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Esta no es otra historia de bus

Pasajeros, charlatanes y desesperados comparten trayecto en la ruta 2. “María” demandaba limosna y juraba que era la última vez. Pero era necesario: su pequeña estuvo en el pisquiátrico y su nieta está enferma

Publicada 15 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Cuando no abraza a su oso, a María hija se le puede levantar asiéndola por las axilas. Los sedantes le mantienen tumbada todo el día. Fotos EDH


Leyre Ventas
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

A las seis de la tarde, la 2 es una ruta de buses concurrida, pero había logrado ocupar el asiento tras el conductor. Recorridos unos 20 metros desde la última parada, la Alcaldía Municipal de San Salvador, se detuvo.

Lo hizo con dificultad. Llevaba una vieja mochila negra colgada de los hombros, cubriéndole el pecho, un vestido café con un estampado difuso, y unas yinas verdes que dejaban al descubierto el polvo de unos pies bien caminados.

Como muchos, ocupó la posición para solicitar colaboración a los pasajeros. “Tengan buenas tardes... buenas tardes a todos... a todos los que abordaron esta unidad de transporte...”, titubeó. No tenía el discurso aprendido, aunque seguro lo ensayó.

María —nombre ficticio— necesitaba dinero para ayudar a su hija, del mismo nombre. “Mi niña está ingresada en el Psiquiátrico de Soyapango”, dice a los pasajeros.

Decidida a demostrar lo verídico de la historia, extrajo del viejo bolsón documentos que confirmaran el ingreso en el sanatorio y una amarilla tarjeta de visita de bordes ajados. Expediente número 146854. Presentándose con el pase en el Hospital Nacional General y de Psiquiatría se le podía ver, cada día, en la segunda cama de la división Agudos Mujeres.

La mujer recogía las monedas que los confiados y algún compasivo le quisieron regalar. Alcanzó, apenas y torpemente, la cuarta hilera de asientos, cuando la fijeza de todos los pares de ojos del bus desplazaron su estómago a la garganta.

Era la primera vez que pedía limosna y, nada más apearse del vehículo, juró que también sería la última.

vivir apretado

Es ama de casa, ama de champa de lata; empleo de horario ilimitado, dedicación permanente e ingresos nulos. Su esposo, José Pérez –de camuflaje también–, está desempleado. Un riñón dilatado no le permite asolearse por tiempo prolongado ni realizar esfuerzo físico alguno.

El mal lo sufre desde 2001, año del terremoto, cuando, mientras colaboraba en las excavaciones para recuperar cuerpos a pleno sol, sintió por primera vez el pinchazo abdominal.

A pesar de los dolores, José dice poder trabajar “de ordenanza o algo así”. Su mujer refuerza la discreta petición: “yo sólo estudié hasta 6o. grado, pero mi esposo tiene el de bachiller, lee, escribe bien, de buena ortografía...”.

En la 13 viven cerca de 120 niños. Fotos EDH

El matrimonio habita en la comunidad 13 de Febrero, construída esa misma fecha en 2004. Es un conjunto de 200 viviendas de lata, distribuidas en cuatro pasajes. La champa 17, el hogar de la pareja, no desentona: piso de tierra sobre el cual tres láminas sostienen una cuarta en equilibrio; la puerta es un plástico, y ese mismo material protege el interior de la vivienda de las lluvias nocturnas.

“Conseguimos esa gran sábana roja, pero ya está agujereada y todo se nos moja”. Esa es la razón por la que Mirella, la nieta de dos años que convive con los Pérez, sufre de una bronquitis crónica que reitera sus ingresos en el hospital.

Bajo el techo dudosamente protector, la pareja comparte penurias con hijos y nietos; cinco en total.

Es hora de almuerzo y los fogones de la casa permanecen apagados. No huele a cocinado. Sólo el grillo, como llama la abuela a Mirella, mastica una tortilla con sal doblada por la mitad. A pesar de su par de años, la niña sigue matando el hambre a base de pachas. A veces pide más, y no hay. “Es lo que más me aflige, que hay bocas que alimentar y no tengo con qué”, se aflige la mujer.

La plancha para pupusas descansa en una esquina de la cocina-comedor-salón, y hace de improvisada mesa junto al fuego. Nunca se estrenó. No pudieron invertir en harina, queso, frijol, chicharrón ni curtido.

Además de echar tortillas, María de Pérez también sabe coser, pero no encontró quien le fíe una máquina; “yo podría hacer manteles individuales, venderlos por docenas y pagar la deuda en cuotas”. Pensó en lavar ropa, pero la artritis no se lo permite. Y el agobio de no poder realizarlo hace que el nivel de azúcar de la sangre se le dispare, y se acuerde de la diabetes.

