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Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Varios
otros escribirán y espero que muy bien sobre la Navidad
en su sentido genuino de misterio de fe religiosa. En cuanto a su explotación
comercial, dejémoslo en paz; yo, y creo que como otros muchos,
ya estoy harto.
A los cristianos que viven bien su fe, les animo a que sepan hacerse niños
ante Dios, para que puedan entender mejor, y disfrutarlo con amor gozoso,
lo que el Niño-Dios les quiera decir en estos días.
Hay otra mucha gente, que, por las razones que sea, no tiene fe, pero
que están libres de odio contra el cristianismo y que por lo menos
saben apreciar lo que el cristianismo y la Navidad han aportado a la cultura
de comprensión y de paz y a la defensa y atención de los
más débiles y necesitados.
Les pido que intensifiquen en estos días ese ánimo de buen
humanismo, de buena voluntad y de armonía entre todos los seres
humanos. El mundo actual lo necesita.
Para los pesimistas sempiternos, creyentes o no creyentes, les digo que
si miran bien el panorama internacional, en materia de relaciones entre
distintas religiones y visiones del mundo, el Siglo XXI aparece claramente
mejor que el sangriento Siglo XX que dejamos atrás.
En este aspecto, creo que estarán de acuerdo conmigo en que Juan
Pablo II ha sido una figura señera en el espíritu de paz
¡Nunca más la guerra y la violencia en nombre
de la religión! y que ha hecho dar a la Iglesia Católica
importantes pasos en el diálogo ecuménico e interreligioso.
Las relaciones entre católicos y judíos practicantes van
en positivo progreso. Con importantes personalidades musulmanas y con
la cumbre intelectual y religiosa más prestigiada del islamismo
la Universidad Al-Zahira de El Cairo católicos de alto
nivel, mantienen fructíferas relaciones.
En el terrible y sangriento conflicto entre israelitas y palestinos, los
cristianos de la zona y sus respectivas autoridades han dado un espléndido
ejemplo conciliador, muchas veces heroico.
Pero ahora invito, a las lectoras y lectores de esta columna, a que veamos
otros aspectos más o menos relacionados con esta memorable fiesta.
Hagámonos niños.
Tenía que ser el pobrecito de Asís, San Francisco,
el que llamaba hermanos al Sol y a la Luna, el que mandaba callar a las
florecillas que le seducían con su belleza, el que predicaba a
los pájaros y a los peces, tenía que ser él, y ningún
otro, el que inventara los nacimientos. Sólo a un alma sencilla
como la suya, alma de niño y de poeta, se le podía ocurrir
esa ingenuidad para mejor amar al Niño-Dios recién nacido.
Ese extasiarse ante unas figuras, muchas veces de humilde barro como los
de nuestro Izalco, ese invento, a la vez infantil y religioso, ha hecho
las delicias de millones de niños de muchos países durante
más de seis siglos. Muchas canciones, mucha alegría y muchas
ilusiones han surgido en torno a esos nacimientos.
Y ya dejando al poverello de Asís planteo ahora estas
preguntas: ¿En qué consiste el espíritu de infancia?
¿Qué es lo que tiene de valioso? ¿Perdemos algo importante
cuando superamos los años infantiles? Personalmente creo que sí.
En esto creo que hemos retrocedido. La confianza mal entendida a
veces hasta el fanatismo en el poder de la ciencia y la tecnología
lleva a muchos a una actitud de autosuficiencia, de creer que eso es todo,
que lo explica todo y que lo puede todo.
Ya no hay misterios, sólo problemas que la ciencia resolverá:
ése es el credo erróneo de estos pobres positivistas y eso
mata todo idealismo, mata la poesía y el misterio que la vida y
el mundo tienen y tendrán siempre, por mucho que avancen esos dos
colosos. La ciencia y la tecnología han invadido los juegos y juguetes
infantiles.
Eso, en sí, no es malo, pero sí lo es el tono estereotipado,
esquemático, agresivo y deshumanizado, del que están empapados
muchos de sus personajes, sus artificios y sus artefactos. Claro que los
niños, si lo son de verdad, son capaces de humanizar hasta un palo
de escoba.
Muchos intelectuales, literatos y periodistas de hoy andan muy lejos,
no ya del espíritu infantil y navideño, sino incluso de
los valores humanistas clásicos que tan bien se entendieron y fusionaron
con la cultura cristiana. Escriben muy bien, pero están vacíos
o llenos de confusión y de amargura.
A ellos les cuadraría bien
la definición que de los niños hizo el psiquiatra Sigmund
Freud: Los niños son perversos polimorfos. Puesto a
quedarme con una definición de lo que son los niños, prefiero
la del humorista español Miguel Mihura, para quien los niños
eran locos bajitos. Pero son locuras de vitalidad, de alegría,
de imaginación creadora, de necesidad y donación de cariño.
En los viejos cuentos infantiles había perversos polimorfos dragones
y otros monstruos maléficos, pero como muy bien supo ver
Chesterton, eso fue formativo y positivo, porque con ellos los niños
aprendían y disfrutaban sabiendo que allí siempre el bien
terminaba triunfando sobre el mal. La autora de Harry Potter ha retomado
ese hilo en sus obras.
Con ello ha hecho un gran bien a los niños de todo el mundo. Lo
fundamental del éxito de Tolkien y su Señor de los
anillos se alimenta del mismo manantial cristalino. Estamos muy
necesitados del buen espíritu de infancia que sabe soñar
y amar todo lo que es bello y bueno. Sin él, se marchita la buena
sabiduría de la vida y sin ésta no se puede ser feliz. Ni
en este mundo ni en cualquier otro.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net

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