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Desde Washington
Los caprichos de Fidel Castro

Si el Departamento de Estado pensara que hay una opción remota para llegar a algún acuerdo, aseguró un funcionario estadounidense esta semana, lo intentaría. Pero Castro no le deja a la administración Bush otra opción que la línea dura

Publicada 25 de diciembre 2004, El Diario de Hoy


Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
marvingaleas@ yahoo.com.mx

Mi madre llegó un tanto temprano para Navidad este año —tres semanas antes para ser exactos—. Sus largas visitas se han convertido casi en un rito de las festividades, y aunque éstas y la dinámica propia entre madre e hija tienden a alterar los ánimos en nuestro hogar, doy gracias de tenerla acá.

Mi gratitud aumenta cuando considero lo insignificante de mis preocupaciones en comparación con las de aquellos que no pueden estar con sus seres queridos en esta temporada, separados por la distancia, compromisos o incluso por los caprichos de un tirano.

Hilda Molina era una de las más prominentes neurocirujanas en Cuba cuando en 1995 se opuso al gobierno de la isla acusándolo de querer hacer negocio con la venta a extranjeros que sufren de Parkinson de células cerebrales de fetos. Molina renunció a su escaño en el Parlamento y a su membresía en el Partido Comunista en protesta. Por casi una década ha estado solicitando en vano permiso para visitar a su hijo y su familia en Argentina, país que no tiene restricciones de viajes desde y hacia la isla.

Gloria Amaya es la madre de Miguel, Ariel y Guido Sigler Amaya, tres de los ahora famosos 75 activistas pacíficos y pro democráticos cuyos arrestos y sentencias hace 20 meses por parte del gobierno de Castro provocaron la ira mundial. Los tres hermanos están acusados de socavar “el proyecto socio político cubano“ por tener un consultorio médico independiente en una de sus casas.

Debido a que osaron ayudar a pobres en un pueblo cubano con drogas provenientes de Estados Unidos, Castro les mantiene tras las rejas, apartados de sus familias.

No ha faltado la solidaridad internacional ante la situación de familias como las de Molina y Amaya. Tanto la diplomacia de línea dura como la llamada diplomacia suave empleadas por la comunidad internacional han generado respuestas de Castro, pero ninguna ha mitigado significativamente la apremiante situación de los disidentes cubanos.

El Presidente argentino, Néstor Kirchner, quisiera creer que una política de acercamiento es la forma de suavizar a Castro. A comienzos de este año, cuando las Naciones Unidas votó a favor de censurar al líder cubano por su lamentable récord en derechos humanos, Argentina se abstuvo.

Pero cuando llegó la oportunidad de hacer efectivo el uso de la diplomacia suave, Castro no respondió con la misma moneda. A pesar de los esfuerzos diplomáticos que incluyeron una carta personal de Kirchner pidiéndole a Castro un simple “gesto humanitario” para permitir que Molina visite a su hijo y conozca a sus nietos argentinos, Castro se rehusó. Según Molina, un agente de inmigración le dijo que no podía salir de Cuba, debido a que “su cerebro es patrimonio del país”.

Washington rechaza la diplomacia suave. Aquellos que tratan de acercarse a Castro corren el riesgo de “humillarse a sí mismos” o de parecer “cómplices” del abusivo régimen castrista, dijo Roger Noriega, secretario de Estado Adjunto para el Hemisferio Occidental.

Si el Departamento de Estado pensara que hay una opción remota para llegar a algún acuerdo, aseguró un funcionario estadounidense esta semana, lo intentaría. Pero Castro no le deja a la administración Bush otra opción que la línea dura.

El resultado es prácticamente un estancamiento, que ha puesto a Washington en la incómoda posición de mantener o fortalecer duras políticas, incluidas nuevas restricciones en viajes a la isla que también mantienen a familias separadas en esta temporada.

Trágicamente, ésa es la naturaleza del trato con un tirano. Ante la imposibilidad de negociar con Castro de manera substantiva, líderes extranjeros son empujados constantemente hacia extremos tan alejados de una política o interacción efectiva, que lo que ocurre en definitiva raya en lo absurdo.

Más recientemente Washington y La Habana han estado metidos en una batalla por luces navideñas. El jefe de la Sección de Interés estadounidense, James Cason, ha adornado los jardines con un luminoso despliegue que incluye a un hombre de nieve, a Santa Claus y un inmenso número 75, un recordatorio poco sutil de las más recientes víctimas de la represión de Castro.

Castro se ha vengado instalando vallas cerca de la Sección de Interés con imágenes de Abu Ghraib, esvásticas y un aviso de “Made in the USA”.

En el más absurdo de todos los resultados, el Gobierno argentino no optó por retirar al embajador en Cuba para discutir la mejor forma de repudiar la inflexibilidad de Castro ante Molina. En cambio, Kirchner despidió al embajador y al jefe de gabinete de la cancillería argentina.

Molina, Amaya y sus seres queridos son todos peones en un juego que Castro ha tenido la oportunidad de practicar durante más de cuatro décadas y que, por lo tanto, domina.

Sus historias y las historias de aquellos que intentan ayudarles nos recuerdan que todavía perdura entre nosotros un tipo de injusticia que parecemos incapaces de afrontar.

*Columnista del Washington Post.

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