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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hoy, como lo saben todos los niños, se celebra la fiesta de Navidad,
la más tierna fecha del calendario cristiano. Belenes, villancicos,
árboles decorados, juguetes, recogimiento familiar, luces multicolores,
tiendas bulliciosas y muchos Santas, nos traen el mensaje:
hace dos mil cuatro años vino al mundo Nuestro Salvador, que con
sus enseñanzas y su sacrificio hizo que el hombre cobrara conciencia
de ser persona, que reconociera el milagro de la existencia y se ocupara
de su alma con tanto afán como lo hace de su cuerpo.
Ciertamente, para millones y millones de personas, la Navidad es un lindo
espectáculo que sólo toca sus vidas con el buen ejemplo
y la alegría que contagia. Así ocurrió en todos los
siglos que median entre nosotros y María. Lo podemos ver en las
representaciones de los pintores góticos de hace siglos, en la
tradición popular, en múltiples relatos. La Navidad fue
ilusión en las aldeas del Medioevo, que una vez al año se
iluminaban con los festejos religiosos y las ceremonias que tenían
lugar en la iglesia parroquial.
Queremos decir que nos consta, desde hace tiempo, que Santa Claus existe,
pues conocimos su templo a orillas del mar, en Bari, el talón de
la bota de Italia.
Es hermosa la ciudad de Bari, y espectacular la gran catedral sobre rocas
que en parte se sumergen en el agua. El santo venía del Asia Menor,
y anduvo errabundo por media Europa antes de desaparecer de la historia.
Cuando éramos niños, como le sucede a una infinidad de niños,
otra criatura mucho más avezada y con la seguridad del que descubre
verdades, nos dijo que lo de Santa Claus era mentira. Y cometimos el error
de creérselo.
Más tarde fuimos encontrando sus huellas, no sólo en Bari,
sino en los testimonios de diez mil pintores y diez mil cuentistas, en
tantos sitios donde se venera a la Virgen, al Niño y a San José.
¿Cómo es que todos pudieron imaginar personajes y leyendas
y ternuras caídas del cielo, o acaso inventadas por unos pastores
de Galilea? ¿Será posible que las lindas criaturas que esperan
la medianoche pero caen rendidas por el sueño, nos estén
engañando de que sí existe un Santa Claus y que este Santa
Claus nos trae los dones y las bondades de Jesús?
Los niños, nos los recuerda un viejo proverbio, siempre dicen la
verdad. Decirla es lo que redime a los locos y ennoblece a los adultos.
Por eso debemos creerles cuando son tantos los infantes que afirman haber
visto a Santa pasar por el cielo, en su trineo tirado por los renos de
las narices rojas (red-nosed reindeers).
Pidamos a Santa cosas buenas para el alma
¿Qué va a traernos Santa para esta Navidad? Hay que pedirle
que seamos felices, que nos dé fuerza para sobrellevar las adversidades,
que no nos haga caer en las tentaciones del demonio, que perdonemos a
los que nos ofenden y que nos mantenga unidos a nuestras familias y a
nuestros amigos.
Que nos traiga, y así lo quiera Jesús, la capacidad para
pensar bien y para que en esta tierra se vayan recuperando los valores
morales de siempre. Que los niños sean respetuosos y obedientes
y esforzados, que Santa nos despierte en el corazón sentimientos
de caridad hacia el prójimo, que trabajemos juntos para superar
las desgracias que han caído sobre esta tierra.
Es una dicha que cada año haya una Navidad con vida propia, además
de ser la fecha en que celebramos el Nacimiento del Niño Jesús.
Todas tienen su encanto y su magia, pero está en nosotros mismos
hacerlas amables, alegres, renovadoras. Nada cuesta sonreír, dar
las gracias, ser generosos, buscar algo bueno que contar de otros. Y además
son tantas las tristezas, las penurias y el abandono que hay a nuestro
alrededor que cotidianamente tenemos la oportunidad de ayudar a alguien,
de mitigar penas ajenas, de consolar enfermos y proteger no sólo
a nuestros semejantes que lo necesitan, sino también a los árboles,
a los animalitos del bosque, al agua y a la campiña.
Que Santa nos regale la dicha de comenzar cada día del nuevo año
con entusiasmo, curiosidad constructiva y gratitud por lo que tenemos.

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