La mayor de las hijas de la pareja vive en un espacio más reducido, unas cuantas champas más allá. Trabajó en una fábrica y en un restaurante. Por lo complicado del parto de su última niña, le corresponden tres meses de baja; hasta que se cierre del todo la herida de la cesárea.

Con ella se agotan las posibilidades de que algún miembro de la familia esté empleado.
más difícil todavía

A falta de fecha de caducidad, el inicio del colmo de sus desgracias quedó marcada en la memoria de María madre: 7 de agosto de 2004.

Absurda boca para alimentar, la verde lora entretiene y suma el octavo miembro de una familia escasa de recursos y vida apretada. Fotos EDH

Un grupo de muchachos llegó a la casa con la excusa de una excursión a Amapulapa. Eran fieles de la Iglesia del Séptimo Día, adventistas, al igual que los Pérez.

Regresaron el mismo día. En la noche, como tenía costumbre, María hija platicaba con su hermana mayor. Un tal Marcos iba a llegar al siguiente día para pedir a José Pérez permiso para salir con ella.

El lunes, los comentarios cambiaron de tono. La niña aseguraba que, durante el paseo dominical, mantuvo relaciones sexuales tres veces, siempre con Marcos. El sexo se convirtió en el tema más recurrente de sus conversaciones, monólogos ya.

Por aquel entonces, los 15 años le venían a María pisando los talones, y comenzaba a planear su fiesta: habría chambelanes y damas de honor, un gran pastel con turrón en conjunto con el vestido, llegarían sus maestros, compañeros de colegio, vecinos. Tenía planeado tener 80 invitados en una champa del 13 de Febrero, más para dos que para los
seis que la habitan, y en la que se come un día sí y dos no.

Incoherencias y delirios de grandeza salían de su boca: prometió a su familia cuatro teléfonos celulares, uno para cada miembro; a su hermana mayor un pasaje hacia Costa Rica para que continuara allá sus estudios; la mamá iría con ella a Cancún.

La agresividad agravó la locura. Un mediodía, mientras almorzaban en la parte delantera de la champa, la quinceañera agarró una vara de hierro. Su padre, anticipándose a la acción, evitó la cabeza abierta de Gloria.

La joven se desnudaba en público y llegó a defecar u orinar con la ropa puesta. No lograba conciliar el sueño, y, aprovechando la facilidad de la cual sí gozaba su familia, dejaba la champa de noche para meterse en la de algún vecino, siempre hombre.

Todo animó, pero la madrugada en la que salió a la calle gritando “¡estoy embarazada del Espíritu Santo!” marcó la señal: era necesario apoyo profesional.

En el Psiquiátrico

Los pies infantiles se acostumbraron a recorrer desnudos los cuatro pasajes de la 13 de Febrero. Fotos EDH

Tras una semana de ausencia, el 15 de octubre, María visitó a su hija en Agudos Mujeres. Se resignó a no llegar, “porque no tenía ni para pasaje”. Pero aquel martes fió cinco colones de tortilla, dejó cociendo una simple sopa de mora con sal, e invirtió lo que tenía en el bus.

Las 50 internas de dicho sector del sanatorio vestían un gastado camisón rosado y, las más espabiladas, paseaban descalzas por el pasillo.

En la habitación izquierda del pabellón había 26 camas sobre la fría losa, la mitad ocupada con pacientes aún sedadas. Entre ellas, la más jovencita: Sandra.

Olga Marina, una interna pelirroja de aspecto más lúcido que el resto, hacía de madre hasta que llegó la propia. La niña entreabrió los ojos y se dejó colgar por la axila.

Varias enfermas que no tuvieron visita se acercaron al catre. La que poseía las ojeras más marcadas comentó la actitud rebelde de Sandra. “Dice malcriadeces a los doctores”. Olga Marina la defiendió en su papel maternal.

No todas las que rodeban la cama discutían el comportamiento de María, pero cada una, sin excepción, deseó el chocolate que mordisquea, uno de los que su madre le llevó. “¿No tiene otro que me regale?”, pidió una paciente de figura quijotesca, aspecto cansado y pelo enmarañado, mientras clava su mirada en el hilo de caramelo que a María le había quedado en el labio inferior.

Los doctores almorzaron y Camilo Coreas pasó desapercibido por el pabellón. María madre lo persiguió hasta el cuartito en el que se escondió. Con actitud sumisa, solicitó información sobre el estado de su hija.

“Ahorita se encuentra bajo los efectos del tratamiento –recibió seis sesiones de electrodos–. Puede que la vea aturdida y con problemas de memoria”. No se la veía de otra forma. Sandra no recordaba la excursión que tanto insiste su madre. El nombre de Marcos tampoco la inmutó.

