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Al oído de los padres
La generación del perreo

Ha habido presentaciones de rock metálico de grupos que se identifican como adoradores del señor de las tinieblas. En un concierto, la policía se declaró impotente para controlar los desmanes del público.

Publicada 26 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Las palabras mudan de significado dependiendo de quien las usa. ¿Se acuerdan cuando chivo era el hijo de la vaca y no adjetivo calificativo? Así pensé que el “perreo” era algo para mejorar la vida de los chuchos, y es un nuevo estilo de baile.

Las crónicas del Carnaval de San Miguel lo calificaban de “calle” (vulgar y ordinario), que parece ser característica de muchos ritmos modernos. Unas chicas entre 13 y 16 años, entrevistadas sobre el perreo, afirmaron estar encantadas e interesadas sólo en la música y el ritmo, porque en la letra, con alto contenido erótico, casi no se fijan.

Esta semana, los entrevistados sobre el perreo fueron universitarios rondando los 18 años y sus respuestas fueron tan interesantes que vale la pena transcribir una de ellas: “Este tipo de música (si se le puede llamar así) tiene un alto contenido morboso, obsceno, con demasiada carga sexual, con un baile que más parece una fornicación entre perros; induce a la violencia, a la vida desenfrenada y, sobre todo, ofende a las mujeres, pues las coloca como objeto que sólo sirve para perrear y satisfacer los más bajos deseos sexuales de un fulano... Lo más penoso es que quienes gustan de este tipo de melodías ni siquiera se toman la molestia de ponerle atención a la lírica ,y que quienes más lo bailan son mujeres, a pesar de que las están ofendiendo. Y peor aún es ver a niños que no sólo bailan esa música, sino también la cantan…. ¿Qué enseñanza deja este tipo de música para la niñez y juventud? ¿Incentiva a la práctica de valores para ser cada día mejores personas? Yo no lo creo”.

El párrafo anterior, que por su contenido crítico podría atribuirse a un padre de familia maduro y conservador, explica claramente el mensaje del baile, ya que en castellano, la palabra “perra”, en sentido peyorativo, se emplea para designar a una mujer fácil y de mala conducta. Por lo visto, el baile pretende colocar a la mujer a ese nivel, haciéndole olvidar su dignidad como persona, al compararle con un animal y hacerle juguete de los más bajos instintos.

Ha habido presentaciones de rock metálico de grupos que se identifican como adoradores del señor de las tinieblas. En un concierto, la policía se declaró impotente para controlar los desmanes del público, que destrozó puertas y provocó desórdenes para ingresar gratis.

Por el alto nivel de riesgo, la PNC sugirió, para futuras presentaciones, la contratación de seguridad privada. Y es lógico, porque los títulos de las canciones, la música y el desenfreno que despiertan en el público son como una candela de dinamita que finalmente termina por explotar, con resultados lamentables.

Nuestro país tuvo el privilegio (según los organizadores) de ser el primero de Centro América visitado por el conjunto noruego Gorgoroth, “la cara negra del metal”. Y el nombre está bien puesto, porque los cuatro integrantes, de edad indefinida y con facha de mugrosos, cubren sus caras con gruesa pasta negra como maquillaje, lucen largas cabelleras, atuendos negros, con brazaletes y cinchos metálicos llenos de púas, que hacen juego con cadenas de las que cuelgan cruces puestas al revés.

Las figuras son tan repulsivas como los títulos de sus canciones: “Cradle of filth”, que se traduce como “Pesebre de porquería”. ¿Y así se pretende traer cultura al país?

No se necesita ser moralista ni fanático ni fundamentalista para sentir preocupación por las lecciones que los jóvenes reciben con estas manifestaciones “artísticas”. Y son más vulnerables, porque sin criterio ni valores morales que los defiendan, son fácilmente manipulados para caer en el mundo tenebroso del alcohol y las drogas. Lamentablemente el falso concepto de libertad que se maneja en este país deja abierto el campo para que la juventud se siga pervirtiendo.

Urge una seria evaluación de estos espectáculos, analizando el costo-beneficio que sus presentaciones traen para el pueblo, considerando que el precio de la entrada general es alto para el nivel de la mayoría de los asistentes.

Nos preguntamos: ¿Sabrán los padres de los miles de jóvenes que asistieron a esas presentaciones lo que es el perreo? ¿Y qué hicieron sus hijos después de haber estado sometidos a los estímulos de música, letra y baile, especialmente si hubo alcohol y drogas de por medio? ¿Habrá alguna relación con la imparable racha de salvajes asesinatos que a diario se cometen en el país, en muchos de los cuales están involucrados menores de edad?

*Columnista de El Diario de Hoy.


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