de la furia de las aguas: ríos que se desbordan, inundaciones, ciclones y huracanes, lluvias incontenibles, maremotos y altas mareas. Pueden hoy en día predecirse las erupciones volcánicas, pero nadie sabe cuándo va a azotar un huracán ni anticipar su ruta; el “Mitch” se originó en el Caribe, iba en dirección a Florida, se desvió para seguir a las costas de Texas, dio la vuelta y terminó en el norte de Honduras, a punto de revivir con igual fuerza.

Hay formas de anticipar los tsunamis, pero son muy costosas, inseguras y nunca se sabe si el oleaje causado será de diez centímetros o de treinta metros de altura. El maremoto de la semana pasada fue presumiblemente tan grave como el de la explosión del Krakatoa a finales del Siglo XIX, la mayor erupción volcánica registrada, de una magnitud igual a la que pulverizó el volcán que se levantaba en el ahora lago de Ilopango, que esparció cenizas hasta Arizona entre otros sitios.

Pero aun con avisos, las probabilidades de escapar del maremoto eran escasas, considerando que la velocidad de la ola fue de setecientos kilómetros por hora, casi igual a la de un jet. En los últimos cien años hubo alertas para dos maremotos, se evacuaron extensas zonas a un altísimo costo, y nada ocurrió. Es posible que en el futuro se puedan detectar cambios en las mareas comparando información de los mares con mediciones satelitales.

Al tsunami se suman las pestes

Esto nos lleva a la tesis que venimos exponiendo: nadie es capaz de predecir catástrofes naturales, como tampoco se puede responsabilizar a gobiernos o funcionarios, por los daños y las muertes que ocasionen. Los graves perjuicios causados por el terremoto de enero de 2001, como por el “Mitch” en 1995, sobrepasan la capacidad humana para anticipar ni menos controlar tales fuerzas. Es parte del destino de los hombres estar a merced de los elementos, ser el blanco de la ira y la venganza de los dioses, como imaginaban nuestros antepasados. San Genaro rescató a los napolitanos de la peste y Yahveh ordenó a Noé construir el Arca para salvar a los seres vivos del diluvio universal, pero al resto no le queda más recurso que no encontrarse allí donde explota el volcán o llega el maremoto.

Como ordenó el marqués del Pombal para el gran terremoto de Lisboa, en el que murieron más de cincuenta mil personas, hay que socorrer a los vivos y enterrar a los muertos. En el Asia al espanto de las muertes se agrega ahora la amenaza de pestes, insalubridad y la dificultad de socorrer a niños y a desamparados.



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