Rafael
Rodríguez Loucel
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
Al fin de año se pone a prueba la capacidad de compra
de la familia promedio de El Salvador y de la mayoría de las familias
del mundo cristiano. En Estados Unidos, una sociedad de consumo, la gente
se vuelca a las calles en un espectáculo de gasto inverosímil.
Las tiendas más famosas instaladas en Nueva York se ven abarrotadas
de compradores compulsivos que, de abstenerse de adquirir lo que realmente
no necesitan, padecen de depresión y de carencia de autoestima,
lo afirma The New York Times, en la sección semanal ofrecida por
El Diario de Hoy.
En El Salvador se inauguran impresionantes centros comerciales que atraen
a curiosos, pero también compradores efectivos, en respuesta al
imán de la publicidad y el marketing en una sociedad que también
compra como la de EE.UU., a mucho menor escala, pero que se ve empujada
por la imitación o como le llaman los economistas: el efecto demostración.
Una lección aprendida es que país que no ahorra, no invierte
y exporta menos de lo que importa, no sólo no crece, sino que también,
más temprano que tarde, tendrá problemas financieros. Los
libros de texto asumen una racionalidad del consumo. Parten del supuesto
de que las personas ahorran por el motivo transacción, pero también
motivadas por la precaución o previsión.
Pero la realidad es otra, afirman varios amigos: Tus teorías
son obsoletas y pesimistas. Estados Unidos, la locomotora de la
economía internacional, está habitado por despreocupados
consumidores que no ahorran, viven el afán de cada día.
El consumidor estadounidense ha sido el motor de la economía
de Estados Unidos y de la economía global durante años,
sostuvo David Wyss, economista en jefe de la compañía financiera
Standard & Poors.
Pero a Estados Unidos fluye inversión productiva y especulativa
de países también poderosos económicamente, les argumento
a mis amigos. Puede entonces ese país vivir con déficit
comercial y gubernamental.
Quienes insisten en contradecirme y que no son economistas, me afirman
con una lógica que impresiona: En El Salvador tenemos remesas familiares
que también financian nuestro déficit comercial, y el ingreso
interno se vuelve consumo importado y, a la postre, proporciona empleo
a los residentes en el país en los grandes espacios de intercambio.
¿Pero y el déficit gubernamental? Despreocúpate,
las nuevas generaciones lo pagarán. No hay país que haya
fenecido como los humanos, ni quebrado como las empresas. ¡Observa
las circunstancias, pero no te las tragues! Me aconseja otro amigo.
O el mundo se encuentra al revés o yo tendré que revisar
mis apuntes de clase.
Al leer a Eduardo Galeano confirmé que el mundo ha cambiado y que
la teoría económica no es rígida: Quien no
tiene, no es; quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes
importados, está simulando existir.
Economía de importación, cultura de impostación:
en el reino de la tilinguería, estamos todos obligados a embarcarnos
en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado. La
mayoría de los navegantes está condenada al naufragio, pero
la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajeros que pueden viajar.
La economía mundial exige mercados de consumo en perpetua expansión,
para dar salida a su producción creciente y para que no se derrumben
sus tasas de ganancia, pero a la vez exige brazos y materia prima relativamente
barata para abatir sus costos de producción. El mismo sistema que
necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada
vez menos y los países subdesarrollados o con cariño llamados
emergentes tienen que vender lo que puedan al exterior, generar servicios
internamente, agotar las posibilidades de financiar sus déficit
y generar más empleo para su creciente población que no
puede emigrar.
En definitiva, es un período en que se pone a prueba la capacidad
de compra, la racionalidad y la previsión, pero lo que se encuentra
en las vitrinas y hasta en las aceras de el mercado informal nos lanza
un reto: Regalar en Navidad es regalar felicidad y otros mensajes
subliminales que terminan venciendo al más austero, que se convence
de que una cosa artificial satisface una necesidad momentáneamente
real de sus amistades. ¡Vivamos el momento, mañana será
otro día!
*Lic. en Economía. rloucel@utec.edu.sv

|