Leyre Ventas lventas
El Diario de Hoy
LeyreVentaslventas@elsalvador.com
Contaba con un currículo completo.
Antes de ser ingresado a causa de aquel dolor pectoral que sintió
mientras atendía su negocio ya poco rentable, Raúl Eduardo
Ibarra conoció amagos le impresionó ver a su suegro
en el lecho de muerte, cateterismos y anginas de pecho.
El 11 de noviembre de 2001 su carrera cardiovascular alcanzó la
meta: siendo atendido por angina en el Hospital Zacamil, sufrió
el temido infarto.
Los análisis descubrieron la causa: niveles elevados de colesterol
en sangre. Fue el mal comer, todo con mucha grasa, recuerda
Ibarra que le explicaron.
Buenos
y malos
El cuerpo humano produce naturalmente todo el colesterol que necesita
para formar las membranas celulares y producir ciertas hormonas. Así,
el exceso de dicho lípido (substancia grasa) se le atribuye directamente
a las grasas saturadas, presentes en los lácteos, los aceites tropicales
tales como el aceite de coco y la carne roja.
El colesterol llega a las células a través del torrente
circulatorio, transportado por las lipoproteínas: las de baja y
alta densidad (LDL y HDL, por sus siglas en inglés y respectivamente).
El malo de la película es el LDL, ya que su exceso en la sangre
hace que se acumule en las paredes de las arterias.
Cuando la placa de grasa obstruyó el flujo en las vías sanguíneas
coronarias de Ibarra, tuvo lugar el ataque al corazón. Tenía
los niveles altísimos, explica el infartado sin memoria de
cifras, pero con el recuerdo fresco. Con altísimo se refiere, sin
duda, a un número superior a los 159 miligramos por decilitro de
sangre, que implican un alto riesgo de eventos cerebrovasculares.
El
colesterol bueno también existe. Las partículas de HDL transportan
la grasa de las células al hígado, donde puede ser eliminada
del organismo.
Aunque la bonanza de la molécula termina cuando el tabaquismo,
gramos de más, la diabetes, la hipertensión o la vida sedentaria
entran en escena, y, por consecuencia, el nivel del HDL baja.
Cuestión de costumbres
Raúl Ibarra fumaba una cajetilla cada ocho días, aunque
le extrañe nunca desarrolló diabetes, pero su historial
de hipertensión tiene larga vida. Aquel noviembre su presión
alcanzó los 200, lejos del recomendado margen entre 80 y 120.
En las posibilidades de sufrir un percance cardíaco influye, además
de la alimentación, el factor genético.
La mayoría de los hermanos de Raúl padecen hipertensión,
también su hija. La mayor de las hermanas cuenta con un cateterismo,
y la madre murió de infarto tras una operación similar a
la suya.
El marco familiar no le era favorable, pero la actividad física
constante tampoco tuvo cabida en el día a día de Ibarra.
Raúl
Eduardo hubiera podido ser parte de la muestra representativa 202
individuos que Claudia María Suárez Ramírez
tomó en 1997 para el estudio que correlacionaba los valores de
colesterol y triglicéridos con la actividad física y los
hábitos alimentarios en pacientes mayores de 45 años, y
le daría el título de doctora en medicina por la Universidad
Salvadoreña Alberto Masferrer.
Ibarra contaba en la fecha con la edad requerida (hoy tiene 59 años).
Pero no estar ingresado en la Clínica de la Fundación Salvadoreña
para la Tercera Edad (Fusate) lo salvó de contribuir a las conclusiones
del estudio.
La investigación determinó que existe una asociación
estadísticamente significativa entre dislipidemia (concentración
alterada de lípidos en sangre) y las variables tenidas en cuenta:
el 61 por ciento de casos de dislipidémicos presentaron una relación
cintura-cadera anormal, el 60 por ciento eran obesos y el 64 por ciento
sedentarios.
En conclusión, el 29 por ciento de los individuos estudiados con
colesterol alterado compartían males: obesos, con cintura y cadera
desproporcionada y sedentarios.
Para
prevenir
Son países de la supervivencia, donde la medicina preventiva
no es prioridad, justifica las cifras el cardiólogo Hugo
Villarroel, y explica que el paciente de su especialidad es un paciente
muy enfermo ya.
Ibarra no acostumbraba chequearse el colesterol, y las visitas al médico
del corazón no fueron frecuentes hasta después del infarto,
cuando se volvieron quincenales, y, a medida que se recuperaba, mensuales,
bimensuales, bienales.
Además de la irresponsabilidad del paciente, el doctor apunta a
la cultura del centro comercial ahora en auge como promotora de la alimentación
chatarra, el sedentarismo y de una actitud consumista hacia lo superfluo.
Estamos prescribiendo muchas recetas para bajar el nivel de colesterol,
comenta la rutina de cardiólogos, y discute el centrarse más
en medicinas que en prevención. El cambio de estilo de vida
no vende, los medicamentos sí, busca en lo comercial la justificación.
Nos sentimos orgullosos de los by pass, las angioplastias y las
operaciones de corazón abierto, pero la verdadera solución
es evitar el proceso, explica Villarroel. El primer tratamiento
debe ser el cambio de estilo de vida.
Raúl Ibarra se medica y come, aunque con excepciones, sin grasa
ni sal. El currículo de hipertensión sigue engordando. Con
las medidas impuestas, eliminó los factores ambientales para quedarse
con los genéticos.
Cambiar de hábitos para prevenir
consumo de alcohol
Dos copas de vino al día para hombres
y una para mujeres puede proteger el corazón. Cantidades superiores
se asocian con un aumento de peso, la presión arterial alta y,
como última consecuencia, enfermedad coronaria.
Cambiar la dieta
Es la mejor manera de reducir el LDL dañino y evitar así
la ingesta de medicamentos para disminuir el colesterol.
Ello implica moderar el consumo de carnes rojas poco magras, mantequilla,
hígado, tamales, alimentos fritos con mantecas de cerdo.
También sustituir los carbohidratos simples: azúcares y
harinas refinadas, fécula de papa, arroz y pastas, panadería
sin harina integral, gaseosas, refrescos de fruta natural, por complejos:
miel de abeja, harinas integrales.
La fruta y los vegetales frescos contienen fibra, recomendada para mantener
el colesterol a raya. La misma función cumplen los frijoles y las
lentejas.
Las grasas animales deben cambiarse por aceites no saturados (de oliva,
girasol, canola o maíz).
Ejercicio regular
La mejor manera de aumentar los niveles de HDL es hacer ejercicio regularmente.
Un programa de actividades adecuadamente diseñado ayuda a reducir
y mantener el peso y la presión arterial al nivel acordado con
el médico.
Dejar de fumar
El tabaco cierra arterias y altera factores de coagulación, aumentando
la posibilidad de trombos y enfermedades coronarias (multiplicándolas
al sumar otras variables). Los riesgos existen también para fumadores
pasivos.

|