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Mario
Rosenthal*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Amenazar
con protestas callejeras, desorden civil, agitación social y chantajear
al gobierno, impidiendo la aprobación del presupuesto nacional
si no acceden a sus demandas no es democracia, sino rebelión.
El hecho de que existen representantes de partidos políticos en
la Asamblea libremente electos no quiere decir que se está viviendo
la democracia. Más que todo si un partido está fundamentado
en el comunismo.
No hay que perder de vista que la legalidad, ética y justicia del
sistema comunista no son lo que se observa en el mundo occidental en que
vivimos.
A los ojos del dirigente comunista, todo lo que se presta para defender
y propagar su ideología es lícito. Basado en la firme convicción
de que todo es lícito, millones han muerto para imponer y mantener
el sistema.
Se puede argumentar que eso es cosa del pasado, de los tiempos de Stalin
antes de la Segunda Guerra Mundial, pero si las apariencias han cambiado
en el fondo todo es igual.
Hay evidencia de que el Presidente Vladimir Putin, en quien el Occidente
ponía sus esperanzas de que fortalecería la democracia,
está intentando imponerse como un dictador del Siglo XXI. Ha intervenido
en las elecciones en Ucrania, con trágicos resultados, y en otros
estados de la extinta Unión Soviética.
Los comentaristas de asuntos rusos ya están especulando si Putin,
que fue reelecto una vez, buscará quedarse en el poder en 2008,
cuando su presente período presidencial termine.
Unos temen que, si logra un tercer período, estará tan fuerte
que se volverá un nuevo dictador y manipulará el manso Congreso
ruso para que le nombre presidente vitalicio. Está removiendo todos
los elementos de la oposición. Los liberales rusos están
decepcionados y han progresado poco.
En realidad Putin, aunque ha despertado dudas en el extranjero, es muy
popular internamente. Esto, de acuerdo con algunos comentaristas, se debe
a su total control de televisión y la muy reducida libertad de
prensa que existe en Rusia y sus satélites.
Según la revista The Economist, Putin es más autoritario
que demócrata y sus acciones desde que fue electo en 2000 lo atestiguan.
No obstante, después del caos del régimen de Yeltsin, a
quien sucedió, muchos esperaban que por lo menos pondría
su casa en orden, imponiendo el respeto a la propiedad privada y la observancia
de la ley, y que con el tiempo estos conceptos permitirían que
se estableciera una democracia liberal.
Estas esperanzas indujeron a muchos dirigentes de Europa Occidental a
extender la mano amistosa hacia Putin y hacer caso omiso a los abusos
de los derechos humanos y falta de libertad de prensa, no obstante la
ruinosa experiencia que tuvieron durante el régimen de Yeltsin.
En 2001 hasta el Presidente George W. Bush, después de una reunión
con Putin, declaró que era un hombre franco y digno de confianza.
Hace poco Mr. Bush dijo que libertad y respeto a la ley caracterizaba
el régimen de Putin, pero cuando el Duma eligió a Putin
con un voto de dos tercios a su favor y su persecución y cierre
de los pocos medios de información y dominio absoluto de la televisión,
agregada a su intervención en la elecciones en Ucrania, que fueron
canceladas por el tribunal electoral que Putin domina, porque la oposición
a Putin ganó y serán repetidas en el futuro próximo.
Esto deja la economía como el único campo en que existe
esperanza para la libertad. Está fuerte y vigoroso desde que Putin
está en el poder, pero esto se debe, más que todo, a la
suerte que ha elevado el precio del petróleo.
Aún aquí la mano de Putin empaña las esperanzas.
El caso más notorio es de la petrolera Yukos, que ha sido intervenida
y sus dirigentes encarcelados, y se cree que será expropiada por
Putin y que pasará a manos del monopolio estatal.
La actuación de Putin demuestra lo frágil que es la democracia
y debería servir de lección a todos para evitar los errores
que se cometen con el abuso de las elecciones y la propaganda.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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