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Breve análisis
¿Ha mejorado la salud en El Salvador?

No se debe de olvidar también que en las últimas dos décadas el fenómeno de la globalización ha funcionado como un “eje transformador”, que ha producido diversos cambios, algunos exitosos y otros todavía insuficientes 2

Publicada 27 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Para medir el estado de salud de una comunidad, el nivel sanitario, como lo llaman otros, o la tendencia general de la salud pública, como lo prefieren algunos expertos, además de analizar los diferentes factores determinantes de la salud, muchos de ellos contribuyentes y otros condicionantes, a menudo se utilizan indicadores que son cuantías referidas a la población.

Ejemplos de estos indicadores son la cobertura de las inmunizaciones en general o de algunas en particular en el ámbito urbano y rural, la esperanza de vida al nacer, tanto en el hombre como la mujer, el número de médicos disponibles por cada 10,000 habitantes, las llamadas tasas de morbilidad (información sobre de qué se enferma la gente) y las tasas de mortalidad (información sobre de qué mueren los habitantes, a menudo las primeras de que se echa a mano por su disponibilidad). Comprendidas en estas últimas, la de mayor relevancia es la mortalidad infantil, que incluye la neonatal (de 1 a 28 días), postneonatal (de 29 días a 11 meses) y de la niñez (de 1 a 4 años).

Como el nivel de salud de un país se asocia estrechamente con el grado de desarrollo social y económico y la disponibilidad de los recursos, el conocimiento de los anteriores constituye una valiosa herramienta para saber en qué condición sanitaria se halla una comunidad en particular. En ese sentido, un ejemplo de gran objetividad es la correlación entre la disponibilidad de agua potable (como elemento importante del desarrollo social) y la prevalencia de enfermedades diarreicas, que establece que a mayor disponibilidad de agua potable, existe menor incidencia del síndrome diarreico en la población.

Otro ejemplo muy ilustrativo, siempre en América Latina y el Caribe, es la correlación del ingreso per cápita y la mortalidad infantil. En efecto, la curva que nos resulta al enfrentar el PIB per cápita con las tasas de mortalidad infantil evidencian que a mayor nivel de ingresos económicos, menor es la tasa de defunciones infantiles, consecuentemente mayor es el nivel de salud de los habitantes. No obstante, la reducción de la mortalidad infantil no sólo es atribuible a los cambios positivos desde la óptica ingresos económicos del núcleo familiar, y si bien estos últimos son determinantes, existen otros factores contribuyentes y condicionantes que, dependiendo del momento y las circunstancias, pueden adquirir importancia crítica, de ahí que aún sin crecimiento económico, es posible mejorar la situación sanitaria en forma mensurable.

Una de las tasas de mortalidad infantil más recientes y actualizadas en El Salvador es la estimada por FESAL 2002/2003 para el período 1997-2002, que es de 25 funciones por 1000 nacidos vivos. Esta cifra refleja un descenso de diez muertes por mil con respecto al período anterior 1993-1998 y retrocediendo todavía más en el tiempo, es posible constatar que las reducciones más notorias han ocurrido en los últimos quince años aproximadamente.

Si comparamos esta tasa de mortalidad infantil con la del resto de países americanos y del Caribe, nos daremos cuenta de que somos ampliamente superados por los colosos del norte, Canadá y los Estados Unidos de América, con 5.4 y 6.8 respectivamente y por lo menos por una treintena de naciones más desarrolladas en el campo de la salud pública, tales como Uruguay (13.1), Chile (11.6), Cuba (7.3) y la mayoría de las islas caribeñas ubicadas al norte de la costa venezolana (Trinidad y Tobago, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Saint Kitts y Nevis, Monserrat, Martinica, Barbados, etc.).

Pero es de notar que, exceptuando a Costa Rica (10.9) y Panamá (18.6), El Salvador está en mejores condiciones que el resto de Centro América y unos 17 países como Haití (61.3), Bolivia (55.6), Ecuador (41.5), Brasil (38.3), Perú (37.4), Paraguay (37.0) y México (28.2).
Fuente de las cifras: “La Salud en las Américas”, volumen I, OPS, 2002.

En realidad el importante logro alcanzado por El Salvador en los últimos quince años no es casualidad, es consecuencia de una serie de eventos externos e internos que han influido directa e indirectamente. Algunos hechos prominentes de naturaleza interna son el desplazamiento de los habitantes del sector rural, tradicionalmente menos favorecido al sector urbano con mayores servicios; la continuidad del mismo contexto político que ha creado condiciones propicias para el crecimiento económico que es posible confirmar al revisar las estadísticas del Banco Central de Reserva correspondientes a la década de los noventa; el aumento gradual y progresivo de las remesas familiares año con año; el volumen cada vez mayor de los presupuestos en las carteras de Educación y Salud (los mayores en la historia), que han conducido indudablemente a una mayor inversión en estas críticas áreas.

Han sido responsables también, sin ninguna duda, los avances cuanti cualitativos en educación, muy especialmente en la educación de las madres, quienes a través del tiempo han tenido un acceso cada vez mayor a los servicios básicos y a los servicios de salud materna e infantil. Con sacrificios y dificultades, el agua potable intradomiciliar llega a un mayor número de hogares, tanto urbanos como rurales, también se ha elevado la letrinización y mejorado el manejo de los desechos sólidos. Y como es natural se destaca el valor de la planificación familiar como componente de cualquier programa de salud materna e infantil, ya que los espacios cortos entre lo nacimientos, la alta paridad (más de dos hijos) y la edad temprana o tardía en el momento del parto, están fuertemente asociados a un mayor riesgo de muerte infantil (FESAL 2002/2003).

No se debe de olvidar también que en las últimas dos décadas el fenómeno de la globalización ha funcionado como un “eje transformador”, que ha producido diversos cambios, algunos exitosos y otros todavía muy insuficientes para superar los problemas tradicionales de la salud en El Salvador. Entre otros están, por ejemplo, la ampliación de la participación del sector privado, que ha generado modificaciones en los diseños y gerencia de los servicios, la descentralización, que va por buen camino, pero que necesita todavía de muchos recursos y tecnología, el énfasis en la calidad de los servicios, la sostenibilidad ambiental y la expansión de la informática y tecnología aplicada a la comunicación.

* Dr. en Medicina.

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