elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Sin marca registrada

El láser de alexandrita es una técnica para extirpar tatuajes. tras unas cuatro sesiones el resultado es satisfactorio

Publicada 15 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Leyre Ventas
El Diario de Hoy
lventas@elsalvador.com


Ya no le molestaba la piel manchada de azul. Se olvidó de cuando la profesora de mecanografía, a la que, por deformación profesional, nada se le escapaba en lo que a dedos y manos respecta, lo amenazó con que nunca se graduaría de bachiller. “Por manchado”. A criterio de la maestra, traía la condena escrita a punta de aguja.

Una cicatriz sobre el tatuaje de la mano no le permite hacer lo correspondiente con aquel tizón ardiente que agarró con desesperación y que añadió una marca a su cuero. Pero se había acostumbrado a lucirlo.

El láser que casi pudo con la tinta de su hombro no desapareció el expediente de paciente ingresado por ocho días en un centro psiquiátrico.

Tampoco el 11 de mayo de 2001 que, tras un intento de suicidio, recapacitó y renegó de una vida de vicios.

En los dibujos del pecho, hombro, antebrazo y mano llegaron a convivir en armonía su pasado pandillero y su actual devoción cristiana, hasta que la gerente de Recursos Humanos de una empresa en la que solicitó trabajo se negó a contratarle por sus diseños subcutáneos permanentes.

Aquella vez que llegó bien acicalado, abotonado hasta las muñecas, y le exigieron que se quitara la camisa reforzó su creencia en que “eliminar los tatuajes me abrirá puertas, porque el empleo está malo”.

Requisitos

Quien no confiesa su nombre por razones de seguridad responde al perfil del colectivo al que se dirige el Programa Integral de Remoción de Tatuajes de Fundasalva.
Los ocho pacientes que a diario pasan consulta no son sólo miembros retirados de las maras, sino “aquellos que se han encontrado con la imposibilidad de trabajar, sienten vergüenza o incomodidad ante la sociedad, en algún momento han visto en riesgo su vida, o necesitan de un cambio o superación personal”, describe a la población clave la psicóloga del proyecto, Carmen Guevara.

Todos presentaron la fotocopia del DUI, la solvencia original y reciente de la Policía Nacional Civil –para evitar que la fundación colabore con criminales–, la constancia de trabajo quienes ostentan empleo, y superaron la entrevista de preadmisión.

Son los 236 pacientes aprobados de las 390 solicitudes presentadas desde mayo de 2003 hasta diciembre de 2004.

Quien prefiere el anonimato fue de los admitidos y ofreció como pago servicio social. “Me dijeron que si estaba muy interesado, los que pagaban tenían prioridad”.
Su solvencia sólo permitía la cuota mínima: diez dólares por sesión de media hora. Es lo que paga la mayoría, según el informe del programa. Las cuotas superiores son de 25 y 50.

Con fecha límite

En palabras de la directora ejecutiva de Fundasalva, Alexandra Gil, “es un programa único en Centroamérica” por el método que se ocupa: el láser de alexandrita.

El aparato que la Embajada Americana donó al Consejo Nacional de Seguridad Pública y que por convenio lo ocupa la fundación, evapora la tinta sin dañar la piel. “No deja cicatriz ni mancha alguna, como si nunca hubiera existido el tatuaje”, asegura la doctora Marisela Pérez, cirujana general responsable de la aplicación del tratamiento y coordinadora médica del programa.

El doctor Orlando Orellana, sin embargo, médico dermatólogo de la Unidad de Salud Barrios, insiste en que el profesional debe eximirse de responsabilidades advirtiendo al paciente de que los riesgos, aunque mínimos, existen.

“La cicatrización viciada es más probable si se trata la zona entre el cuello y el tórax superior”, especifica. Más aún para aquellos que tiene predisposición a desarrollar queloides (crecimiento exagerado de tejido cicatricial).

