Alejandro
Alle
El Diario de Hoy
alejandro_alle@yahoo.com
Ver la película La Terminal (Tom Hanks,
Catherine Zeta-Jones) invita a reflexionar sobre las libertades de tránsito
y de comercio: mientras el avión de Viktor Navorsky (Hanks) vuela
hacia Nueva York, se desata una guerra civil en Krakozhia, imaginario
país del cual él es ciudadano. En consecuencia, lo detienen
en Migraciones, lo declaran inaceptable (los burócratas
siempre inventan palabras), y lo obligan a permanecer indefinidamente
en el aeropuerto Kennedy.
Antes de conocer a Amelia (Zeta-Jones), y pese a estar solo, sin dinero
y no hablar inglés, Navorsky observa que, ordenando los carritos
portamaletas del aeropuerto, obtiene monedas de 25 centavos, que le permiten
comer en el Burger King. Es que incluso en las peores circunstancias,
los humanos resolvemos problemas mediante el comercio.
Ninguno de esos trastornos hubiera ocurrido en el Siglo XIX, cuando no
había tantos inaceptables. Efectivamente, en los casi
100 años que transcurrieron desde la caída de Napoleón
en Waterloo (1815) hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914),
el comercio internacional vivió una de las épocas más
florecientes. La economía global estaba más interconectada
de lo que muchos creen, porque había muy pocas restricciones al
movimiento de personas y de mercaderías. Y no casualmente hubo
en dicho período menos guerras que en cualquier otro tiempo.
El Siglo XX mostró un panorama totalmente opuesto: necesidad de
pasaportes, de visas, de permisos, existencia de aranceles, de cuotas
de importación, de reglas de comercio justo. Y también
hubo muchas guerras. Es que el libre comercio entre ciudadanos de distintos
países no sólo favorece el progreso económico (¡lo
cual no es poca cosa!), sino que también es el mejor antídoto
para evitar guerras. Sin embargo, muchos se oponen al libre comercio,
utilizando inclusive terminología militar: hablan de protección
arancelaria, de guerras comerciales, o de nación
más favorecida.
La protección arancelaria consiste en la aplicación
de altos impuestos a la importación de determinados productos que
compiten con artículos similares fabricados en el país.
El argumento es que así se defienden (otra referencia
bélica) los puestos de trabajo en esa industria. Pero se le oculta
al consumidor que ello encarece artificialmente sus compras, reduce el
poder adquisitivo de su dinero y, en consecuencia, disminuye su nivel
de vida.
Además, la protección garantiza altos márgenes
a ciertos productores locales, porque no tienen competencia extranjera.
Es que la protección a la industria nacional es realmente
una desprotección a los consumidores, sobre todo a
los más pobres, que adicionalmente otorga a los gobiernos una peligrosa
discrecionalidad para elevar tasas arancelarias.
Es falso que con el proteccionismo se aumente el empleo, porque lo
que no se ve son los puestos de trabajo que dejaron de crearse por
haberle reducido el poder de compra a la gente.
En efecto, si los consumidores hubieran podido pagar menos por los productos
protegidos, tendrían más dinero y podrían
comprar más bienes y servicios producidos localmente (¡que
hoy ni existen, porque muy pocos los pueden pagar!)
Tampoco es cierto que nos vayan a invadir (sigue el léxico
militar) con productos importados: si no hay exportaciones suficientes,
no habrá dólares para pagar las importaciones. Entonces,
¿por qué tanta oposición al libre comercio? Bueno,
hay dos clases de opositores: los poquitos que lo hacen por interés
personal, y los muchísimos que lo hacen por desconocimiento.
Si usted es un productor protegido, muy probablemente pertenecerá
al primer grupo. Pero si usted forma parte de la mayoría de personas
que viven de su salario, y que viajan todas las mañanas en bus
desde Soyapango o Lourdes, lo que más le conviene es el libre comercio,
para poder comprar más cosas, a menor precio. La reducción
de aranceles aumentará su nivel de vida, y, además, los
nuevos empleos que se generen presionarán al alza a todos los salarios.
Es que el libre comercio es como la canción de Lennon: Power
to the people.
Un tratado de libre comercio perfecto tendría un solo párrafo,
que diría: A partir de hoy los gobiernos permitirán
que los ciudadanos ejerzan libremente sus derechos de propiedad, eliminando
todo arancel y barrera que afecte al comercio nacional e internacional.
Sería insuperable, como la Kidman.
El TLC, aun con sus muchos párrafos, representa de igual manera
un avance significativo hacia la meta del libre comercio: reduce aranceles,
y obliga a los gobernantes a cumplir con reglas preestablecidas, evitando
cambios arbitrarios. Está muy bien, como la Zeta-Jones.
Sueñe con la Kidman, que ya llegará, pero sin despreciar
a la Zeta-Jones. No sea que nos quedemos con la Siguanaba (alias protección).
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Master en Economía (ESEADE, Buenos
Aires). Columnista de El Diario de Hoy.

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