Raúl
M. Alas*
El Diario de Hoy
editoriales@elsalvador.com
El
camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió,
los pastorcillos quieren ver a su Rey, le traen regalos en su humilde
zurrón, ropo pom pom, ropo pom pom
.
¡Qué bonita es esta época para celebrar alegremente
en compañía de nuestros seres queridos y amistades! Tiempo
oportuno para vivir la fe, recuperar la esperanza y practicar la solidaridad.
Por eso, aprovechando este ambiente festivo, me ha parecido propicio darle
tregua a los temas actuales de opinión pública y dedicar
unas cuantas líneas a considerar el núcleo supremo de esta
Navidad: El nacimiento del hijo de Dios.
Ciertamente, cada temporada tiene su momento estelar, pero ésta
la tiene de un modo súper especial, porque estamos expectantes
de la llegada del niño Jesús. Sí, celebrar su llegada
luminosa al portal de Belén y adorar su presencia en aquella humilde
morada junto a la Sagrada Familia. Más de dos mil navidades han
pasado desde entonces y queremos que su luz siga brillando con intensidad
en nuestros corazones. Razón principal para regocijarnos y participar
todos de la felicidad de tenerle entre nosotros.
Es innegable que el espíritu navideño ha llegado este año
con renovados bríos a El Salvador y no sólo porque el comercio
así lo refleje, sino que la misma coyuntura nacional de los meses
pasados ha desencadenado una variedad de agradables sensaciones.
Por ejemplo, creo que ya hemos superado la incertidumbre que vivimos durante
el primer semestre del año y que puso en jaque a diversos sectores
del país. Asimismo, al margen de los personajes políticos,
los escándalos de corrupción, los acalorados debates por
el presupuesto y la invasión de ratas en la Asamblea, los protagonistas
del año han seguido siendo los miles de salvadoreños que
trabajan duro para que el país salga adelante.
Aun con todo, he de decir que queda tanto por hacer para recuperar el
tiempo que consume tanta discusión estéril en muchos ámbitos
del país. Es absurdo que entre nosotros mismos nos sigamos poniendo
frecuentes trabas y obstáculos en el camino del desarrollo humano
y del progreso en libertad. Duele pensar que todavía hay personas
y entidades de toda índole tratando de meterle zancadilla al resto
del país, con todo tipo de triquiñuelas y componendas.
Quizá por eso mismo, en esta época de dicha y generosidad,
resulta lamentable observar la polarización y el desencanto que
prima en el seno de algunos hogares, que perviven en un mundo de apariencia
y superficialidad: adultos endeudados hasta la coronilla, hermanos enfrentados
por herencias, matrimonios separados por infidelidades, parientes egoístas
y codiciosos que sólo miran sus propios bolsillos, en fin, gente
que sólo sabe sacar provecho de los demás.
Sin embargo, también hemos tenido el privilegio de ver los frutos
abundantes de muchas personas que tienen un corazón enorme y que
saben darse a los demás a manos llenas. Entre ellos hay padres
de familia, empresarios, profesionales, comerciantes, trabajadores, agricultores,
amas de casa, líderes de opinión, maestros y personas de
bien. En definitiva, ciudadanos ejemplares que viven con coherencia su
vida personal y familiar.
Por eso mismo, aunque no todos bailen al mismo son, me parece que tenemos
motivos de sobra para estar especialmente contentos y dispuestos para
celebrar las fiestas con ahínco e ilusión. El hecho de estar
saludables, unidos en familia y tener lo indispensable para vivir, es
un elemento que nos debe motivar a emprender nuevas metas y proyectos
para el año venidero.
En este sentido, tengo la impresión de que 2004 se nos ha pasado
a mil por hora, y como nada, ya estamos otra vez en diciembre, listos
para hacer el respectivo balance anual y descansar unos cuantos días,
que tanta falta hacen después de estas fiestas.
Particularmente, tengo muchas razones por las que quiero darle gracias
a Dios. En primer lugar, gracias por permitirnos volver a nuestro país
después de cuatro años de incesante y fructífera
actividad académica en Europa. De igual modo, un millón
de gracias a todos los familiares y amigos que han contribuido a que nuestro
aterrizaje en tierras salvadoreñas sea una verdadera delicia y
un estupendo reencuentro. Además, gracias por la confianza y cariño
que nos han depositado en esta nueva etapa que estamos emprendiendo.
Por lo tanto, es mi deseo que todos podamos celebrar con alegría
y entusiasmo esta próxima Nochebuena. Ojalá que al hacer
examen de las cosas que hemos hecho en este año, lo aprobemos con
sobresaliente y luchemos con garbo por sacar el ángel que todos
llevamos dentro. En efecto, hagamos el firme propósito de que estas
fiestas renueven nuestros ánimos y haga renacer nuestro espíritu
de solidaridad hacia la gente necesitada que tenemos alrededor.
*Doctor en Comunicación Pública.

|