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| Priscila Montenegro ha seguido el ejemplo de
su madre al aprender el telar de cintura. Foto
EDH |
Morena Azucena
El Diario de Hoy
mlazucen@elsalvador.com
Boris Balmore Mejía mueve su cuerpo al compás del telar
de palanca. Él hace que el chaz chaz de este instrumento se escuche
desde las afueras de la sede de la Casa del Sol o Kal Tunal, la escuela
de tejidos que ha creado el Instituto para el Resurgimiento Ancestral
Indígena Salvadoreño (Rais), ubicada en el municipio de
Santo Tomás.
El artesano, originario de San Juan Tepezontes, prepara la tela tomeña
que está tejida con hilos amarillos, cafés y anaranjados.
Y mientras une las hebras, cuenta cómo esta actividad le ha servido
en su desarrollo económico.
Estoy desde enero y desde que vi me gustó esto (tejer). La
cuestión era aprender otra cosa, porque de la agricultura ya no
se vive, dice.
Don Boris no es el único que ha visto en los telares una nueva
opción de vida. En la escuela de Rais hay más de veinte
personas (entre hombres y mujeres), que han aprendido ha tejer y a teñir
telas con añil y otros colorantes naturales.
Ésta es una de las razones por las que Rais le ha apostado a esta
actividad. Pero hay más motivos, según explica la directora
de la institución, María Eugenia Aguilar.
Nuestro interés es recuperar el telar, una artesanía
lugareña que se hacía con colorantes naturales. Y la idea
es revivirla, pero con un sello que nos caracterice, explica Aguilar.
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También añil y zapatos
- El taller Casa del Sol también brindan clases de teñido
en añil, jocote y mamey.
- El añil no sólo lo aplican en tela, los artesanos
han utilizado esta técnica en madera, bambú, cuero,
tul y tela para zapatos.
- Los precios de las artesanías oscilan desde $1 a $40.
- La escuela de Rais capacita gratuitamente a personas interesadas
en esta expresión popular.
- Si desea información sobre las clases o sobre cómo
obtener los tejidos y artesanías llame al 251-4165. Foto
EDH |
La recuperación de esta expresión popular
requirió una investigación. Para eso, Rais exploró
la historia del tejido en Santo Tomás, Santiago Texacuangos y San
Marcos (municipios que en el pasado conformaban un solo poblado). Los
resultados, que están plasmados en el libro Resurgimiento de la
mujer indígena a través del empoderamiento de sus saberes
ancestrales, indican que desde épocas prehispánica esta
área se destacó por la producción de telas y trajes.
El oficio, practicado mayormente por féminas, se desarrolló
prolíficamente hasta la Conquista. Su declive se dio a mediados
del siglo XX, cuando la era industrial invadió el campo textil
salvadoreño. Y, más recientemente, la proliferación
de maquilas.
El sello
Tejer sólo por hacerlo no era el fin último que buscaba
Raís. La propuesta de tener un tejido propio surgió de Gracia
Escalante, estudiante de diseño artesanal de la Universidad doctor
José Matías Delgado. Lo que hizo fue resumir la toponimia
del lugar en un concepto y luego realizar un plan de diseño. El
resultado nació gracias a la combinación de los colores
de los valles cercanos al lago de Ilopango y al plumaje del turpial, un
ave sagrada para los indígenas.
Así se tiene que el tejido tomeño esté compuesto
por naranja, café, negro y amarillo.
Lo que se pretende es que toda la gente identifique al lugar por
el color y forma de los tejidos, comenta.
Ahora los artesanos se dedican a confeccionar sus creaciones de acuerdo
esos colores. Así, Escalante ha sugerido una línea de utensilios
y prendas tales como ropa para mujeres, accesorios y, utensilios de casa
y jardín.
Tejer es vida
Catalina Menjívar viuda de Cruz ha estado ligada
al tejido de por vida. Con eso me crié. Creo que tejer es
un arte y no cualquiera lo puede hacer, dice convencida.
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| En Kal Tunal también hay telares de palancas.
En ellos, los artesanos hacen colchas. Foto
EDH |
Con 74 años a cuestas, doña Catalina recuerda
como el oficio era la principal actividad comercial en Santo Tomás
y Santiago Texacuangos. Ella dice que su esposo tejía driles (cortes
para pantalón), nahuilías y colchas. Una vez las fábricas
textiles invadieron el mercado, el esposo de doña Catalina disminuyó
la producción.
Pero, ahora el actual panorama lo tejen las nuevas generaciones. Margarita
Sánchez y su hija Priscila Montenegro han tomado clases desde hace
tres meses. Y durante ese tiempo han aprendido a confeccionar varias prendas.
Al principio ambas creían que la artesanía era difícil,
pero una vez que aprendieron a manejar el telar de cintura, ellas han
podido confeccionar mantas, colchas e individuales.
Otro de los alumnos afanados es don Boris Menjívar, quien ha dejado
el cultivo de la tierra por los hilos. Esto tiene futuro. Creo que
hay que buscar otras alternativas, porque de la tierra ya no se vive,
comenta.
Todos los alumnos no sólo tienen la oportunidad de aprender, también
exhiben sus creaciones en la tienda de la escuela.

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