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Punto de vista
Días de fiesta: ¡Celebremos!

Es el sentido de la celebración lo que nos hace verdaderamente humanos. Cuánto más espirituales sean los motivos de la fiesta, más humanos seremos, más libres, más felices, más profundamente conscientes.

Publicada 18 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re
El Diario de Hoy
carlos@mayora.org

No sé por qué, pero en estos días varias personas me han comentado —con un cierto aire de nostalgia—, que la Navidad ya no es lo que era. Les parece que en los últimos años se ha ido perdiendo el espíritu cristiano de estos días, y achacan a esa pérdida, el consumismo y las celebraciones con bulla y jolgorio a las que algunos reducen las fiestas de Navidad.

Cuando he podido, les he dicho que no estoy totalmente de acuerdo con su punto de vista. En primer lugar, porque la Navidad que muchos procuran vivir no es la que aparece en los anuncios de televisión o en la “música de elevador” que se oye en algunos centros comerciales… Además, querer asociar Navidad con tristeza, con nostalgia, tiene poco sentido. La Navidad y las fiestas de fin de año son esencialmente alegres, verlas de otro modo es fijarse en el vaso medio vacío en lugar de verlo medio lleno.

La mayoría de las familias goza mucho estos días, porque son la ocasión propicia para disfrutar juntos, para pasar largos ratos con los hijos, con los nietos, con los padres... De fiesta, sí, pero no la fiesta de música estridente que a duras penas deja hablar entre sí a los festejantes, sino la celebración alegre en la que nos reímos de los mismos chistes, nos contamos historias oídas una y otra vez, celebramos las “gracias” de los chiquitines y saboreamos ese sentido de hogar que acompaña el querer y sentirse querido, que es consecuencia de estar con quienes amamos.

Vivimos en un país cristiano. Si bien a veces podríamos protestar, porque en algunas casas parece que los renos y Santa Claus usurpan el lugar que debería tener el pesebre con el Niño, mi optimismo me lleva a pensar que quizá en la mayoría de los hogares de nuestro país, el centro de la celebración será Jesús y la Sagrada Familia.

Sin embargo, el hecho de vivir en un país cristiano no garantiza el espíritu navideño, como testimonia un famoso converso francés cuando escribe que en su niñez, “en Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (...) Comíamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados”, es decir, tenían una celebración sin sentido.

Celebraban, sí pero —continúa— “ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia más habladora. La comida, mejor que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta de nadie”.

Sólo los seres humanos celebramos, los animales no pueden. Más aún, es el sentido de la celebración lo que nos hace verdaderamente humanos. Cuánto más espirituales sean los motivos de la fiesta, más humanos seremos, más libres, más felices, más profundamente conscientes de la grandeza de nuestra condición. Sólo quienes ven las fiestas desde esa perspectiva son capaces —al terminar los festejos—, de volver renovados a la actividad diaria, descansados y felices de haber celebrado la grandeza de la irrupción de Cristo en el tiempo y el principio de nuestra liberación.

Es curioso considerar que —de acuerdo con lo que se mira en algunos sitios—, cuánto más alejada de Dios está una sociedad (por decirlo de algún modo, pues quienes están lejos o cerca de Dios son las personas concretas); se necesita más ruido, más bulla, más estimulantes externos, para “celebrar”. En cambio, cuanto más cerca de Dios se está, la alegría es más íntima, más honda, más pura. Quizá un buen indicador de la calidad de la fiesta que cada uno de nosotros se dispone a celebrar, sea la necesidad más o menos sentida de compartir las celebraciones al lado de la familia, en familia; es decir, en ese ambiente en el que solemos compartir las grandes cosas —alegrías y penas— que nos pasan en la vida.

Por todo lo anterior quisiera desear a todos los que lean esta columna unas muy felices fiestas de Navidad y de fin de año, deseándoles a todos que sean partícipes de la alegría profunda que quisiéramos tener todos los que nos regocijamos con la consideración del gran misterio de la encarnación y nacimiento de Cristo entre los hombres. ¡Muy felices Pascuas a todos!

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy


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