Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
Mi madre llegó un tanto temprano para Navidad este
año tres semanas antes para ser exactos. Sus largas
visitas se han convertido casi en un rito de las festividades, y aunque
éstas y la dinámica propia entre madre e hija tienden a
alterar los ánimos en nuestro hogar, doy gracias de tenerla acá.
Mi gratitud aumenta cuando considero lo insignificante de mis preocupaciones
en comparación con las de aquellos que no pueden estar con sus
seres queridos en esta temporada, separados por la distancia, compromisos
o incluso por los caprichos de un tirano.
Hilda Molina era una de las más prominentes neurocirujanas en Cuba
cuando en 1995 se opuso al gobierno de la isla acusándolo de querer
hacer negocio con la venta a extranjeros que sufren de Parkinson de células
cerebrales de fetos. Molina renunció a su escaño en el Parlamento
y a su membresía en el Partido Comunista en protesta. Por casi
una década ha estado solicitando en vano permiso para visitar a
su hijo y su familia en Argentina, país que no tiene restricciones
de viajes desde y hacia la isla.
Gloria Amaya es la madre de Miguel, Ariel y Guido Sigler Amaya, tres de
los ahora famosos 75 activistas pacíficos y pro democráticos
cuyos arrestos y sentencias hace 20 meses por parte del gobierno de Castro
provocaron la ira mundial. Los tres hermanos están acusados de
socavar el proyecto socio político cubano por tener
un consultorio médico independiente en una de sus casas.
Debido a que osaron ayudar a pobres en un pueblo cubano con drogas provenientes
de Estados Unidos, Castro les mantiene tras las rejas, apartados de sus
familias.
No ha faltado la solidaridad internacional ante la situación de
familias como las de Molina y Amaya. Tanto la diplomacia de línea
dura como la llamada diplomacia suave empleadas por la comunidad internacional
han generado respuestas de Castro, pero ninguna ha mitigado significativamente
la apremiante situación de los disidentes cubanos.
El Presidente argentino, Néstor Kirchner, quisiera creer que una
política de acercamiento es la forma de suavizar a Castro. A comienzos
de este año, cuando las Naciones Unidas votó a favor de
censurar al líder cubano por su lamentable récord en derechos
humanos, Argentina se abstuvo.
Pero cuando llegó la oportunidad de hacer efectivo el uso de la
diplomacia suave, Castro no respondió con la misma moneda. A pesar
de los esfuerzos diplomáticos que incluyeron una carta personal
de Kirchner pidiéndole a Castro un simple gesto humanitario
para permitir que Molina visite a su hijo y conozca a sus nietos argentinos,
Castro se rehusó. Según Molina, un agente de inmigración
le dijo que no podía salir de Cuba, debido a que su cerebro
es patrimonio del país.
Washington rechaza la diplomacia suave. Aquellos que tratan de acercarse
a Castro corren el riesgo de humillarse a sí mismos
o de parecer cómplices del abusivo régimen castrista,
dijo Roger Noriega, secretario de Estado Adjunto para el Hemisferio Occidental.
Si el Departamento de Estado pensara que hay una opción remota
para llegar a algún acuerdo, aseguró un funcionario estadounidense
esta semana, lo intentaría. Pero Castro no le deja a la administración
Bush otra opción que la línea dura.
El resultado es prácticamente un estancamiento, que ha puesto a
Washington en la incómoda posición de mantener o fortalecer
duras políticas, incluidas nuevas restricciones en viajes a la
isla que también mantienen a familias separadas en esta temporada.
Trágicamente, ésa es la naturaleza del trato con un tirano.
Ante la imposibilidad de negociar con Castro de manera substantiva, líderes
extranjeros son empujados constantemente hacia extremos tan alejados de
una política o interacción efectiva, que lo que ocurre en
definitiva raya en lo absurdo.
Más recientemente Washington y La Habana han estado metidos en
una batalla por luces navideñas. El jefe de la Sección de
Interés estadounidense, James Cason, ha adornado los jardines con
un luminoso despliegue que incluye a un hombre de nieve, a Santa Claus
y un inmenso número 75, un recordatorio poco sutil de las más
recientes víctimas de la represión de Castro.
Castro se ha vengado instalando vallas cerca de la Sección de Interés
con imágenes de Abu Ghraib, esvásticas y un aviso de Made
in the USA.
En el más absurdo de todos los resultados, el Gobierno argentino
no optó por retirar al embajador en Cuba para discutir la mejor
forma de repudiar la inflexibilidad de Castro ante Molina. En cambio,
Kirchner despidió al embajador y al jefe de gabinete de la cancillería
argentina.
Molina, Amaya y sus seres queridos
son todos peones en un juego que Castro ha tenido la oportunidad de practicar
durante más de cuatro décadas y que, por lo tanto, domina.
Sus historias y las historias de aquellos que intentan ayudarles nos recuerdan
que todavía perdura entre nosotros un tipo de injusticia que parecemos
incapaces de afrontar.
*Columnista del Washington Post.

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