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Una mirada de fe
Celebremos el amor de Dios entre nosotros

La Navidad es una fiesta de familia en la que cada uno está llamado a redescubrir el gozo de lo que es sentir el ambiente cálido y acogedor de los que conviven ordinariamente compartiendo el mismo pan.

Publicada 19 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Óscar Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Ya está cerca la noche de Navidad, en ella celebraremos la presencia de Jesucristo entre nosotros, como realidad encarnada en una familia. Navidad es la fiesta más popular y más celebrada en todo el mundo. Es la fiesta en que grandes y pequeños nos intercambiamos saludos de paz y de amor y nos hacemos los mejores augurios para el año nuevo.

Para el mundo cristiano, la razón fundamental de esta celebración es hacer presente en nuestra historia el misterio de salvación: “Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3,16).

En Roma aparece la celebración de la Navidad desde el Siglo IV, en el calendario del año 354 se leen estas palabras en latín: “Octavo kalendas ianuarii, natalis solis invicti, natus Christus in Bethlem Iudae”, es decir, señala el octavo día antes de las calendas de enero, o sea, antes del primero de enero, que es el 25 de diciembre, como el día en que nació Jesús.

Es muy probable que esta fecha se escogiera en sustitución de unas fiestas paganas que se celebraban en Roma entre el 19 y 25 de diciembre, en honor del sol invicto. Pasado el solsticio de invierno, el 21 de diciembre, el sol y el día empiezan a predominar sobre la noche, y por lo tanto, para aquellos cristianos era más fácil hacer la transcripción al sol verdadero que es Cristo a quien se le canta como “el sol que nace de lo alto”, y como, “la luz que nace para alumbrar a las naciones”. No se trataba de abandonar las tradiciones y festividades, sino de sumar a las fiestas ya existentes, una nueva celebración con sentido cristiano.

El día exacto del nacimiento de Jesús no es lo más importante que tenemos que saber, nos interesa saber que con su nacimiento llegó la salvación y la alegría al mundo entero, y que Él es la luz que brilla en las tinieblas.

La solemne liturgia de la noche de Navidad canta exultante de gozo: “Hoy desde el cielo nos ha descendido la paz, hoy nos ha nacido de nuevo la salvación, hoy se dignó nacer de una virgen el Rey de los cielos, hoy ha nacido en la ciudad de David un salvador que es Cristo el Señor”. Para nosotros no basta con que le cantemos con alegría, es necesario reconocerlo como nuestro redentor y único salvador, que ha querido compartir todo con nosotros, menos el pecado.

La Navidad es una fiesta de familia en la que cada uno está llamado a redescubrir el gozo de lo que es sentir el ambiente cálido y acogedor de los que conviven ordinariamente compartiendo el mismo pan, las mismas alegrías y tristezas.

Se cuenta que una vez cuatro niños escribieron a Radio París para que difundieran por todo el mundo su más vehemente y sincero deseo cristiano: “Queremos que todo el mundo sea feliz como nosotros lo somos con papá y mamá”. Es en la familia en donde se reviven los recuerdos más significativos de la infancia, en donde esa noche de luces, de amor y de paz, tenemos la oportunidad de fraternizar y de intercambiar nuestros sentimientos y los mejores augurios para el año nuevo, es la ocasión propicia para perdonarnos, olvidar las cosas malas que ya han pasado y compartir la mesa, como signo de unidad.

La Navidad es una buena ocasión para comprender que los rencores, las envidias y los celos rompen la armonía familiar y que el sentirse en familia es el mejor regalo que podemos compartir.

Podemos estar muy preocupados por todas las cosas que nos suceden y por los problemas que vemos a nuestro alrededor, pero es bueno que nos dejemos contagiar de la alegría y de la esperanza que ya anunciaba el profeta Isaías en el Antiguo Testamento: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz y para los que vivían en tierras de sobra brilló una luz sobre ellos” (Is.9, 1). 

Contemplaremos con gozo al Mesías que en la ternura de un niño indefenso nos está ofreciendo amor y esperanza, es el Emmanuel —Dios con nosotros— que ha venido, no de una manera pasajera, sino para quedarse entre nosotros y ser para siempre nuestro compañero de camino. Trae la liberación de toda clase de esclavitud porque viene a salvarnos de pequeñas o grandes esclavitudes, que como el materialismo, el egoísmo, el pesimismo, la intolerancia, la pereza etc., nos esclavizan y nos alejan del reino de Dios. Vale la pena que proclamemos para nosotros mismos, y para nuestros semejantes, un mensaje de alegría y de esperanza como homenaje al Hijo de Dios nacido en Belén de Judá.

Cuando Jesús nació, le acogieron unas personas sencillas, que al darse cuenta de que los tiempos mesiánicos habían llegado, lo recibieron como el enviado de Dios; otros que eran muy importantes en Jerusalén, como las autoridades políticas y las religiosas, no se enteraron o no se quisieron enterar de lo que había pasado en Belén. Muchos no han encontrado al Mesías, porque no le han buscado.

Dios es una realidad cercana que se nos ofrece en la cuna de los brazos de María, su madre, ella es la mujer privilegiada de nuestra raza que ofrece al mundo a su Hijo Jesucristo, nacido en Belén para salvar a la humanidad.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa). e-mail: osrobla@hotmail.com



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