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Colores en la casa del sol

Desde tiempos prehispánicos, Santo Tomás se ha destacado por sus productivos telares

Publicada 27 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Priscila Montenegro ha seguido el ejemplo de su madre al aprender el telar de cintura. Foto EDH

Morena Azucena
El Diario de Hoy
mlazucen@elsalvador.com


Boris Balmore Mejía mueve su cuerpo al compás del telar de palanca. Él hace que el chaz chaz de este instrumento se escuche desde las afueras de la sede de la Casa del Sol o Kal Tunal, la escuela de tejidos que ha creado el Instituto para el Resurgimiento Ancestral Indígena Salvadoreño (Rais), ubicada en el municipio de Santo Tomás.

El artesano, originario de San Juan Tepezontes, prepara la tela tomeña que está tejida con hilos amarillos, cafés y anaranjados. Y mientras une las hebras, cuenta cómo esta actividad le ha servido en su desarrollo económico.

“Estoy desde enero y desde que vi me gustó esto (tejer). La cuestión era aprender otra cosa, porque de la agricultura ya no se vive”, dice.

Don Boris no es el único que ha visto en los telares una nueva opción de vida. En la escuela de Rais hay más de veinte personas (entre hombres y mujeres), que han aprendido ha tejer y a teñir telas con añil y otros colorantes naturales.

Ésta es una de las razones por las que Rais le ha apostado a esta actividad. Pero hay más motivos, según explica la directora de la institución, María Eugenia Aguilar.

“Nuestro interés es recuperar el telar, una artesanía lugareña que se hacía con colorantes naturales. Y la idea es revivirla, pero con un sello que nos caracterice”, explica Aguilar.

También añil y zapatos
- El taller Casa del Sol también brindan clases de teñido en añil, jocote y mamey.
- El añil no sólo lo aplican en tela, los artesanos han utilizado esta técnica en madera, bambú, cuero, tul y tela para zapatos.
- Los precios de las artesanías oscilan desde $1 a $40.
- La escuela de Rais capacita gratuitamente a personas interesadas en esta expresión popular.
- Si desea información sobre las clases o sobre cómo obtener los tejidos y artesanías llame al 251-4165. Foto EDH

La recuperación de esta expresión popular requirió una investigación. Para eso, Rais exploró la historia del tejido en Santo Tomás, Santiago Texacuangos y San Marcos (municipios que en el pasado conformaban un solo poblado). Los resultados, que están plasmados en el libro Resurgimiento de la mujer indígena a través del empoderamiento de sus saberes ancestrales, indican que desde épocas prehispánica esta área se destacó por la producción de telas y trajes.

El oficio, practicado mayormente por féminas, se desarrolló prolíficamente hasta la Conquista. Su declive se dio a mediados del siglo XX, cuando la era industrial invadió el campo textil salvadoreño. Y, más recientemente, la proliferación de maquilas.

El sello

Tejer sólo por hacerlo no era el fin último que buscaba Raís. La propuesta de tener un tejido propio surgió de Gracia Escalante, estudiante de diseño artesanal de la Universidad doctor José Matías Delgado. Lo que hizo fue resumir la toponimia del lugar en un concepto y luego realizar un plan de diseño. El resultado nació gracias a la combinación de los colores de los valles cercanos al lago de Ilopango y al plumaje del turpial, un ave sagrada para los indígenas.

Así se tiene que el tejido tomeño esté compuesto por naranja, café, negro y amarillo.
“Lo que se pretende es que toda la gente identifique al lugar por el color y forma de los tejidos”, comenta.

Ahora los artesanos se dedican a confeccionar sus creaciones de acuerdo esos colores. Así, Escalante ha sugerido una línea de utensilios y prendas tales como ropa para mujeres, accesorios y, utensilios de casa y jardín.

Tejer es vida

Catalina Menjívar viuda de Cruz ha estado ligada al tejido de por vida. “Con eso me crié. Creo que tejer es un arte y no cualquiera lo puede hacer”, dice convencida.

En Kal Tunal también hay telares de palancas. En ellos, los artesanos hacen colchas. Foto EDH

Con 74 años a cuestas, doña Catalina recuerda como el oficio era la principal actividad comercial en Santo Tomás y Santiago Texacuangos. Ella dice que su esposo tejía driles (cortes para pantalón), nahuilías y colchas. Una vez las fábricas textiles invadieron el mercado, el esposo de doña Catalina disminuyó la producción.

Pero, ahora el actual panorama lo tejen las nuevas generaciones. Margarita Sánchez y su hija Priscila Montenegro han tomado clases desde hace tres meses. Y durante ese tiempo han aprendido a confeccionar varias prendas. Al principio ambas creían que la artesanía era difícil, pero una vez que aprendieron a manejar el telar de cintura, ellas han podido confeccionar mantas, colchas e individuales.

Otro de los alumnos afanados es don Boris Menjívar, quien ha dejado el cultivo de la tierra por los hilos. “Esto tiene futuro. Creo que hay que buscar otras alternativas, porque de la tierra ya no se vive”, comenta.

Todos los alumnos no sólo tienen la oportunidad de aprender, también exhiben sus creaciones en la tienda de la escuela.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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