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José
Miguel Cruz
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
De acuerdo con las estadísticas proporcionadas por
las instituciones nacionales, más del 70 por ciento de los homicidios
que ocurren en el país en los últimos años son cometidos
con armas de fuego, tanto legales como ilegales. Y según lo que
dice la Policía Nacional Civil o solía decir antes
de los planes Mano Dura, buena parte de esos homicidios no sucede
bajo circunstancias de atraco, secuestro o robo de vehículos, sino
en circunstancias de lo que la misma policía llama violencia
social, esto es, pleitos de borrachos, ajustes de cuentas, conflictos
que suben de tono, venganzas particulares o simplemente accidentes en
la manipulación de armas.
Está probado que en estos días de fiesta el número
de homicidios aumenta, así como el número de accidentes
de tránsito. Cada fin de año y en cada festivo nacional
Semana Santa y fiestas agostinas el número de asesinatos
se incrementa de forma significativa y la mayor parte de ellos es cometida
con armas de fuego.
Al inicio de cada período festivo, los medios de comunicación
comienzan un conteo de las desgracias humanas que año tras año
enlutan cada vez más a las familias salvadoreñas, y que
tristemente ubican a nuestro país como el de mayor siniestralidad
de la región en épocas de vacaciones. A tal punto ha llegado
ese fenómeno, que algunas crónicas periodísticas
siguen las festividades comparando el número de muertos con los
años anteriores.
Aun considerando los accidentes de tránsito, las muertes por ahogamiento
y cualquier otro tipo de desgracias, las armas de fuego invariablemente
ocupan uno de los primeros lugares en las causas de muerte, en un país
que ya debe afrontar la fatalidad de contar con una de las tasas de violencia
más elevadas de América Latina.
Y es que dichas tasas son producto, en buena parte, de la permisividad
que existe frente al uso de las armas de fuego y, consiguientemente, de
la amplia circulación de armas que existe en el país. En
cada Navidad, la portación, muchas veces irrestricta, de las armas
de fuego, el uso sin control de las mismas y el abuso de tales instrumentos
para mediar en el menor conflicto entre los ciudadanos, convierten una
época de bendiciones y celebración en un momento de luto
para muchos salvadoreños.
Ciertamente las armas no son las responsables directas de dichas muertes,
sino los individuos que hacen uso de ellas. Pero es innegable que una
persona por muy honrada que sea que porta un arma es mucho
más peligrosa que otra persona que no porta armas, y lo es aún
más si ha consumido alcohol y tiene obnubilada la conciencia, como
suele pasar con demasiada frecuencia en las épocas de fiesta.
Hay, pues, una diferencia muy grande entre el que se lía en discusiones
acaloradas teniendo un arma de fuego y el que no; entre el que se dispone
a emborracharse portando un arma de fuego y el que lo hace sin armas,
y también entre el que se decide a celebrar la llegada del año
nuevo disparando al aire y el que lo hace utilizando la pólvora
comercial, aun con los riesgos que ésta de suyo tiene. Los primeros
se convierten con más frecuencia en asesinos que los segundos.
Los jefes policiales no se equivocan cuando insisten ante los medios de
comunicación sobre la necesidad de aumentar los controles a la
portación y el uso de las armas de fuego; lo que sorprende es la
poca conciencia que aún existe sobre las implicaciones del uso
de las armas de fuego y lo difícil que ha resultado que las autoridades
del país se decidan a controlar más estrictamente las armasaunque
sea durante esta época, sobre todo después que año
tras año, y fiesta tras fiesta, debemos lamentar más muertes
de adultos y niños como producto del uso irresponsable de las armas
de fuego.
Un estudio realizado por la UCA y Fespad demostró, sobre la base
de los registros de la PNC, que un sujeto armado tiene tres veces más
probabilidad de morir en un hecho de violencia que una persona que no
anda armada, y esa relación se dispara aún más si
el sujeto se encuentra bajo los efectos del alcohol.
No hay razones para pensar que las fiestas de Navidad y Año Nuevo
serán mejores portando armas de fuego. Y no hay justificación
frente al hecho de que un ciudadano dispare al aire a modo de celebración
en una zona con una densidad poblacional de más de dos mil habitantes
por kilómetro cuadrado, como sucede en San Salvador.
Nuestras hijas y nuestros hijos merecen una Navidad sin armas, sin muertes.
De nosotros depende brindársela en paz.
*Director del IUDOP de la UCA.

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