Ricardo
Rivas
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
La Navidad nunca ha estado exenta de modas. Las primeras
que recuerdo eran multicolores. Multicolores los focos, las bolas del
árbol, los nacimientos y las pastorelas. Multicolor la ciudad,
las calles, los parques. Un árbol sin foquitos de color hubiese
sido un triste árbol. Un nacimiento sin pellejo y figuritas de
Ilobasco, un triste nacimiento. De cipote, los tonos predominantes en
las guías y en las chimbombas eran chillones y brillantes, y en
el armamentarium de mi madre nunca faltó el glitter, las semillas
de pino, la brillantina y un asunto que nunca supe si se trataba de crema
batida o nieve artificial.
Pero, todo tiende a cambiar. Ahora la mayoría ha guardado las líneas
coloricas y le ha apostado a la decoración monocromática.
El colorido ha dado paso a la sobriedad de la luz blanca. No sólo
eso, la representación de los nacimientos también ha variado.
Ahora del barro tradicional y la cerámica barroca o granadina,
hemos pasado a figuras más creativas y autóctonas. El otro
día me regalaron un nacimiento hecho a base de morro, pita y costal.
Una obra de arte made in casa.
Incluso el viejo y simpático Santa Claus tiende a cambiar. Un acalorado
Santa contratado por un almacén decidió tropicalizarse para
ser consecuente con el equinoccio de Cuscatlán, y se convirtió
en un Santa de barba blanca, shorts, camiseta y chancletas, es decir,
un Santa a lo Beach Boy, con vestimenta 100% algodón, listo para
jalar a Punta Roca.
Casi todo cambia. Cambian los almacenes, la decoración, la música,
las ofertas, los estilos. Cambian los vestidos, las costumbres y la comida.
Casi todo pasa. En mi caso pasaron ya padres y abuelos; también
algunos tíos, primos y uno que otro amigo del alma. Así
va la vida. Algunas cosas regresan y reciclan las preferencias, decires
y pensares. Otras se van para nunca más volver. Pocas son las cosas
que permanecerán y se quedarán ahí para siempre.
Como aquel nacimiento en aquella cueva de ladera destinada al resguardo
de los animales, pero escogida por el Salvador para nacer.
Hay un hermoso no se qué en estos días. Seguramente
es el nacimiento de Jesús que viene a meterse en el retrato de
nuestra vida. De ese Jesús leal, justo, animoso y perdonador, que
siempre está dispuesto a hacernos ver su rostro en el que poco
tiene, poco sabe y poco puede. Un Jesusón inmenso, bueno y noble
es el nuestro, que sabe sacar piedras preciosas de los mismísimos
latones desvencijados en los que tantas veces convertimos nuestro corazón.
Que nada ni nadie nos haga perder la capacidad de admirarnos y maravillarnos
ante esta realidad. Bendita Navidad y bendita enseñanza de humildad
y sencillez la de Jesús. Sin ella, el mundo, la historia... todos
nosotros, quedaríamos huecos como un carcasa.
El otro día me invitaron a un programa de televisión para
hablar sobre las nostalgias de la Navidad. El asunto me sonó a
tristeza y decliné la invitación. ¿Navidad=tristeza?
No puede ser. Al menos, no en mi caso. Siempre agradeceré a mis
viejos por haberme enseñado a vivir la Navidad con sencillez, solidaridad
y, sobre todo, con alegría. Por haberme enseñado a vivirla
en cristiano.
Al margen de las modas y los gustos navideños habrá cosas
que difícilmente cambiarán en esta época. El color
de las pascuas y los árboles de fuego. La limpidez del cielo y
del mar. La frescura de los vientos del norte. El enjambre de estrellas
en la noches dicembrinas. La mirada de la gente. La sonrisa en los cipotes.
El vuelo de la imaginación. La esperanza de mejores tiempos.
Pero, aun si todo eso cambiara, siempre habrá algo que permanecerá
fiel en la vida de cada hombre y cada mujer de este planeta, independientemente
de cuanto lo crea o no: el amor infinito del Dios niño. Por eso
damos gracias desde el fondo del corazón.
Feliz Navidad, queridos lectores.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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