Carlos
Mayora Re
El Diario de Hoy
carlos@mayora.org
No sé por qué, pero en estos días varias personas
me han comentado con un cierto aire de nostalgia, que la Navidad
ya no es lo que era. Les parece que en los últimos años
se ha ido perdiendo el espíritu cristiano de estos días,
y achacan a esa pérdida, el consumismo y las celebraciones con
bulla y jolgorio a las que algunos reducen las fiestas de Navidad.
Cuando he podido, les he dicho que no estoy totalmente de acuerdo con
su punto de vista. En primer lugar, porque la Navidad que muchos procuran
vivir no es la que aparece en los anuncios de televisión o en la
música de elevador que se oye en algunos centros comerciales
Además, querer asociar Navidad con tristeza, con nostalgia, tiene
poco sentido. La Navidad y las fiestas de fin de año son esencialmente
alegres, verlas de otro modo es fijarse en el vaso medio vacío
en lugar de verlo medio lleno.
La mayoría de las familias goza mucho estos días, porque
son la ocasión propicia para disfrutar juntos, para pasar largos
ratos con los hijos, con los nietos, con los padres... De fiesta, sí,
pero no la fiesta de música estridente que a duras penas deja hablar
entre sí a los festejantes, sino la celebración alegre en
la que nos reímos de los mismos chistes, nos contamos historias
oídas una y otra vez, celebramos las gracias de los
chiquitines y saboreamos ese sentido de hogar que acompaña el querer
y sentirse querido, que es consecuencia de estar con quienes amamos.
Vivimos en un país cristiano. Si bien a veces podríamos
protestar, porque en algunas casas parece que los renos y Santa Claus
usurpan el lugar que debería tener el pesebre con el Niño,
mi optimismo me lleva a pensar que quizá en la mayoría de
los hogares de nuestro país, el centro de la celebración
será Jesús y la Sagrada Familia.
Sin embargo, el hecho de vivir en un país cristiano no garantiza
el espíritu navideño, como testimonia un famoso converso
francés cuando escribe que en su niñez, en Navidad,
las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros,
extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta.
Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros
para ir a ninguna parte (...) Comíamos en la mejor habitación,
sobre el blanco mantel de los días señalados, es decir,
tenían una celebración sin sentido.
Celebraban, sí pero continúa ni el moscatel
de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia
más habladora. La comida, mejor que de costumbre, y el abeto, completamente
barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin
recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta
de nadie.
Sólo los seres humanos celebramos, los animales no pueden. Más
aún, es el sentido de la celebración lo que nos hace verdaderamente
humanos. Cuánto más espirituales sean los motivos de la
fiesta, más humanos seremos, más libres, más felices,
más profundamente conscientes de la grandeza de nuestra condición.
Sólo quienes ven las fiestas desde esa perspectiva son capaces
al terminar los festejos, de volver renovados a la actividad
diaria, descansados y felices de haber celebrado la grandeza de la irrupción
de Cristo en el tiempo y el principio de nuestra liberación.
Es curioso considerar que de acuerdo con lo que se mira en algunos
sitios, cuánto más alejada de Dios está una
sociedad (por decirlo de algún modo, pues quienes están
lejos o cerca de Dios son las personas concretas); se necesita más
ruido, más bulla, más estimulantes externos, para celebrar.
En cambio, cuanto más cerca de Dios se está, la alegría
es más íntima, más honda, más pura. Quizá
un buen indicador de la calidad de la fiesta que cada uno de nosotros
se dispone a celebrar, sea la necesidad más o menos sentida de
compartir las celebraciones al lado de la familia, en familia; es decir,
en ese ambiente en el que solemos compartir las grandes cosas alegrías
y penas que nos pasan en la vida.
Por todo lo anterior quisiera desear a todos los que lean esta columna
unas muy felices fiestas de Navidad y de fin de año, deseándoles
a todos que sean partícipes de la alegría profunda que quisiéramos
tener todos los que nos regocijamos con la consideración del gran
misterio de la encarnación y nacimiento de Cristo entre los hombres.
¡Muy felices Pascuas a todos!
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy

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