Ricardo
Rivas
El Diario de Hoy
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Ahí
estás, tieso, inánime, congelado como una sorbeleta, frente
a frente con la vitrina. El tema es el de siempre: Lo compro o no
lo compro. El retumbo viene desde adentro: Déselo papaíto,
es Navidad y usted se lo merece. Y ¡pungún! el tarjetazo.
Luego, otra vitrina, otra tentación, y de nuevo al dilema, a la
voz interior y al plástico.
Hablando de tentaciones, hoy no es como antes. En la época de mis
padres: el centro y sanseacabó. En la nuestra: Metrocentro, el
Gigante y a parar de contar. Ahora es distinto ¡y
qué bueno!. La oferta abunda: malls de todos los mundos primero,
segundo y tercero, variedad de productos, extra financiamientos,
plazos, compre hoy y páguelo en seis meses..., etc.
En las batallas de comprar y no comprar, pasa de todo. Algunas veces ganamos,
otras perdemos. En tiempos normales, los saldos rojos, los sobregiros
y los plazos extras de alguna manera se torean. La blanca palidez, que
decía la canción setentera, aparece cuando se nos encoge
la colcha. Y, la verdad, en esas andamos: con la colcha encogida. Aquí,
que en época de fiestas hay público para todo, solemos pensar
en estos asuntos hasta después de la Navidad. Como para no aguar
la fiesta.
Pero la colcha sigue enjutada. Estamos consternados ha
dicho el viernes el presidente de Fusades. El país
enfrenta el desafío más grande de su historia. Antonio
Cabrales hablaba de nuestra falta de competitividad. También de
nuestro escuálido crecimiento y de los retos que tenemos por delante.
Las palabras de don Antonio son más que oportunas. La impresión
de contar con un país dolarizado y moderno en muchos aspectos nos
puede crear la fantasía de vivir una realidad a la que aún
no llegamos.
Ciertamente somos una nación pujante que ha sabido sobreponerse
a las zancadillas de su historia con garra y trabajo, lo que nos tiene
mejor que muchos de nuestros vecinos. Pero El Salvador acumula los efectos
de la posguerra, las catástrofes naturales, los shocks
externos, la falta de una visión nacional compartida y los tropezones
propios de una democracia bisoña, y eso nos tiene tosiendo feo.
Sin entrar en agruras pesimistas líbrenos Dios de ellas y
de ellos, hemos de recordar que ya otros expertos en vericuetos
económicos han lanzado más bengalas de alerta. La diferencia
entre lo que gastamos y ganamos sigue creciendo. Nuestra mano de obra
ha perdido competitividad. La inversión extranjera es mínima.
El Estado no pierde grasa. Seguimos gastando en dólares, pero ganando
en colones. Consumimos más de lo que ganamos y producimos poco.
Nuestra estabilidad económica descansa en las remesas familiares.
Sin ellas, estaríamos como guapotes fuera del agua.
Las remesas familiares son el respirador que mantiene vivito y coleando
al país. Representan el 15% del Producto Interno Bruto, y su monto
se acerca bastante al Presupuesto General de la Nación. Miles de
familias salvadoreñas en situación de pobreza sobreviven
gracias a los $145 mensuales de promedio que reciben (equivalente casi
a un salario mínimo en la ciudad y más que el salario mínimo
en el campo). La mitad del ingreso que obtienen las familias receptoras
de los departamentos más pobres de la república La
Unión, Morazán, Cabañas y Chalatenango proviene
de las remesas familiares.
Pero, y esto nos lleva a la semilla de esta columna, el flujo de tanta
plata no se está traduciendo en inversión, está sirviendo
para consumir. El 80% de la remesa familiar va al consumo: primero, de
necesidades básicas, y luego, cuando esos dólares entran
en la cadena económica del país, al consumo de DVD, celulares,
comida rápida, etc. El 1.5% va para inversión, el ahorro
registra el 1.9% y la salud y educación apenas un 9%.
Otro dato interesante es que aproximadamente uno de cada cinco microempresarios
en El Salvador es receptor de remesa familiar. En un país donde
es más fácil obtener un préstamo personal para comprar
un carro del año, que un préstamo empresarial para capital
semilla de una pequeña o mediana empresa, ésta debería
ser una buena noticia. El tema es que ese dinero tampoco se enfoca en
inversión: el 80% termina en consumo y sólo un 4% termina
en inversión y ahorro.
Cada quien sacará sus propias conclusiones. A mí, pensar
en todo esto me ayuda a aterrizar en el país que vivo. También
me sirve a la hora de poner la chonga a los regalos, ponchar la tarjeta
y armar la pachanga navideña.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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