 |
|
Desgarrados. Mani Natrajan (der.) grita de dolor al ver el cadáver
de su esposa Muniamma, en la morgue de Cuddalore, en la India.
Fotos EDH
|
The New York Times
Amy Waldman
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
La tierra cubrió el cuerpo de Muniamma más rápidamente
de lo que el agua había reclamado su vida. El enterrador paleaba
montones de tierra suave a gran velocidad, para después pasar al
siguiente cadáver.
No había tiempo que perder, ni sentimiento que expresar, ni ceremonia,
ni un marcador: tan sólo una tumba masiva para víctimas
del tsunami de este domingo, y dolor masivo.
En el enorme hoyo en la tierra, el marido de Muniamma, Mani Natrajan,
pescador de 35 años, se inclinó sobre el montículo
que ahora representaba a su esposa y le envolvió una tela roja
brillante a su alrededor. Le había encontrado a ella menos de una
hora antes, en la morgue del hospital gubernamental, donde una mórbida
dulzura llenaba el aire y agentes policiales, vestidos de caqui, usaban
tapabocas color blanco.
Él había caído al suelo manchado de sangre, había
llorado encima de ella, trató de besarle, le había hablado,
todo en vano. Su reunión era unilateral.
Él se había despedido de ella y de sus tres hijos por la
mañana del domingo, después de haber dejado un poco de pescado
en su caserío, compuesto por chozas con techo de palma, cerca de
la orilla de su aldea, en la costa sureste de India.
Un lamento común
Caminó unos cuantos cientos de metros hasta su bote, en el cercano
canal. Al poco tiempo escuchó gritos y vio a gente corriendo, y
después vio un muro de agua más elevado que los árboles
reventando sobre su hogar, para luego succionarle con todo y su familia
hasta el mar. Él mismo se aferró a un árbol para
evitar ser arrastrado.
No pude salvar ni siquiera a un niño, afirmó.
Era un lamento demasiado común. Aquí y en otras partes por
toda la región, muchas de las víctimas también fueron
las más vulnerables: ancianos, mujeres y niños. Además,
ellos estuvieron entre los descubrimientos más difíciles.
Natrajan encontró el cuerpo de Vanaya, de ocho años, a las
11 de la mañana del domingo, y pasó el resto de ese día
y el lunes buscando a Muniamma, de 28 años, y a Sukayina, de 10,
así como a Surender, de seis años. Algunos de sus parientes
le ayudaron, extendiéndose a lo largo de la yerma planicie donde,
hasta que el tsunami impactó, había sido el asentamiento
de Sonakuppan.
Por la tarde del lunes, él escuchó acerca del cuerpo no
identificado de una mujer en el servicio forense de la localidad, y llegó
a la morgue acompañado de algunos parientes en su vigilia.
Incluso antes de que llegara a la morgue, él daba la impresión
de tener una premonición sobre su noticia: se desplomó al
suelo, gimiendo y lloriqueando, después le ayudaron a levantarse
y le prepararon para un doloroso deber.
Ahora identificada, Muniamma fue extraída de la morgue, colocada
sobre camilla y cubierta con una tela blanca. Ataron una etiqueta a uno
de los dedos de su pie; 196, el número de muertes que han sido
llevados al hospital hasta ahora, en su mayoría mujeres como ella
que habían sido incapaces de superar el embate del mar.
Cuando menos 300 personas murieron en este distrito, localizado aproximadamente
175 kilómetros al sur de Madras, la capital del Estado de Tamil
Nandu.
El descubrimiento de Muniamma eliminó a uno de los desaparecidos
y sumó un muerto más. Su marido besó sus pies en
despedida.
Después, ella fue subida a un camión, junto con un servidor
público de 70 años, Guruchandran, quien acababa de ser identificado.
Ambos fueron transportados para darles sepultura al tiempo que empezaba
a lloviznar. Apenas y estaban en la tumba cuando el camión ya estaba
regresando para ir por otra carga.
La madre de Muniamma, Alamelu, de 60 años, gimoteaba y entonaba
lo al parecer era una canción: Eras buena en los estudios,
respetabas a otros. Tras tu muerte te llevaste tres niños contigo,
¿por qué no dejas a un niño aquí? ¿Por
qué no me llevaste a mí? ¿Acaso no me amas? ¿Es
esa la razón por la cual te vas sola? Después, ella
y su yerno salieron caminando, descalzos, del cementerio, y regresaron
a lo que habían sido sus hogares.
A lo largo del área, grupos de mujeres empacaban restos de sus
pertenencias en bolsas y canastas que equilibraban sobre sus cabezas,
y avanzaban hacia tierras más altas, en busca de un lugar para
dormir esa noche. Los que estaban sin hogar caminaban por ahí sin
expectativas. Funcionarios gubernamentales hicieron listas de hogares
perdidos y embarcaciones destruidas.
Natrajan también se preparaba para marcharse. Reconstruiría
una pequeña casa, dijo, y viviría solo. El mar se llevó
consigo toda traza de su familia, incluso las fotografías.

|