El médico residente, que en dos años se convertirá en psiquiatra, explicó que Sandra puede desarrollar una enfermedad bipolar, caracterizada por alternancia de estados de ánimo extremos: maníaco o depresivo, nunca moderado.

Por aquel entonces se encontraba en la primera de las fases. Aunque el doctor tan sólo la visitaba una vez al día, aseguró que estaba desconectada de la realidad. “Baila siempre y muestra una actitud seductora en presencia de hombres”. Además, María seguía ocupando un discurso cargado de sexo.

La pobreza golpea a los chicos.Fotos EDH

Dos electrodos insertados en el cráneo provocan al paciente una convulsión de entre 25 y 40 segundos. Se pretende regular la neurotransmisión del cerebro. Es la terapia electronconvulsiva, y traducido de la jerga médica, “queremos hacer que olvide el episodio que pudo provocar el trastorno”.

Hipótesis

El episodio al que se refiere el doctor Coreas responde a la actitud de una madre desesperada buscando explicaciones para lo increíble.

El reconocimiento de genitales y psiquiátrico que le practicó Medicina Legal, en contestación a una solicitud que el 5 de octubre la familia presentó en la Fiscalía Sur Regional de Soyapango, prueba que no existe violación alguna. María es virgen.

Sin embargo, el caso sigue abierto. “Se le practicarán otros análisis a la víctima –así se la considera en términos legales–, del tipo psicológico y psiquiátrico”, explica la Fiscal Jefe de la delegación, Vilma Morales.

María madre quedó más tranquila, aunque no se convenció. Tampoco se traga las explicaciones que el Jefe de Psiquiatría, el doctor Mejía Ochoa, le tiene: “su afección tiene una explicación multifactorial, puede deberse a muchas razones”.

No se pueden descartar situaciones estresantes ni condiciones genéticas. Mucho menos los golpes que, cuando tenía unos seis meses, recibió la niña por las frecuentes caídas de la cama. El resultado del encefalograma que se le practicó en el Psiquiátrico está “en el límite”. Ni descarta ni confirma.

El hospital dictó el alta y María descansa ya en la hamaca de su champa de lata. Aún con nebulosa en el cerebro, todo regresó a la normalidad en el hogar de los Pérez.

También en la ruta 2, con la ausencia de María. En la 26, Alejandro comparte con los pasajeros el trayecto desde el Cristóbal Colón hasta bodega, en el centro. Otra voz solicita colaboración “a todos los que abordaron la unidad de transporte”. Quizá charlatán, posiblemente desesperado, es otra historia de bus.



Entre el desalojo y el deslave

A falta de creatividad, la bautizaron como el día del presente año en el que fue inaugurada. La comunidad 13 de Febrero no es más –ni menos– que 221 viviendas de lata distribuidas en cuatro pasajes sobre tierra de futuro incierto.

El barranco amenaza con devorar futuros planes conjuntos. Fotos EDH

Las familias son damnificadas del último terremoto, en 2001. Antes de la tragedia, algunas rentaban cuartos en mesones, otras vivían arrimados a parientes.

Después, se organizaron, comenzaron a solicitar ayudas gubernamentales, hasta que en 2004 decidieron instalarse en el terreno. “La necesidad nos obligó”, responde Roberto Corpeño, presidente de la directiva comunitaria, a quien casi ofende el cuestionamiento.

La vecindad pertenece a los términos municipales de Ilopango; el terreno, descrito como riesgoso por la alcaldía del lugar y el Viceministerio de Vivienda, al Ministerio de Hacienda.

Según el munícipe de Ilopango, Leonardo Hidalgo Hernández, los peligros se deben al material inflamable de las fábricas contiguas, pero, sobre todo, al barranco que amenaza con aventar al vacío a algún vecino de los Pérez.

La directiva tiene un plan para evitar el deslave: sembrar bambú que retenga la tierra y, “con alguna máquina que nos presten, hacer una especie de talud”, especifica Corpeño.

Pero ni esta obra ni otros planes –construir una escuela y una cancha deportiva para los 120 jóvenes y una clínica– tiene sentido materializar sin que las negociaciones con el Viceministerio de Vivienda lleguen a su término.

“Necesitamos un techo más seguro que éste”, asegura el vicepresidente de la directiva, José Ramón Villegas Campos, mientras señala el techo de plástico de la vivienda. Dice no importarle dónde les construyan las casas.

Los vecinos de la 13 de Febrero esperan respuestas para empacar las pocas pertenencias, o comenzar a trabajar en el proyecto común.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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