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Despidiendo el año
El espíritu de la Navidad y una celebración suiza

La realidad tiene muchas facetas, cada faceta tiene múltiples ubicaciones a su vez, por lo que existe un tiempo, un estilo, y un momento apropiado para cada cosa.

Publicada 28 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Tiempos de optimismo con la frescura del clima, la alegría de la Navidad y la esperanza del año nuevo. Momentos de agradecer, de darse, de sonreír, de esperar, de lanzar la voluntad una vez más, de levantar la ilusión, de orar, pero también de trabajar, de crear nuevas posibilidades...

¿Qué escribir que entone con este sentimiento en el ambiente? Muchos dan con el clavo, lanzando mensajes que recuerdan al sagrado nacimiento, los propósitos para el nuevo año, realizan una excelente labor tocando los sentimientos de amor, ternura, sana nostalgia, impulso al futuro y espíritu de lucha por el mismo. Sean bienaventurados, que esto es bueno y necesario que así sea.

No quiero dejar de compartir la felicidad y los sanos deseos de tanta gente de buena voluntad. Es mi intención en esta entrega solidarizarme con otras almas similares.

Escribí esto y luego arranqué hacia una muy lúcida, pero aflictiva exposición de motivos de orden pesimista. Mi hijo mayor me hizo ver que no era el período del año más propicio para ello, leí luego al gran Chiri Rivas, a monseñor Escrivá y a otros que no hicieron, sino reforzar la primera impresión.

Y es que la realidad tiene muchas facetas, cada faceta tiene múltiples ubicaciones a su vez, por lo que existe un tiempo, un estilo, y un momento apropiado para cada cosa. El hombre más grande que ha existido nos dejó un mensaje de amor que debe ser el sentimiento prioritario en esta temporada navideña. Rescribí pues, y cuento mi experiencia en...
Una Navidad en Suiza

Esta vivencia que compartiré con ustedes tuvo lugar cuando su servidor tenía 24 años, no hace mucho (?), y ocurrió en el pueblecito de Altdorf, cuna del legendario Guillermo Tell, en Suiza. Estudiando francés en la Universidad Católica, en París, hice amistad —tengo que decir que superficial—, con un joven de mi edad, suizo alemán quien simpatizó al saber que la familia de mi abuelo materno provenía de su patria. El asunto fue que, al final del curso, me invitó a pasar unos días, para Navidad, en su casa; siendo que lo sentí sincero y la oportunidad era bonancible, acepté.

En la estación de tren no se encontraba mi amigo, sino sus hermanos y hermanas (no me acuerdo si eran cinco o seis), dado que mi “chero” se había ido a última hora nada menos que a la isla de Papeete, en el Pacífico Sur. El pueblo era pequeño, de clásica postal local, precioso en su blanca Navidad.

Fui acogido por varios días como uno más de la familia. Vamos a la Navidad.

Al atardecer hubo un breve tentempié, servido en medio de laboriosa actividad familiar. Después del magro ágape. Aseados y con mejores galas nos reunimos todos en la sala principal. Allí comenzó una audición inolvidable. Poco a poco, todos y cada uno de los hijos y ambos padres fueron tocando uno o más instrumentos musicales.

Primero tocaron en solo, luego en dúos o tercetos y finalmente se fueron integrando hasta tocar todos juntos. Al mismo tiempo empezaron a cantar, engarzándose vocalmente de la misma manera que sus instrumentos hasta terminar en coro.

Esto duró bastante y debo decir que fue maravilloso. Se interpretaron canciones navideñas, del folclor local, piezas populares e incluso un repertorio de villancicos propiamente religiosos. Cerca de las doce de la noche partimos a pie, en medio de un frío fuerte, pero tolerable si se va bien protegido, a la misa del gallo en la preciosa iglesia católica local. Todo el pueblo se encontraba allí.

Una misa tradicional cantada, un fervor inusual, un colorido, una devoción, las luces, las velas, el paisaje nevado se confabularon para lograr una visión de ensueño como las bien logradas imágenes de una película de Spielberg.

Al regreso, alegres, emocionados con la celebración religiosa, hambrientos también, nos dirigimos a la degustación de un sabroso grog (rompope) y una tan copiosa como fina cena navideña, delicia combinada para el gourmette y el gourmande juntos.

Luego salimos los jóvenes a dar todavía un paseo y recuerdo que en una plaza que tenía una fuente grande y redonda, induje al grupo a hacer algunas locuras, como bailar en el borde y otras linduras. Regresamos así, felices.

Esta Navidad, que también la pasé fuera del país, en el frío y en medio de un fervor igualmente tradicional, me ha invitado a buscar lo mejor en los demás, erradicando todo pesimismo ¡que la ternura, el perdón y la generosidad prevalezcan! ¡Muchas felicidades a todos!

*Lic. en Ciencias Políticas.
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