La doctora de la fundación sí admite la existencia de dos inconvenientes: el probable es la temporal reducción de pigmentación en la zona tratada en caso de pacientes muy morenos y, el inevitable el dolor.

Quien se ha sometido ya a tres sesiones –la media para lograr el objetivo es de cuatro por dibujo– define la sensación como tremenda y singular.

Pérez descarta otras complicaciones. No hay contacto con la sangre –inquietud de muchos–, ya que la luz penetra a lo mucho dos milímetros en la piel.

Es la razón por la que la efectividad del láser es mayor en caso de tatuajes artesanales que de profesionales. “Con una máquina hechiza, al ser una mera aguja, la tinta queda superficial”, explica la doctora.

El hombro casi nítido del innombrable es la prueba. Le marcaron por primera vez a los siete años. Fue el mismo que indujo a la pandilla. Llegó de Los Ángeles al cantón, reunió a unos 30 muchachos y empezó a organizar. Construyeron una máquina. “Yo también manché a un montón de gente”, admite.

Perfil diferente


En la clínica Dermaplast tienen un láser alexandrita –aún no el de rubí que elimina por completo la tinta roja y amarilla– y tratan cualquier parte del cuerpo excepto mucosas. La diferencia: el público al que se dirigen.

“De vez en cuando vienen ex mareros, por los padres, pero son los menos”, explica la doctora Francisca Flores.

La clientela habitual es la que se aburrió del tatuaje artístico o éste le dificultó el empleo.
Por trabajo o pena, por reflejar en el exterior la transformación interna, por salvar la vida, por vanidad o por identificar el tatuaje con las ruinas de la vanidad mejor demolida que conservada, todo es lícito cuando se trata de voluntad y existen medios para responder.
Aunque el objetivo sea deshacerse de la tinta a toda costa, mejor el láser que el tizón que reiteró en la mano ya marcada.

Alternativas al láser

Existen varias técnicas para extirpar la tinta subcutánea. La cirugía es la adecuada para tatuajes pequeños y coloridos, ubicados en capas profundas de la dermis.
Las quemaduras por ácidos o la dermoabrasión, provocan una costra que, al caerse, muestra una piel limpia.

Rosario, junto con 15 compañeros de Moje –proyecto para rehabilitación de ex pandilleros–, se sometió a los rayos infrarrojos para deshacerse de las letras hermanantes. El resultado de las sesiones fue irregular. A Nardo le bastaron dos consultas para quedar limpio.
A la joven, las seis que recibió le dejaron de recuerdo dos queloides que siguen creciendo. Así se llaman lo amasijos de carne muerta que adornan su brazo y hombro, y responden al crecimiento exagerado del tejido cicatricial.

El tamaño y el aspecto no es lo que más le horroriza. “Sigo sintiendo piquetes, y me duelen”.
Rosario aceptó unas inyecciones en la zona, pero la seña no disminuía.

“Los queloides responden a reacciones fisiológicas particulares”, responde al caso Olga Morales, del programa Adiós Tatuajes, del Centro de Salud Comunitaria Padre Octavio Paz, en Mejicanos. El proyecto, que cuenta con dos años de experiencia, ha tratado 850 casos.
Si el paciente los llega a desarrollar, se decide cesar el tratamiento. “El objetivo del programa no es arruinar la piel”, insiste Morales.

El doctor Orlando Orellana, médico dermatólogo del Centro de Salud Barrios, explica que con la salabrasión –método que más ocupan–, la dermoabrasión, la lija carbón o el ácido tricloroacético, “todas las técnicas dejan cicatriz, viciosa o no, dependiendo de la zona”.
Insiste, sin embargo, en adaptarse a la condición del interesado.

Los resultados del láser son tan estéticos como caros. “La mayoría de nuestros pacientes lo único que quieren es deshacerse del tatuaje”, dice Orellana.



elsalvador.com WWW