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“ No pude salvar ni siquiera a un niño”

India. Un muro de agua reventó sobre su hogar, para luego succionarle con todo y su familia. Él se aferró a un árbol para evitar ser arrastrado

Publicada 29 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Desgarrados. Mani Natrajan (der.) grita de dolor al ver el cadáver de su esposa Muniamma, en la morgue de Cuddalore, en la India. Fotos EDH


The New York Times
Amy Waldman
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

La tierra cubrió el cuerpo de Muniamma más rápidamente de lo que el agua había reclamado su vida. El enterrador paleaba montones de tierra suave a gran velocidad, para después pasar al siguiente cadáver.

No había tiempo que perder, ni sentimiento que expresar, ni ceremonia, ni un marcador: tan sólo una tumba masiva para víctimas del tsunami de este domingo, y dolor masivo.

En el enorme hoyo en la tierra, el marido de Muniamma, Mani Natrajan, pescador de 35 años, se inclinó sobre el montículo que ahora representaba a su esposa y le envolvió una tela roja brillante a su alrededor. Le había encontrado a ella menos de una hora antes, en la morgue del hospital gubernamental, donde una mórbida dulzura llenaba el aire y agentes policiales, vestidos de caqui, usaban tapabocas color blanco.

Él había caído al suelo manchado de sangre, había llorado encima de ella, trató de besarle, le había hablado, todo en vano. Su reunión era unilateral.

Él se había despedido de ella y de sus tres hijos por la mañana del domingo, después de haber dejado un poco de pescado en su caserío, compuesto por chozas con techo de palma, cerca de la orilla de su aldea, en la costa sureste de India.

Un lamento común

Caminó unos cuantos cientos de metros hasta su bote, en el cercano canal. Al poco tiempo escuchó gritos y vio a gente corriendo, y después vio un muro de agua más elevado que los árboles reventando sobre su hogar, para luego succionarle con todo y su familia hasta el mar. Él mismo se aferró a un árbol para evitar ser arrastrado.

“No pude salvar ni siquiera a un niño”, afirmó. Era un lamento demasiado común. Aquí y en otras partes por toda la región, muchas de las víctimas también fueron las más vulnerables: ancianos, mujeres y niños. Además, ellos estuvieron entre los descubrimientos más difíciles.

Natrajan encontró el cuerpo de Vanaya, de ocho años, a las 11 de la mañana del domingo, y pasó el resto de ese día y el lunes buscando a Muniamma, de 28 años, y a Sukayina, de 10, así como a Surender, de seis años. Algunos de sus parientes le ayudaron, extendiéndose a lo largo de la yerma planicie donde, hasta que el tsunami impactó, había sido el asentamiento de Sonakuppan.

Por la tarde del lunes, él escuchó acerca del cuerpo no identificado de una mujer en el servicio forense de la localidad, y llegó a la morgue acompañado de algunos parientes en su vigilia.

Incluso antes de que llegara a la morgue, él daba la impresión de tener una premonición sobre su noticia: se desplomó al suelo, gimiendo y lloriqueando, después le ayudaron a levantarse y le prepararon para un doloroso deber.

Ahora identificada, Muniamma fue extraída de la morgue, colocada sobre camilla y cubierta con una tela blanca. Ataron una etiqueta a uno de los dedos de su pie; 196, el número de muertes que han sido llevados al hospital hasta ahora, en su mayoría mujeres como ella que habían sido incapaces de superar el embate del mar.

Cuando menos 300 personas murieron en este distrito, localizado aproximadamente 175 kilómetros al sur de Madras, la capital del Estado de Tamil Nandu.

El descubrimiento de Muniamma eliminó a uno de los desaparecidos y sumó un muerto más. Su marido besó sus pies en despedida.

Después, ella fue subida a un camión, junto con un servidor público de 70 años, Guruchandran, quien acababa de ser identificado. Ambos fueron transportados para darles sepultura al tiempo que empezaba a lloviznar. Apenas y estaban en la tumba cuando el camión ya estaba regresando para ir por otra carga.

La madre de Muniamma, Alamelu, de 60 años, gimoteaba y entonaba lo al parecer era una canción: “Eras buena en los estudios, respetabas a otros. Tras tu muerte te llevaste tres niños contigo, ¿por qué no dejas a un niño aquí? ¿Por qué no me llevaste a mí? ¿Acaso no me amas? ¿Es esa la razón por la cual te vas sola?” Después, ella y su yerno salieron caminando, descalzos, del cementerio, y regresaron a lo que habían sido sus hogares.

A lo largo del área, grupos de mujeres empacaban restos de sus pertenencias en bolsas y canastas que equilibraban sobre sus cabezas, y avanzaban hacia tierras más altas, en busca de un lugar para dormir esa noche. Los que estaban sin hogar caminaban por ahí sin expectativas. Funcionarios gubernamentales hicieron listas de hogares perdidos y embarcaciones destruidas.

Natrajan también se preparaba para marcharse. Reconstruiría una pequeña casa, dijo, y viviría solo. El mar se llevó consigo toda traza de su familia, incluso las fotografías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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