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Caso insólito
El horror de vivir en Hualzimaca

Semejante situación, además de insólita, es grave. Por ejemplo, el impacto emocional que tiene sobre una población la incertidumbre de estar en tierra de nadie. Esto acarrea problemas de identidad y nacionalidad.

Publicada 11 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Salvador Castellanos
El Diario de Hoy
scastellanos@elsalvador.com

Hualzimaca es un caserío pintoresco. Está ubicado en medio de las verdes montañas del norte de nuestro país, relativamente cerca de la población de Arcatao. Su clima es fresco, el aire, puro y sus habitantes, amables. Sin embargo, vivir aquí es como estar atrapado en la intrincada trama de un cuento surrealista. Si es que los hay, Hualzimaca es uno de los contados lugares en el mundo donde, para moverse de la sala al comedor dentro de una misma casa, hay que viajar a otro país. Esto, porque la mitad del pequeño poblado se encuentra en territorio hondureño, y la otra, en suelo salvadoreño.

Mientras se dirigía de su casa en El Salvador, al cercano río, en Honduras, doña Rosa Menjívar expresó de forma peculiar la confusión que prevalece entre sus vecinos: “En un lado nos dicen que somos hondureños, en el otro, nos dicen que somos salvadoreños. En Honduras no nos reconocen, porque dicen que somos de aquí, y en El Salvador tampoco, porque dicen que somos de allá, total no sabemos ni de dónde somos y en ningún lado nos reconocen”.

Semejante embrollo, que está ocasionando una severa crisis de identidad a los habitantes de Hualzimaca, es el resultado del proceso de demarcación de la frontera entre Honduras y El Salvador. Una medida ordenada por el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, para dirimir la famosa guerra del fútbol o de las cien horas, que, por cierto, tuvo lugar hace 35 años.

Los azorados hualzimaqueños, hualzimaquenses o hualzimacos, no sé cómo llamarles, dada la confusión, dicen que un día, sin aviso previo, aparecieron los encargados de la demarcación, quienes sin andar pidiendo opiniones, comenzaron a colocar mojones y a trazar líneas divisorias, que en algunos casos partieron por la mitad casas y terrenos.
Como dice con indignación Norberta López: “Se trata de gente que no es de estas tierras, que no conoce el lugar, y que sin ningún sentido toma decisiones en las que el pueblo no es tomado en cuenta, a pesar de ser los afectados”.

Los habitantes de Hualzimaca tomaron una actitud radical, amenazaron con echar a golpes a los advenedizos que estaban partiendo su pueblo por la mitad, quienes, por ahora, se han retirado del lugar; no se sabe si hacia Honduras o El Salvador, que por estos lados da lo mismo.

Semejante situación, además de insólita, es grave. Por ejemplo, el impacto emocional que tiene sobre una población la incertidumbre de estar en tierra de nadie. Esto acarrea problemas de identidad y nacionalidad.

El tema de la propiedad es uno de los más delicados. Don Israel Ulloa explica que la mitad de su casa queda en El Salvador y la otra en Honduras. Por ello constantemente se pregunta: ¿En qué país debe registrarla?, ¿a quién debe pagar los impuestos de propiedad?, ¿quién debe proveerle de servicios básicos? Sólo falta que le pidan llenar un formulario migratorio para moverse dentro de su propia vivienda.

La escuela de Hualzimaca se encuentra en una situación similar: la mitad de las aulas está en Honduras, y la otra, en El Salvador. Los alumnos son salvadoreños, pero la profesora, la bandera que izan y los próceres que honran son hondureños.

La gente se siente insegura, pues los acuerdos bilaterales impiden que la policía de uno u otro lado se aproxime a su caserío. Incluso hay problemas de tipo espiritual, pues ya no saben a qué parroquia pertenecen.

En realidad, Hualzimaca no es tan ajeno a estas patéticas situaciones. Como cuentan sus habitantes, el caserío siempre estuvo ubicado en Honduras, aunque sus pobladores siempre fueron salvadoreños.

Para los gobiernos, el problema siempre ha resultado fácil de resolver: simplemente se pasan la pelota el uno al otro, y nadie se hace cargo de la situación.

Como en Hualzimaca nada es muy claro, o más bien, todo es muy confuso, aparentemente se ha dado orden de suspender la demarcación, a la espera de resolver este impasse. Mientras eso no suceda, los habitantes del pequeño caserío podrán seguir cantando aquello de: “No soy de aquí ni soy de allá”.
*Columnista de El Diario de Hoy.


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