elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Breves análisis
Una prueba a la capacidad de compra

La economía mundial exige mercados de consumo en perpetua expansión, para dar salida a su producción creciente y para que no se derrumben sus tasas de ganancia

Publicada 24 de diciembre 2004, El Diario de Hoy


Rafael Rodríguez Loucel
El Diario de Hoy
marvingaleas@ yahoo.com.mx

Al fin de año se pone a prueba la capacidad de compra de la familia promedio de El Salvador y de la mayoría de las familias del mundo cristiano. En Estados Unidos, una sociedad de consumo, la gente se vuelca a las calles en un espectáculo de gasto inverosímil. Las tiendas más famosas instaladas en Nueva York se ven abarrotadas de compradores compulsivos que, de abstenerse de adquirir lo que realmente no necesitan, padecen de depresión y de carencia de autoestima, lo afirma The New York Times, en la sección semanal ofrecida por El Diario de Hoy.

En El Salvador se inauguran impresionantes centros comerciales que atraen a curiosos, pero también compradores efectivos, en respuesta al imán de la publicidad y el marketing en una sociedad que también compra como la de EE.UU., a mucho menor escala, pero que se ve empujada por la imitación o como le llaman los economistas: el efecto demostración.

Una lección aprendida es que país que no ahorra, no invierte y exporta menos de lo que importa, no sólo no crece, sino que también, más temprano que tarde, tendrá problemas financieros. Los libros de texto asumen una racionalidad del consumo. Parten del supuesto de que las personas ahorran por el motivo transacción, pero también motivadas por la precaución o previsión.

Pero la realidad es otra, afirman varios amigos: “Tus teorías son obsoletas y pesimistas”. Estados Unidos, la locomotora de la economía internacional, está habitado por despreocupados consumidores que no ahorran, viven el afán de cada día.

“El consumidor estadounidense ha sido el motor de la economía de Estados Unidos y de la economía global durante años”, sostuvo David Wyss, economista en jefe de la compañía financiera Standard & Poor’s.

Pero a Estados Unidos fluye inversión productiva y especulativa de países también poderosos económicamente, les argumento a mis amigos. Puede entonces ese país vivir con déficit comercial y gubernamental.

Quienes insisten en contradecirme y que no son economistas, me afirman con una lógica que impresiona: En El Salvador tenemos remesas familiares que también financian nuestro déficit comercial, y el ingreso interno se vuelve consumo importado y, a la postre, proporciona empleo a los residentes en el país en los grandes espacios de intercambio.

¿Pero y el déficit gubernamental? Despreocúpate, las nuevas generaciones lo pagarán. No hay país que haya fenecido como los humanos, ni quebrado como las empresas. ¡Observa las circunstancias, pero no te las tragues! Me aconseja otro amigo.

O el mundo se encuentra al revés o yo tendré que revisar mis apuntes de clase.

Al leer a Eduardo Galeano confirmé que el mundo ha cambiado y que la teoría económica no es rígida: “Quien no tiene, no es; quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes importados, está simulando existir.

Economía de importación, cultura de impostación: en el reino de la tilinguería, estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado. La mayoría de los navegantes está condenada al naufragio, pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajeros que pueden viajar”.

La economía mundial exige mercados de consumo en perpetua expansión, para dar salida a su producción creciente y para que no se derrumben sus tasas de ganancia, pero a la vez exige brazos y materia prima relativamente barata para abatir sus costos de producción. El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos y los países subdesarrollados o con cariño llamados emergentes tienen que vender lo que puedan al exterior, generar servicios internamente, agotar las posibilidades de financiar sus déficit y generar más empleo para su creciente población que no puede emigrar.

En definitiva, es un período en que se pone a prueba la capacidad de compra, la racionalidad y la previsión, pero lo que se encuentra en las vitrinas y hasta en las aceras de el mercado informal nos lanza un reto: “Regalar en Navidad es regalar felicidad” y otros mensajes subliminales que terminan venciendo al más austero, que se convence de que una cosa artificial satisface una necesidad momentáneamente real de sus amistades. ¡Vivamos el momento, mañana será otro día!

*Lic. en Economía. rloucel@utec.edu.sv

elsalvador.com WWW