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De nosotros depende
Navidad sin armas

Los jefes policiales no se equivocan cuando insisten ante los medios de comunicación sobre la necesidad de aumentar los controles a la portación y el uso de las armas de fuego.

Publicada 23 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

José Miguel Cruz
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

De acuerdo con las estadísticas proporcionadas por las instituciones nacionales, más del 70 por ciento de los homicidios que ocurren en el país en los últimos años son cometidos con armas de fuego, tanto legales como ilegales. Y según lo que dice la Policía Nacional Civil —o solía decir antes de los planes Mano Dura—, buena parte de esos homicidios no sucede bajo circunstancias de atraco, secuestro o robo de vehículos, sino en circunstancias de lo que la misma policía llama “violencia social”, esto es, pleitos de borrachos, ajustes de cuentas, conflictos que suben de tono, venganzas particulares o simplemente accidentes en la manipulación de armas.

Está probado que en estos días de fiesta el número de homicidios aumenta, así como el número de accidentes de tránsito. Cada fin de año y en cada festivo nacional —Semana Santa y fiestas agostinas— el número de asesinatos se incrementa de forma significativa y la mayor parte de ellos es cometida con armas de fuego.

Al inicio de cada período festivo, los medios de comunicación comienzan un conteo de las desgracias humanas que año tras año enlutan cada vez más a las familias salvadoreñas, y que tristemente ubican a nuestro país como el de mayor siniestralidad de la región en épocas de vacaciones. A tal punto ha llegado ese fenómeno, que algunas crónicas periodísticas siguen las festividades comparando el número de muertos con los años anteriores.

Aun considerando los accidentes de tránsito, las muertes por ahogamiento y cualquier otro tipo de desgracias, las armas de fuego invariablemente ocupan uno de los primeros lugares en las causas de muerte, en un país que ya debe afrontar la fatalidad de contar con una de las tasas de violencia más elevadas de América Latina.

Y es que dichas tasas son producto, en buena parte, de la permisividad que existe frente al uso de las armas de fuego y, consiguientemente, de la amplia circulación de armas que existe en el país. En cada Navidad, la portación, muchas veces irrestricta, de las armas de fuego, el uso sin control de las mismas y el abuso de tales instrumentos para mediar en el menor conflicto entre los ciudadanos, convierten una época de bendiciones y celebración en un momento de luto para muchos salvadoreños.

Ciertamente las armas no son las responsables directas de dichas muertes, sino los individuos que hacen uso de ellas. Pero es innegable que una persona —por muy honrada que sea— que porta un arma es mucho más peligrosa que otra persona que no porta armas, y lo es aún más si ha consumido alcohol y tiene obnubilada la conciencia, como suele pasar con demasiada frecuencia en las épocas de fiesta.

Hay, pues, una diferencia muy grande entre el que se lía en discusiones acaloradas teniendo un arma de fuego y el que no; entre el que se dispone a emborracharse portando un arma de fuego y el que lo hace sin armas, y también entre el que se decide a celebrar la llegada del año nuevo disparando al aire y el que lo hace utilizando la pólvora comercial, aun con los riesgos que ésta de suyo tiene. Los primeros se convierten con más frecuencia en asesinos que los segundos.

Los jefes policiales no se equivocan cuando insisten ante los medios de comunicación sobre la necesidad de aumentar los controles a la portación y el uso de las armas de fuego; lo que sorprende es la poca conciencia que aún existe sobre las implicaciones del uso de las armas de fuego y lo difícil que ha resultado que las autoridades del país se decidan a controlar más estrictamente las armas—aunque sea durante esta época—, sobre todo después que año tras año, y fiesta tras fiesta, debemos lamentar más muertes de adultos y niños como producto del uso irresponsable de las armas de fuego.

Un estudio realizado por la UCA y Fespad demostró, sobre la base de los registros de la PNC, que un sujeto armado tiene tres veces más probabilidad de morir en un hecho de violencia que una persona que no anda armada, y esa relación se dispara aún más si el sujeto se encuentra bajo los efectos del alcohol.

No hay razones para pensar que las fiestas de Navidad y Año Nuevo serán mejores portando armas de fuego. Y no hay justificación frente al hecho de que un ciudadano dispare al aire a modo de celebración en una zona con una densidad poblacional de más de dos mil habitantes por kilómetro cuadrado, como sucede en San Salvador.

Nuestras hijas y nuestros hijos merecen una Navidad sin armas, sin muertes. De nosotros depende brindársela en paz.

*Director del IUDOP de la UCA.


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