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En torno a la navidad
El tesoro de la niñez

Estamos muy necesitados del buen espíritu de infancia que sabe soñar y amar todo lo que es bello y bueno. Sin él, se marchita la buena sabiduría de la vida y sin ésta no se puede ser feliz.

Publicada 20 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Varios otros escribirán —y espero que muy bien— sobre la Navidad en su sentido genuino de misterio de fe religiosa. En cuanto a su explotación comercial, dejémoslo en paz; yo, y creo que como otros muchos, ya estoy harto.

A los cristianos que viven bien su fe, les animo a que sepan hacerse niños ante Dios, para que puedan entender mejor, y disfrutarlo con amor gozoso, lo que el Niño-Dios les quiera decir en estos días.

Hay otra mucha gente, que, por las razones que sea, no tiene fe, pero que están libres de odio contra el cristianismo y que por lo menos saben apreciar lo que el cristianismo y la Navidad han aportado a la cultura de comprensión y de paz y a la defensa y atención de los más débiles y necesitados.

Les pido que intensifiquen en estos días ese ánimo de buen humanismo, de buena voluntad y de armonía entre todos los seres humanos. El mundo actual lo necesita.

Para los pesimistas sempiternos, creyentes o no creyentes, les digo que si miran bien el panorama internacional, en materia de relaciones entre distintas religiones y visiones del mundo, el Siglo XXI aparece claramente mejor que el sangriento Siglo XX que dejamos atrás.

En este aspecto, creo que estarán de acuerdo conmigo en que Juan Pablo II ha sido una figura señera en el espíritu de paz —“¡Nunca más la guerra y la violencia en nombre de la religión!”— y que ha hecho dar a la Iglesia Católica importantes pasos en el diálogo ecuménico e interreligioso.

Las relaciones entre católicos y judíos practicantes van en positivo progreso. Con importantes personalidades musulmanas y con la cumbre intelectual y religiosa más prestigiada del islamismo —la Universidad Al-Zahira de El Cairo— católicos de alto nivel, mantienen fructíferas relaciones.

En el terrible y sangriento conflicto entre israelitas y palestinos, los cristianos de la zona y sus respectivas autoridades han dado un espléndido ejemplo conciliador, muchas veces heroico.

Pero ahora invito, a las lectoras y lectores de esta columna, a que veamos otros aspectos más o menos relacionados con esta memorable fiesta. Hagámonos niños.

Tenía que ser el “pobrecito de Asís”, San Francisco, el que llamaba hermanos al Sol y a la Luna, el que mandaba callar a las florecillas que le seducían con su belleza, el que predicaba a los pájaros y a los peces, tenía que ser él, y ningún otro, el que inventara los nacimientos. Sólo a un alma sencilla como la suya, alma de niño y de poeta, se le podía ocurrir esa ingenuidad para mejor amar al Niño-Dios recién nacido.

Ese extasiarse ante unas figuras, muchas veces de humilde barro como los de nuestro Izalco, ese invento, a la vez infantil y religioso, ha hecho las delicias de millones de niños de muchos países durante más de seis siglos. Muchas canciones, mucha alegría y muchas ilusiones han surgido en torno a esos nacimientos.

Y ya dejando al “poverello de Asís” planteo ahora estas preguntas: ¿En qué consiste el espíritu de infancia? ¿Qué es lo que tiene de valioso? ¿Perdemos algo importante cuando superamos los años infantiles? Personalmente creo que sí.

En esto creo que hemos retrocedido. La confianza mal entendida —a veces hasta el fanatismo— en el poder de la ciencia y la tecnología lleva a muchos a una actitud de autosuficiencia, de creer que eso es todo, que lo explica todo y que lo puede todo.

“Ya no hay misterios, sólo problemas que la ciencia resolverá”: ése es el credo erróneo de estos pobres positivistas y eso mata todo idealismo, mata la poesía y el misterio que la vida y el mundo tienen y tendrán siempre, por mucho que avancen esos dos colosos. La ciencia y la tecnología han invadido los juegos y juguetes infantiles.

Eso, en sí, no es malo, pero sí lo es el tono estereotipado, esquemático, agresivo y deshumanizado, del que están empapados muchos de sus personajes, sus artificios y sus artefactos. Claro que los niños, si lo son de verdad, son capaces de humanizar hasta un palo de escoba.

Muchos intelectuales, literatos y periodistas de hoy andan muy lejos, no ya del espíritu infantil y navideño, sino incluso de los valores humanistas clásicos que tan bien se entendieron y fusionaron con la cultura cristiana. Escriben muy bien, pero están vacíos o llenos de confusión y de amargura.

A ellos les cuadraría bien la definición que de los niños hizo el psiquiatra Sigmund Freud: “Los niños son perversos polimorfos”. Puesto a quedarme con una definición de lo que son los niños, prefiero la del humorista español Miguel Mihura, para quien los niños eran “locos bajitos”. Pero son locuras de vitalidad, de alegría, de imaginación creadora, de necesidad y donación de cariño.

En los viejos cuentos infantiles había perversos polimorfos —dragones y otros monstruos maléficos—, pero como muy bien supo ver Chesterton, eso fue formativo y positivo, porque con ellos los niños aprendían y disfrutaban sabiendo que allí siempre el bien terminaba triunfando sobre el mal. La autora de Harry Potter ha retomado ese hilo en sus obras.

Con ello ha hecho un gran bien a los niños de todo el mundo. Lo fundamental del éxito de Tolkien y su “Señor de los anillos” se alimenta del mismo manantial cristalino. Estamos muy necesitados del buen espíritu de infancia que sabe soñar y amar todo lo que es bello y bueno. Sin él, se marchita la buena sabiduría de la vida y sin ésta no se puede ser feliz. Ni en este mundo ni en cualquier otro.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net

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