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Economía para todos
Libre comercio, la Kidman y la Zeta-Jones

El TLC, aun con sus muchos párrafos, representa de igual manera un avance significativo hacia la meta del libre comercio: reduce aranceles, y obliga a los gobernantes a cumplir con reglas preestablecidas.

Publicada 21 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Alejandro Alle
El Diario de Hoy
alejandro_alle@yahoo.com

Ver la película “La Terminal” (Tom Hanks, Catherine Zeta-Jones) invita a reflexionar sobre las libertades de tránsito y de comercio: mientras el avión de Viktor Navorsky (Hanks) vuela hacia Nueva York, se desata una guerra civil en Krakozhia, imaginario país del cual él es ciudadano. En consecuencia, lo detienen en Migraciones, lo declaran “inaceptable” (los burócratas siempre inventan palabras), y lo obligan a permanecer indefinidamente en el aeropuerto Kennedy.

Antes de conocer a Amelia (Zeta-Jones), y pese a estar solo, sin dinero y no hablar inglés, Navorsky observa que, ordenando los carritos portamaletas del aeropuerto, obtiene monedas de 25 centavos, que le permiten comer en el Burger King. Es que incluso en las peores circunstancias, los humanos resolvemos problemas mediante el comercio.

Ninguno de esos trastornos hubiera ocurrido en el Siglo XIX, cuando no había tantos “inaceptables”. Efectivamente, en los casi 100 años que transcurrieron desde la caída de Napoleón en Waterloo (1815) hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914), el comercio internacional vivió una de las épocas más florecientes. La economía global estaba más interconectada de lo que muchos creen, porque había muy pocas restricciones al movimiento de personas y de mercaderías. Y no casualmente hubo en dicho período menos guerras que en cualquier otro tiempo.

El Siglo XX mostró un panorama totalmente opuesto: necesidad de pasaportes, de visas, de permisos, existencia de aranceles, de cuotas de importación, de reglas de “comercio justo”. Y también hubo muchas guerras. Es que el libre comercio entre ciudadanos de distintos países no sólo favorece el progreso económico (¡lo cual no es poca cosa!), sino que también es el mejor antídoto para evitar guerras. Sin embargo, muchos se oponen al libre comercio, utilizando inclusive terminología militar: hablan de “protección” arancelaria, de “guerras” comerciales, o de “nación más favorecida”.

La “protección” arancelaria consiste en la aplicación de altos impuestos a la importación de determinados productos que compiten con artículos similares fabricados en el país. El argumento es que así se “defienden” (otra referencia bélica) los puestos de trabajo en esa industria. Pero se le oculta al consumidor que ello encarece artificialmente sus compras, reduce el poder adquisitivo de su dinero y, en consecuencia, disminuye su nivel de vida.

Además, la “protección” garantiza altos márgenes a ciertos productores locales, porque no tienen competencia extranjera. Es que la “protección” a la industria nacional es realmente una “desprotección” a los consumidores, sobre todo a los más pobres, que adicionalmente otorga a los gobiernos una peligrosa discrecionalidad para elevar tasas arancelarias.

Es falso que con el proteccionismo se aumente el empleo, porque “lo que no se ve” son los puestos de trabajo que dejaron de crearse por haberle reducido el poder de compra a la gente.

En efecto, si los consumidores hubieran podido pagar menos por los productos “protegidos”, tendrían más dinero y podrían comprar más bienes y servicios producidos localmente (¡que hoy ni existen, porque muy pocos los pueden pagar!)

Tampoco es cierto que nos vayan a “invadir” (sigue el léxico militar) con productos importados: si no hay exportaciones suficientes, no habrá dólares para pagar las importaciones. Entonces, ¿por qué tanta oposición al libre comercio? Bueno, hay dos clases de opositores: los poquitos que lo hacen por interés personal, y los muchísimos que lo hacen por desconocimiento.

Si usted es un productor “protegido”, muy probablemente pertenecerá al primer grupo. Pero si usted forma parte de la mayoría de personas que viven de su salario, y que viajan todas las mañanas en bus desde Soyapango o Lourdes, lo que más le conviene es el libre comercio, para poder comprar más cosas, a menor precio. La reducción de aranceles aumentará su nivel de vida, y, además, los nuevos empleos que se generen presionarán al alza a todos los salarios. Es que el libre comercio es como la canción de Lennon: “Power to the people”.

Un tratado de libre comercio perfecto tendría un solo párrafo, que diría: “A partir de hoy los gobiernos permitirán que los ciudadanos ejerzan libremente sus derechos de propiedad, eliminando todo arancel y barrera que afecte al comercio nacional e internacional”. Sería insuperable, como la Kidman.
El TLC, aun con sus muchos párrafos, representa de igual manera un avance significativo hacia la meta del libre comercio: reduce aranceles, y obliga a los gobernantes a cumplir con reglas preestablecidas, evitando cambios arbitrarios. Está muy bien, como la Zeta-Jones.
Sueñe con la Kidman, que ya llegará, pero sin despreciar a la Zeta-Jones. No sea que nos quedemos con la Siguanaba (alias “protección”).
Hasta la próxima.

*Ingeniero. Master en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy.


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