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Esta boca es mía
Orar en Navidad

Lo que sale del alma sin retoques, sin editar, aprecia; en bruto, auténtico, sincero; en voz alta o silencio. Así lo quiere Dios. Y ahora en Navidad, tiempo de apuros, de angustia y tentación, fecunda es la oración.

Publicada 23 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Marcel Orestes Posada
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Cada quien alguna vez en Navidad ha sentido deslizar por la mejilla una lágrima furtiva, acaso de expiación; ha suspirado perfumes de recuerdos, indecible nostalgia contenida, dolor del alma que prohija su gemido, gozo secreto a solas, alienante alegría en el bullicio; en fin: mezcla incomprensible de todos los estados del espíritu.

Pues bien, si como dice Eclesiastés, “todo tiene su tiempo” (Cap. 1, verso 3), tiempo de todo aquello (y más) es Navidad. Pero hay algo que rige el año entero, alimento de siempre: es la oración. Por eso el Nazareno refirió la parábola de la viuda y el juez injusto sobre la necesidad de siempre orar (Lucas 18: 1-8). Por eso Dios, por boca del Apóstol Pablo, ha ordenado que lo hagamos sin cesar (1a. Tesalonisenses 5:17). Sólo que en estos días el nutriente espiritual es especial, necia necesidad, recia y patente.

Acuciados por la urgencia, los 12 preguntaron al Maestro cómo hacerlo. Y Él pronunció por muestra el Padre Nuestro, en el cual descubrimos siete partes, como en la oración ideal, de esta manera:

1. Adoración. Se adora al Gran Eterno por lo que es, buscando contemplativamente su presencia, con amor reverente muy intenso. Adorar es, pues, contemplar y venerar al Ser Supremo.

2. Alabanza. Si se adora al Señor por lo que es, se le alaba por lo que hace. Alabar es saludarlo con gozo, exaltando la grandeza de sus obras.

3. Gratitud. Natural es el impulso de agradecer al Misericordioso dador de vida, de salud, familia, trabajo, totalidad de bienes. Por eso dice el Libro Santo “Dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios” (1a. Tesalonisenses 5:17).

4. Dependencia. Es el reconocimiento confeso y explícito de que nuestro esfuerzo de subsistencia es inútil si no nos sostiene la mano todopoderosa. Como infantes desvalidos somos, necesitados de padre; lo cual nos debe hacer decir “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Por contra, nada puedo fuera de Él, desamparado.

5. Perdón. Siempre hemos de pedir perdón al Ser Supremo, porque todo pecado a Él ofende; de modo que perdón es pago por las deudas, liberación de cargas constituye. Ahora bien, antes de suplicarle debemos cumplir estas cuatro condiciones: a) arrepentirnos de nuestras transgresiones; b) pedir perdón a quienes hayamos agraviado, c) reparar (en lo posible) los daños inferidos; d) perdonar a nuestros ofensores, porque ¿quiénes somos para merecer perdón de Dios y no perdonar nosotros? Si hacemos todo esto, Él, con sublime tremendismo, lanzará nuestras faltas al abismo del mar de los olvidos.

6. Obediencia. Dice el Apóstol Juan que obtendremos del Altísimo el favor si prestos “... guardamos mandamientos y hacemos las cosas que le son agradables...” (1a. Carta de Juan 3:22). Obedecer es someterse incondicionalmente a sus designios, sin pretender que él nos conceda antojos y deseos materiales.

7. Petición. Al ser humano tal parece en ocasiones que ésta es la parte nuclear de la oración, tanto que a pedir bendiciones se limita. No adora, no alaba, no agradece, no perdona ni encarece perdón, no reconoce depender del Todopoderoso, desobediencia exhibe. Únicamente pide. Y tanto más vehemente cuanto mayor congoja, cuanto más angustiosa la opresión. Se olvida del Creador en la bonanza.

No significa, empero, que debamos dudar de acudir a sus pies cuando hay tribulación. Él mismo nos invita a buscarle en tal caso, de este modo “... invócame en el día de la angustia; te libraré y tú me habrás de honrar” (Salmo 50:15).

Orar con fe acendrada en todo tiempo, urgencia es nuestra. Dios nada necesita (es obvio). Hablar con él confiadamente, con sencillez de niño humilde en postración inerme, en entrega total. Ninguna ocultación ni fingimiento. No frígidas palabras, yermas, huecas; ni primorosa industria de retórica.

Lo que sale del alma sin retoques, sin editar, aprecia; en bruto, auténtico, sincero; en voz alta o silencio. Así lo quiere Dios. Y ahora en Navidad, tiempo de apuros, de angustia y tentación, fecunda es la oración.

* Dr. en Derecho.

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