Marvin
Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
El solo hecho de que haya optado por un bachillerato matemático
me hizo respetarle. Eran tiempos (no sé si todavía lo son)
cuando la mayoría optábamos por las humanidades, pero sólo
como una forma honrosa para evadir los terribles polinomios, las engorrosas
ecuaciones y los siempre mal encarados números quebrados.
Disfrutando, casi con placer masoquista digo yo, hacer ejercicios de álgebra
en los cuales llenaba mucho papel con números, consonantes, símbolos
exponenciales, raíces cuadradas, logaritmos, si y solo si, para
concluir en que la respuesta era -1 (tanto esfuerzo para tan miserable
respuesta, digo yo), logró graduarse como la mejor bachiller de
su promoción en su colegio y colarse entre las tres primeras a
nivel nacional.
Pero Sandra, como muchísimos de mi generación, fue seducida
por la utopía y se fue a guerrear y deshacer entuertos para lograr
un mundo mejor. Morena clara, más bien alta, delgada, nariz perfecta
y una forma de mirar cercana a la melancolía, se entregó
con pasión y disciplina a tan alto ideal. No le tocó combatir,
pero pasó durísimas pruebas en delicadas misiones de otro
tipo. Desplegó una impresionante capacidad de trabajo con una sincera
modestia, literalmente a prueba de bombas.
Cuando todo pasó, casi 15 años después de su partida,
regresó como se había ido. Sin nada. Se alejó discreta
y silenciosa de la organización a la que se había entregado
con pasión de adolescente e ilusiones de sonrisas y felicidades
colectivas. Mientras, ya en la pos guerra otros canjeaban utopías
por escaños legislativos y puestos en oenegés, Sandra se
dedicó a construir, de la nada, un hogar con su compañero
y sus dos hijas. Nunca pidió ni esperó nada de nadie por
lo vivido y hecho en esos años. Así es ella.
El descomunal esfuerzo no terminó en ríos de leche y miel
y menos en el paraíso. Pero Sandra no se hizo mala sangre por eso.
Regresó a un viejo amor: las matemáticas y la academia.
Y aunque ya no era una adolescente, sino una esposa, madre de dos niñas
y con casi todo por hacer en cuanto al hogar, se matriculó en una
universidad (dicen que es la mejor). Y como casi por iniciar su primer
ciclo se embarazó por tercera vez, decidió sacar un título
menos complicado que una licenciatura: técnico en administración
financiera.
Iba, después de su trabajo en una oficina y de los quehaceres hogareños,
a las clases nocturnas. Para el segundo ciclo, el vientre era enorme.
Apenas tuvo tiempo para dar a luz en diciembre y se volvió a matricular
en enero para el tercer ciclo. Se graduó, pero hizo lo que yo ya
sospechaba: continuó con la licenciatura.
Con el enredo de las equivalencias y el cambio de carrera, estudió
varias asignaturas más de la cuenta, lo que le valieron para terminar
también la carrera de técnico en mercadeo.
En el ínterin dedicó los sábados por la mañana
a perfeccionar el dominio del idioma inglés. Pasó dos años
en esas hasta que también obtuvo la licenciatura. No sé
cómo hizo, pero siempre tuvo tiempo para cuidar las niñas,
mantener la casa, iniciar con su compañero aventuras empresariales:
una empresita de fotocopias y levantado de textos, una escuela de idiomas,
una empresa de comunicaciones y, al final, una consultora. Descansó
un poco y se lanzó a la aventura de la maestría.
Trabajando desde muy temprano en la mañana, estudiando hasta muy
tarde por la noche, educando de manera admirable a sus tres hijas, edificando
su hogar palmo a palmo y defendiéndolo a capa y espada, contra
viento y marea, alejada de los juegos políticos y con la mirada
hacia delante, Sandra vio pasar poco más de una década.
Me parece que esa frenética actividad la mantiene siempre joven
en cuerpo y espíritu. Ya cuando estaba terminando su último
año de maestría, su niña mayor inició su primer
año universitario. Cuando la niña salía de clases,
en la misma universidad, Sandra entraba.
El viernes pasado fue su último día de clases. Estaba nerviosa,
porque el último examen y el último trabajo del proceso
de graduación fueron particularmente duros. El martes le avisaron
que había obtenido buena nota. Se graduará de su cuarta
carrera universitaria a principios del próximo año. Como
una alpinista, no es el título, para ella, lo importante, sino
lo que disfrutó y aprendió en el ascenso y la plena satisfacción
de llegar a cada cima.
Sin amarguras por el pasado, sin la excusa de provenir de un hogar disfuncional,
la edad, o de tener tres hijas, o el trabajo en la oficina o la falta
de recursos económicos, sino más bien con optimismo logró
las metas que se propuso. Esta extraordinaria mujer es una permanente
inspiración para mí, porque es mi socia en el trabajo, mi
mejor amiga y consejera, mi esposa y la mamá de mis hijas. Felicidades
por tu maestría, Sandra.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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