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Sentido Común
Falta poco pa’ las doce

Año nuevo, vida nueva. Hay tantas cosas por qué celebrar: por la vida, por la familia, por los amigos, por el trabajo y por el Barça. También por los retos y las dificultades, sin ellos la vida sería peor que una mala película.

Publicada 28 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Ricardo Rivas
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Han proclamado a Ronaldinho como el mejor jugador del planeta. El genio del fútbol se ha parado al centro del Camp Nou, y con los dientes al aire y parapetado en la humildad que le hace grande, ha dado gracias a medio mundo por el reconocimiento.

Tengo un amigo que dice que el hombre es feliz cuando aprende a ser agradecido. Ahora me queda claro por qué Ronaldinho es una máquina de sonrisas.

Vamos, en el ocaso de 2004, a emular al feo pero genial “Dinho”, dando gracias por tantas cosas buenas que nos ha dejado este año. ¡Vaya si no tenemos cosas que agradecer! Lo primero: la mujer y los hijos que me han mandado del cielo. También la familia, los amigos y el trabajo.

Ya no digamos las dificultades, que le ayudan a uno a templar los músculos y caminar por la vida sin aspavientos ni sobresaltos.

Sí, no hay vuelta de hoja, estoy inmensamente agradecido por formar parte del ejército de ciudadanos que avanzamos jalonando con los remos de nuestro trabajo. Tener trabajo es una maravilla.

Tener un buen trabajo, una bendición. Por supuesto que algunas veces —más de las que quisiéramos— ciertas decisiones y actitudes políticas complican nuestro esfuerzo, pero ciertamente, al final del camino, el que construye el edificio de su propio futuro es uno mismo.

Por eso, digo, hay tanto que agradecer. Quizá no nos sobren las cosas, pero tampoco necesitamos de una scotch doble o de una diazepam para dormir, que eso hoy día, según decía un médico en la televisión, ya es ganancia.

Tener para no dormir me parece un pírrico negocio. Ya no digamos aparentar tener, que es cuando ni se tiene —porque todo se debe— ni se duerme.

Tengo un conocido que de día maneja su camioneta BMW último modelo, y de noche se dedica a vigilar el sueño de la mujer, los hijos, el chucho y un loro.

No ser un fan de las tarjetas de crédito también colabora con mi buen sueño. Ciertamente reconozco que en esto, mi mujer y yo hemos de ser una especie a punto de extinción. Tanta milla, punto, doble milla y doble punto no ha sido suficiente para convencernos de volvernos tarjeta-adictos o tarjetadependientes. Lo sé. Es más, entiendo todas las ventajas del tarjeteo. Pero también conozco las desventajas del plástico y la pasta de la que uno está hecho. Por eso, siempre que puedo prefiero ceñirme a la vieja regla de: si hay, hay, y si no hay, pues “nuay”.

Hablando de dormir bien, hay otras cosas que le mantienen a uno la cabeza a ritmo de discoteca: las alarmas de la palm, el celular, el víper, o la pocket PC. Yo no sé si es que la gente asocia la cantidad de pitidos por minuto con cierto status, y por eso se cuelgan al cincho cuanto aparatejo aparece por ahí, o es que en realidad el mundo se cae si uno sale de casa sin el celular.

Andar con tantos pitos, luces y vibradores alrededor de la barriga, a de estar directa y proporcionalmente relacionado al pulso y la presión sanguínea del parroquiano. Entre estar medianamente incomunicado o medianamente hipertenso, me quedo con lo primero.

Luego de dar gracias, vienen los propósitos. A la medianoche de cada fin de año el mundo es una inmensa fábrica de propósitos. Algunos de ellos duran tanto como una canción. Otros fenecen a medio año. Los menos llegan vivos hasta el siguiente diciembre.

A mí, con la dieta me suele ocurrir lo mismo: me la propongo para el 2 de enero, pero la vengo comenzando después del Día de la Madre.

Obviamente, quisiera cambiar algunos hábitos para 2005. El primero es dejar de morirme del sueño pasadas las diez y media de la noche. Además, elevaré mis súplicas al Creador para que me provoquen más ilusión las recepciones, los cocteles, las juntas, las bodas en sábado y los bautizos a media mañana de domingo.

Año nuevo, vida nueva. Hay tantas cosas por qué celebrar: por la vida, por la familia, por los amigos, por el trabajo y por el Barça.

También por los retos y las dificultades, sin ellos la vida sería peor que una mala pe- lícula. Hay que celebrar por este país, que, aunque voluptuoso y relinchón, sigue siendo la casa de todos.
Feliz 2005.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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