Marcel
Orestes Posada
El Diario de Hoy
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Cada quien alguna vez en Navidad
ha sentido deslizar por la mejilla una lágrima furtiva, acaso de
expiación; ha suspirado perfumes de recuerdos, indecible nostalgia
contenida, dolor del alma que prohija su gemido, gozo secreto a solas,
alienante alegría en el bullicio; en fin: mezcla incomprensible
de todos los estados del espíritu.
Pues bien, si como dice Eclesiastés, todo tiene su tiempo
(Cap. 1, verso 3), tiempo de todo aquello (y más) es Navidad. Pero
hay algo que rige el año entero, alimento de siempre: es la oración.
Por eso el Nazareno refirió la parábola de la viuda y el
juez injusto sobre la necesidad de siempre orar (Lucas 18: 1-8). Por eso
Dios, por boca del Apóstol Pablo, ha ordenado que lo hagamos sin
cesar (1a. Tesalonisenses 5:17). Sólo que en estos días
el nutriente espiritual es especial, necia necesidad, recia y patente.
Acuciados por la urgencia, los 12 preguntaron al Maestro cómo hacerlo.
Y Él pronunció por muestra el Padre Nuestro, en el cual
descubrimos siete partes, como en la oración ideal, de esta manera:
1. Adoración. Se adora al Gran Eterno por lo que es, buscando contemplativamente
su presencia, con amor reverente muy intenso. Adorar es, pues, contemplar
y venerar al Ser Supremo.
2. Alabanza. Si se adora al Señor por lo que es, se le alaba por
lo que hace. Alabar es saludarlo con gozo, exaltando la grandeza de sus
obras.
3. Gratitud. Natural es el impulso de agradecer al Misericordioso dador
de vida, de salud, familia, trabajo, totalidad de bienes. Por eso dice
el Libro Santo Dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad
de Dios (1a. Tesalonisenses 5:17).
4. Dependencia. Es el reconocimiento confeso y explícito de que
nuestro esfuerzo de subsistencia es inútil si no nos sostiene la
mano todopoderosa. Como infantes desvalidos somos, necesitados de padre;
lo cual nos debe hacer decir todo lo puedo en Cristo que me fortalece
(Filipenses 4:13). Por contra, nada puedo fuera de Él, desamparado.
5. Perdón. Siempre hemos de pedir perdón al Ser Supremo,
porque todo pecado a Él ofende; de modo que perdón es pago
por las deudas, liberación de cargas constituye. Ahora bien, antes
de suplicarle debemos cumplir estas cuatro condiciones: a) arrepentirnos
de nuestras transgresiones; b) pedir perdón a quienes hayamos agraviado,
c) reparar (en lo posible) los daños inferidos; d) perdonar a nuestros
ofensores, porque ¿quiénes somos para merecer perdón
de Dios y no perdonar nosotros? Si hacemos todo esto, Él, con sublime
tremendismo, lanzará nuestras faltas al abismo del mar de los olvidos.
6. Obediencia. Dice el Apóstol Juan que obtendremos del Altísimo
el favor si prestos ... guardamos mandamientos y hacemos las cosas
que le son agradables... (1a. Carta de Juan 3:22). Obedecer es someterse
incondicionalmente a sus designios, sin pretender que él nos conceda
antojos y deseos materiales.
7. Petición. Al ser humano tal parece en ocasiones que ésta
es la parte nuclear de la oración, tanto que a pedir bendiciones
se limita. No adora, no alaba, no agradece, no perdona ni encarece perdón,
no reconoce depender del Todopoderoso, desobediencia exhibe. Únicamente
pide. Y tanto más vehemente cuanto mayor congoja, cuanto más
angustiosa la opresión. Se olvida del Creador en la bonanza.
No significa, empero, que debamos dudar de acudir a sus pies cuando hay
tribulación. Él mismo nos invita a buscarle en tal caso,
de este modo ... invócame en el día de la angustia;
te libraré y tú me habrás de honrar (Salmo
50:15).
Orar con fe acendrada en todo tiempo, urgencia es nuestra. Dios nada necesita
(es obvio). Hablar con él confiadamente, con sencillez de niño
humilde en postración inerme, en entrega total. Ninguna ocultación
ni fingimiento. No frígidas palabras, yermas, huecas; ni primorosa
industria de retórica.
Lo que sale del alma sin retoques, sin editar, aprecia; en bruto, auténtico,
sincero; en voz alta o silencio. Así lo quiere Dios. Y ahora en
Navidad, tiempo de apuros, de angustia y tentación, fecunda es
la oración.
* Dr. en Derecho.

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