Roberto
López-Geissmann
El Diario de Hoy
editoriales@elsalvador.com
(Última
entrega)
Termino con éste la séptima y última entrega de esta
serie. A partir de esta fecha procuraré apartarme del análisis
y el comentario político. No renuncio a lo cultural, literario
y hasta espiritual, aunque tuviera obviamente una relación política,
porque todo está relacionado; pero me alejaré de lo que
tenga que ver con partidos políticos, temáticas de política
vernácula, histórica y coyuntural.
Realizada esta sana crítica, con el objetivo de despertar conciencias
y subsanar los errores antes comentados, pasaré a indicar precisamente
algunos puntos que puedan colaborar a esa superación, sin dejar
de mencionar los obstáculos principales. No omito manifestar mi
pesimismo.
Los mayores enemigos de la derecha. No son el partido más fuerte
de la izquierda, otro partido izquierdista más moderado y mucho
menos una eventual competencia dentro de la misma derecha. Sus mayores
enemigos son la serena confianza en el futuro, que ya decía
H.G. Wells que constituía la más segura muestra de
decadencia; debe estar siempre en acción, en previsión,
creativos, activos como fieras de presa y no regodeados en la satisfacción
del buey cebado. El triunfalismo prepotente, que tantísimos hombres
de bien y talento deja de lado en provecho del intrigante insincero, cargando
además con su secuela reproductiva de parásitos, mediocres
y aduladores.
La unción a una vía única, porque ya decía
Degrelle que las vías únicas están bien para las
calles estrechas de los pueblos pequeños, pero no para la historia;
esto sería adscribirse en forma exclusiva a una corriente política
o económica cualquiera; podría ser válido gravitar
hacia ella, pero sin excluir otras manifestaciones del poderoso, profundo
y amplio espectro de las derechas históricas.
Algunas recomendaciones
* Desarrollar una doctrina propia, seria y con valores. No se puede descuidar
la preparación intelectual, alta en los cuadros y mínima
siquiera en el resto. Ello va parejo a la formación política
realizada a través de diversos programas, eficaces, coherentes
y combativos.
* Introducir mística. Pero no sólo de acción, porque
la acción sin pensamiento es activismo, tiende a desperdiciar esfuerzos,
nunca es estratégico y puede ser manipulable. Debe estar adscrita
a la ideología y tener por brújula sus valores. Lo práctico
nunca puede ser superior.
* Control de calidad de la dirigencia. No basta un triunfador
adinerado y reventando de activismo y menos un ejecutivo bienpensante,
de mente esclava y genuflexo. Si bien el mejor de los equipos es el que
tiene elementos de múltiples capacidades (caben los zorros), debemos
buscar predominancia de auténticos estadistas, de real vivencia
ética e histórica.
¿Es esto posible, se puede llegar a lograr?
No. No lo creo. No en un plazo ni siquiera medio. El poder económico.
El poder del deseo del placer. La obsesión de quedar bien con todos
(absolutamente todos). El fantasma de una inexistente derecha conservadora.
El descrédito del concepto de orden. La vergüenza de hacer
valer la autoridad. El manoseo del Estado de Derecho. El retorno de las
tristes ideas de los años sesenta (pacifismo decadente, grieta
generacional y glorificación extrema del joven, educación
ultra tolerante, cultura hegemónica de la izquierda pagada y promovida
por la derecha, bajo nivel de estudios a todos los niveles, intentos de
colegiaciónmediocritización, concepción
del ejército como un profesional más, eliminándoles
su mística de defensa nacional, sacralización de las nefastas
ideas de la madre de todas las revoluciones, y más...).
El auge de la opinión más rastrera populachera, ignorante,
banal y espesa. La monstruosa cultura de la imagen, la apariencia y el
circo mediático. La locura por la seguridad a costa
de todo... Son, entre otras, razones para no esperar que se produzcan
las condiciones que puedan rescatar las fuerzas necesarias para una auténtica
revolución nacional pendiente en las derechas.
Este es mi análisis objetivo, y todavía me quedo corto.
Si alguien todavía se pregunta el porqué de mi decisión
de alejarme del comentario público de la política nacional,
creo que con esto le queda contestado: la impopularidad, la molestia,
la roncha que pueden alzar análisis como éstos,
es sumamente dañino para las minorías (no en existencia,
sino con voz) que de vez en cuando algo decimos.
Una enumeración más concreta de las ideas que difieren de
lo políticamente correcto no haría, sino exacerbar
los odios y consecuencias que ya sufro, he dado ya mi cuota y paso a la
simple oración privada por la Patria, porque dejar mi pellejo
por gusto no es negocio. Que el tiempo dé la razón al que
la tenga. ¡Que Dios perdone a los que secuestraron a toda una ideología!
¡Que ayude a los de buena voluntad! ¡Pobre tierra mía!
* Lic. en Ciencias Políticas.

|