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Cuarto adjunto. Los empresarios participaron en todas las rondas
de negociación..Fotos EDH
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Guadalupe
Trigueros
El Diario de Hoy
negocios@elsalvador.com
La parte más glamorosa de las negociaciones del acuerdo de libre
comercio con Estados Unidos, incluso su etapa de ratificación,
estuvo marcada por finos abrigos, copas, anécdotas, modismos y
table dancing.
Uno de los pisos superiores del Hotel Mayflower, en Washington, fue uno
de los tantos testigos de lo que ocurrió hace un año entre
negociadores, técnicos, empresarios y periodistas.
Un día, más de 15 reporteros centroamericanos acorralaron
a un funcionario de la región para interrogarlo sobre los avances
en la etapa final de las conversaciones con los estadounidenses. Los empresarios
se sumaron al tumulto, ávidos de información.
El sofocado funcionario concluyó con un los dejo, vuir
a una reunión urgente. Instantáneamente, alguien imitó
el vuir, arrancando carcajadas a todos.
Abajo, en los pasillos, los agricultores centroamericanos sesionaban en
el bar, cada uno con su sector y asesor. Los ratos de ocio y de whisky
les sirvieron para los sobrenombres, por ejemplo, al grupo de avicultores
los llamaban los pollitos, mientras a los porcicultores, los
chanchitos, y a los embutidores, los choriceros.
La moda
Durante los fines de semana, las jefas de negociación de algunos
países y la flamante representante estadounidense, Regina Vargo,
nunca dejaron la elegancia, aunque repetían las mudadas. Sus homólogos
prescindieron de los sobrios trajes, entre ellos, el viceministro de Economía
salvadoreño, quien modeló cuellos de tortuga al estilo James
Bond, en tiempos de Sean Connery.
En cambio, la ronda de Nueva Orleans tuvo episodios picarescos. Cada medianoche,
los empresarios y algunos negociadores deambulaban por la Bourbon Street,
donde es imposible sentir sueño: a la izquierda, una tienda de
artefactos pecaminosos, seguida de un local que proyecta a trasluz a una
table dancing.
Al otro lado, bares colmados de humo y jazz y, en las azoteas, turistas
embriagados lanzando collares a los desinhibidos transeúntes.
Rigoberto Monge, negociador del sector privado salvadoreño, recuerda
estos paseos como uno de los métodos más usados por sus
colegas para combatir el estrés de las conversaciones con los estadounidenses.
Ricardo Esmahán, presidente de la Cámara Agropecuaria (Camagro),
recomendó a todos el famoso bar Pat OBryan el cual luego
fue frecuentado por muchos de los empresarios que ahora se han convertido
en ministros.
Desvelos similares se registraron en las anteriores rondas. En la de Houston,
el diputado Orlando Arévalo, miembro de la comisión parlamentaria
que le dio seguimiento a las negociaciones, no soportó el cansancio
y se durmió en medio de una sesión de informes del viceministro
de Economía.
De la cuarta ronda de negociación, en Honduras, todos tienen malos
recuerdos. El ron más bebido era el Botrán, una de las marcas
más afectadas por el ex negociador guatemalteco, Salomón
Cohen, quien ofreció a Estados Unidos completa libertad para la
entrada de sus productos, sin cobros arancelarios, ni trabas.
Este episodio fue denominado por los empresarios como la tragicomedia
de errores, por provocar el alzamiento de los jefes de negociación
de la región, en competencia por el liderazgo del proceso, frente
a un Estados Unidos que desde el palco principal esperaba el peor desenlace,
para introducir su mercadería en los mercados de cada país,
en condiciones bonancibles.
Al final, nadie cedió su mercado por completo, pero Guatemala tuvo
que cambiar a su negociador. En el desenlace, los seis negociadores reestablecieron
la amistad.
Un año después, previa a la ratificación del Tratado,
la ministra de Economía, Yolanda de Gavidia, solía aparecer
en eventos públicos con un pin pegado a la solapa, en el que se
leía: Pregúnteme sobre el TLC.

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