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Leyre
Ventas
El Diario de Hoy
lventas@elsalvador.com
Ya no le molestaba la piel manchada de azul. Se olvidó de cuando
la profesora de mecanografía, a la que, por deformación
profesional, nada se le escapaba en lo que a dedos y manos respecta, lo
amenazó con que nunca se graduaría de bachiller. Por
manchado. A criterio de la maestra, traía la condena escrita
a punta de aguja.
Una cicatriz sobre el tatuaje de la mano no le permite hacer lo correspondiente
con aquel tizón ardiente que agarró con desesperación
y que añadió una marca a su cuero. Pero se había
acostumbrado a lucirlo.
El láser que casi pudo con la tinta de su hombro no desapareció
el expediente de paciente ingresado por ocho días en un centro
psiquiátrico.
Tampoco el 11 de mayo de 2001 que, tras un intento de suicidio, recapacitó
y renegó de una vida de vicios.
En los dibujos del pecho, hombro, antebrazo y mano llegaron a convivir
en armonía su pasado pandillero y su actual devoción cristiana,
hasta que la gerente de Recursos Humanos de una empresa en la que solicitó
trabajo se negó a contratarle por sus diseños subcutáneos
permanentes.
Aquella vez que llegó bien acicalado, abotonado hasta las muñecas,
y le exigieron que se quitara la camisa reforzó su creencia en
que eliminar los tatuajes me abrirá puertas, porque el empleo
está malo.
Requisitos
Quien no confiesa su nombre por razones de seguridad responde al perfil
del colectivo al que se dirige el Programa Integral de Remoción
de Tatuajes de Fundasalva.
Los ocho pacientes que a diario pasan consulta no son sólo miembros
retirados de las maras, sino aquellos que se han encontrado con
la imposibilidad de trabajar, sienten vergüenza o incomodidad ante
la sociedad, en algún momento han visto en riesgo su vida, o necesitan
de un cambio o superación personal, describe a la población
clave la psicóloga del proyecto, Carmen Guevara.
Todos presentaron la fotocopia del DUI, la solvencia original y reciente
de la Policía Nacional Civil para evitar que la fundación
colabore con criminales, la constancia de trabajo quienes ostentan
empleo, y superaron la entrevista de preadmisión.
Son los 236 pacientes aprobados de las 390 solicitudes presentadas desde
mayo de 2003 hasta diciembre de 2004.
Quien prefiere el anonimato fue de los admitidos y ofreció como
pago servicio social. Me dijeron que si estaba muy interesado, los
que pagaban tenían prioridad.
Su solvencia sólo permitía la cuota mínima: diez
dólares por sesión de media hora. Es lo que paga la mayoría,
según el informe del programa. Las cuotas superiores son de 25
y 50.
Con fecha límite
En palabras de la directora ejecutiva de Fundasalva, Alexandra Gil, es
un programa único en Centroamérica por el método
que se ocupa: el láser de alexandrita.
El aparato que la Embajada Americana donó al Consejo Nacional de
Seguridad Pública y que por convenio lo ocupa la fundación,
evapora la tinta sin dañar la piel. No deja cicatriz ni mancha
alguna, como si nunca hubiera existido el tatuaje, asegura la doctora
Marisela Pérez, cirujana general responsable de la aplicación
del tratamiento y coordinadora médica del programa.
El doctor Orlando Orellana, sin embargo, médico dermatólogo
de la Unidad de Salud Barrios, insiste en que el profesional debe eximirse
de responsabilidades advirtiendo al paciente de que los riesgos, aunque
mínimos, existen.
La cicatrización viciada es más probable si se trata
la zona entre el cuello y el tórax superior, especifica.
Más aún para aquellos que tiene predisposición a
desarrollar queloides (crecimiento exagerado de tejido cicatricial).
La doctora de la fundación sí admite la existencia de dos
inconvenientes: el probable es la temporal reducción de pigmentación
en la zona tratada en caso de pacientes muy morenos y, el inevitable el
dolor.
Quien se ha sometido ya a tres sesiones la media para lograr el
objetivo es de cuatro por dibujo define la sensación como
tremenda y singular.
Pérez descarta otras complicaciones. No hay contacto con la sangre
inquietud de muchos, ya que la luz penetra a lo mucho dos
milímetros en la piel.
Es la razón por la que la efectividad del láser es mayor
en caso de tatuajes artesanales que de profesionales. Con una máquina
hechiza, al ser una mera aguja, la tinta queda superficial, explica
la doctora.
El hombro casi nítido del innombrable es la prueba. Le marcaron
por primera vez a los siete años. Fue el mismo que indujo a la
pandilla. Llegó de Los Ángeles al cantón, reunió
a unos 30 muchachos y empezó a organizar. Construyeron una máquina.
Yo también manché a un montón de gente,
admite.
Perfil
diferente
En la clínica Dermaplast tienen un láser alexandrita aún
no el de rubí que elimina por completo la tinta roja y amarilla
y tratan cualquier parte del cuerpo excepto mucosas. La diferencia: el
público al que se dirigen.
De vez en cuando vienen ex mareros, por los padres, pero son los
menos, explica la doctora Francisca Flores.
La clientela habitual es la que se aburrió del tatuaje artístico
o éste le dificultó el empleo.
Por trabajo o pena, por reflejar en el exterior la transformación
interna, por salvar la vida, por vanidad o por identificar el tatuaje
con las ruinas de la vanidad mejor demolida que conservada, todo es lícito
cuando se trata de voluntad y existen medios para responder.
Aunque el objetivo sea deshacerse de la tinta a toda costa, mejor el láser
que el tizón que reiteró en la mano ya marcada.
Alternativas al láser
Existen varias técnicas para extirpar la tinta subcutánea.
La cirugía es la adecuada para tatuajes pequeños y coloridos,
ubicados en capas profundas de la dermis.
Las quemaduras por ácidos o la dermoabrasión, provocan una
costra que, al caerse, muestra una piel limpia.
Rosario, junto con 15 compañeros de Moje proyecto para rehabilitación
de ex pandilleros, se sometió a los rayos infrarrojos para
deshacerse de las letras hermanantes. El resultado de las sesiones fue
irregular. A Nardo le bastaron dos consultas para quedar limpio.
A la joven, las seis que recibió le dejaron de recuerdo dos queloides
que siguen creciendo. Así se llaman lo amasijos de carne muerta
que adornan su brazo y hombro, y responden al crecimiento exagerado del
tejido cicatricial.
El tamaño y el aspecto no es lo que más le horroriza. Sigo
sintiendo piquetes, y me duelen.
Rosario aceptó unas inyecciones en la zona, pero la seña
no disminuía.
Los queloides responden a reacciones fisiológicas particulares,
responde al caso Olga Morales, del programa Adiós Tatuajes, del
Centro de Salud Comunitaria Padre Octavio Paz, en Mejicanos. El proyecto,
que cuenta con dos años de experiencia, ha tratado 850 casos.
Si el paciente los llega a desarrollar, se decide cesar el tratamiento.
El objetivo del programa no es arruinar la piel, insiste Morales.
El doctor Orlando Orellana, médico dermatólogo del Centro
de Salud Barrios, explica que con la salabrasión método
que más ocupan, la dermoabrasión, la lija carbón
o el ácido tricloroacético, todas las técnicas
dejan cicatriz, viciosa o no, dependiendo de la zona.
Insiste, sin embargo, en adaptarse a la condición del interesado.
Los resultados del láser son tan estéticos como caros. La
mayoría de nuestros pacientes lo único que quieren es deshacerse
del tatuaje, dice Orellana.

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