San
Josemaría Escrivá de Balaguer
El Diario de Hoy
alejandro_alle@yahoo.com
Lux fulgebit hodie super nos, quia natus est nobis Dominus:
Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor.
Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y
que, a través de ellos, se dirige a la humanidad entera. Dios está
aquí. Esa verdad debe llenar nuestras vidas: cada Navidad ha de
ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su
luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma.
Nos detenemos delante del Niño, de María y de José:
estamos contemplando al Hijo de Dios revestido de nuestra carne. Viene
a mi recuerdo el viaje que hice a Loreto, el 15 de agosto de 1951, para
visitar la Santa Casa, por un motivo entrañable. Celebré
allí la misa. Quería decirla con recogimiento, pero no contaba
con el fervor de la muchedumbre. No había calculado que, en ese
gran día de fiesta, muchas personas de los contornos acudirían
a Loreto, con la fe bendita de esta tierra y con el amor que tienen a
la Madonna. Su piedad les llevaba a manifestaciones no del todo apropiadas,
si se consideran las cosas ¿cómo lo explicaré?
sólo desde el punto de vista de las leyes rituales de la Iglesia.
Así, mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas
de la misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído,
pero me emocionaba. Atraía también mi atención el
pensamiento de que en aquella santa casa que la tradición
asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José,
encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro
factum est. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres,
en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios.
Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre.
El Hijo de Dios se hizo carne y es perfectus Deus, perfectus homo, perfecto
Dios y perfecto hombre. En este misterio hay algo que debería remover
a los cristianos. Estaba y estoy conmovido: me gustaría volver
a Loreto. Me voy allí con el deseo, para revivir los años
de la infancia de Jesús, al repetir y considerar ese hic verbum
caro factum est.
Iesus Christus, Deus Homo, Jesucristo Dios-Hombre. Una de las magnalia
Dei, de las maravillas de Dios, que hemos de meditar y que hemos de agradecer
a este Señor que ha venido a traer la paz en la Tierra a los hombres
de buena voluntad. A todos los hombres que quieren unir su voluntad a
la voluntad buena de Dios: ¡No sólo a los ricos, ni sólo
a los pobres!, ¡a todos los hombres, a todos los hermanos! Que hermanos
somos todos en Jesús, hijos de Dios, hermanos de Cristo: su madre
es nuestra madre.
No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios.
Todos hemos de hablar la misma lengua, la que nos enseña nuestro
Padre que está en los cielos: la lengua del diálogo de Jesús
con su Padre, la lengua que se habla con el corazón y con la cabeza,
la que empleáis ahora vosotros en vuestra oración. La lengua
de las almas contemplativas, la de los hombres que son espirituales, porque
se han dado cuenta de su filiación divina. Una lengua que se manifiesta
en mil mociones de la voluntad, en luces claras del entendimiento, en
afectos del corazón, en decisiones de vida recta, de bien, de contento,
de paz.
Es preciso mirar al niño, amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo
sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio
por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido. Para esto,
nos hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer
reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones
humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz
que guía la vida de los hombres.
Vemos dice San Juan Crisóstomo que Jesús ha
salido de nosotros y de nuestra sustancia humana, y que ha nacido de madre
virgen: pero no entendemos cómo puede haberse realizado ese prodigio.
No nos cansemos intentando descubrirlo: aceptemos más bien con
humildad lo que Dios nos ha revelado, sin escudriñar con curiosidad
en lo que Dios nos tiene escondido. Así, con ese acatamiento, sabremos
comprender y amar; y el misterio será para nosotros una enseñanza
espléndida, más convincente que cualquier razonamiento humano.
He procurado siempre, al hablar delante del Belén, mirar a Cristo
Señor nuestro de esta manera, envuelto en pañales, sobre
la paja de un pesebre. Y cuando todavía es niño y no dice
nada, verlo como doctor, como maestro. Necesito considerarle de este modo:
porque debo aprender de Él. Y para aprender de Él, hay que
tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas
que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido
divino del andar terreno de Jesús.
*Fundador del Opus Dei.

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