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No hay navidad sin Jesús
Junto al portal de Belén

Es tiempo de estar cerca de la familia de Nazareth, buscando el calor del portal, donde el Niño Dios repartirá a manos llenas todos sus dones, si se los pedimos y estamos a su lado haciéndole compañía.

Publicada 19 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Faltan pocos días para Nochebuena y está por terminar el Adviento, en que se acompaña a la Santísima Virgen en la espera de Jesús. El tiempo parece detenerse ante el prodigio que se va a realizar:

Dios se ha hecho hombre en las purísimas entrañas de una doncella, lo cual explicó el ángel mensajero de una manera muy sencilla: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Y en un establo en Belén, nacerá Dios como un niño pequeño a quien su Madre reclina en un pesebre, es anunciado por los ángeles a un grupo de pastores y verá postrados de rodillas ante su majestad, a tres reyes venidos de Oriente.

Y esta maravilla pasa desapercibida por la distorsión de una fiesta que debería ser de paz y amor, y se ha convertido en una histeria colectiva de consumismo, derroche, competencia por la cantidad y valor de los regalos; en compromisos absurdos, gastos desproporcionados, comilonas, borracheras y toda clase de excesos.

Se ha perdido el verdadero sentido de la Navidad, así como a los magos se les perdió la estrella que les guiaba hasta el portal, aunque nosotros, a diferencia de ellos, no nos hemos preocupado por recuperarla. Se aplica la irónica definición de Chesterton, el brillante escritor inglés, de que es mediocre el que pasa a la par de lo sublime, sin darse cuenta.

Es tiempo de villancicos y pastorelas, de posadas con ángeles y pastores, de volver todos a ser niños para enseñar a nuestros hijos el milagro del portal de Belén, donde un Niño que es Dios nos espera en un pesebre que es cátedra, para enseñarnos los grandes misterios de la fe, del amor, de la generosidad, de la humildad y de la preocupación por los demás.

Es llenarnos el alma de ternura centrando todas las actividades alrededor del portal. Decorar nuestras casas de manera artística y sencilla para recordar durante las cuatro semanas del Advierto, la próxima llegada del Redentor y ayudar a mantener vivo ese espíritu de espera con el mismo clamor milenario con que los antiguos esperaban la llegada del Mesías: “Ven, Señor Jesús”.

La Navidad es una excelente ocasión para educar, pues propicia la unión familiar y la convivencia. El Niño de Belén está presente y hasta sonríe desde su cuna, cuando los padres, olvidando su edad, su título, su estatus social, se sientan en el suelo con sus hijos, para pintar cartones que se convertirán en rocas; poner luces bajo celofán rojo y hacer fogatas que calentarán a unos pastores; convertir papel de aluminio con focos azules en un arroyo de plata, con un puente por el que pasará un rebaño.

Y con la creatividad que da el amor, ver surgir verdes campos donde pastan blancas ovejitas. ¡Qué mejor antídoto para botar el estrés, borrar resentimientos y olvidar preocupaciones! ¡Milagro que hace a los adolescentes olvidar su arrogancia, sus inseguridades y temores, trabajando en la elaboración del nacimiento, encargándose de la conexión eléctrica para crear efectos maravillosos de luz y sombra!

Es querer tener al lado nuestro, en un banquete familiar, a los que nos son más queridos. Recordar a los que ya se han ido y comparten en el Cielo con la Sagrada Familia, el cumpleaños del Niño Dios. Es enviar un saludo de paz para que las bendiciones de Belén lleguen durante el próximo año, a todos los que tratamos por razones de trabajo, de profesión, de vecindario. Es sentir el corazón tan grande, para dar cabida a tantos necesitados que carecen de bienes materiales.

Es la oportunidad de llevar a nuestros hijos a visitar un hogar infantil, un asilo, un hospital, donde en este tiempo en que se derrocha amor, hay niños que nunca han conocido ese sentimiento ni recibido un beso ni un regalo ni el calor de un abrazo. Gran lección que hace desaparecer egoísmos, exigencias y materialismos. Que hace resurgir la generosidad, la alegría y el perdón, que como todos los bienes espirituales, aumentan cuando se comparten y se distribuyen.

Es tiempo de estar cerca de la familia de Nazareth, buscando el calor del portal, donde el Niño Dios repartirá a manos llenas todos sus dones, si se los pedimos y estamos a su lado haciéndole compañía. Que en estos días que faltan para Navidad, hagamos nuestras las palabras del villancico: “San José va de camino/ De camino hacia Belén/ Va pendiente de la Virgen/ Del Niño que va a nacer”.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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