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Desde Washington
Un Presidente a punto de ser crucificado

Claro que luchar contra la corrupción no es una ciencia exacta. Y nadie sabe mejor que Bolaños el tipo de presiones que afrontó para conciliar los intereses a largo plazo con las demandas de resultados más inmediatos

Publicada 10 de diciembre 2004, El Diario de Hoy



Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

editoriales@elsalvador.com

La Asamblea Legislativa nicaragüense está empeñada en destruir a uno de los líderes más valientes y respetados del país. Con las consideraciones propias de una mafia desquiciada, podría pronto hacer cumplir la expresión popular: “El que se mete a redentor, sale crucificado”. Quieren neutralizar al Presidente Enrique Bolaños por proponerse lo inimaginable: tratar de redimir a Nicaragua de la ruina de la corrupción.

Hace casi tres años, Bolaños, de 73, obtuvo la presidencia tras una rotunda victoria sobre el líder sandinista Daniel Ortega. Bolaños había prometido declararle la guerra a la corrupción, en lo que llamó el “desafío más grande” para su país. Por demasiado tiempo, funcionarios públicos en el segundo país más pobre del hemisferio han saqueado el tesoro nacional, echándose millones al bolsillo, socavando así la confianza en el sistema democrático y, de paso, alimentando el cinismo público.

El flagelo se había hecho especialmente desenfrenado bajo Arnoldo Alemán, su ex jefe y predecesor. Como lo explicó Bolaños: “Cuando en el Gobierno se roban $1,5 millones de dólares, algunos piensan que son centavos. Pero esa es exactamente la cifra que se necesita para aumentar en 20% el salario mínimo de todos los empleados del Gobierno, o para construir 1,000 casas para los más pobres”.

Bolaños empezó bien, fortaleciendo los controles sobre el uso de fondos públicos y transformando el servicio civil en un sistema basado, sobre todo, en el mérito. A pesar de la resistencia esperada, buscó luchar contra la arraigada cultura de la corrupción con la idea de promover una mayor transparencia y la rendición de cuentas como elementos cruciales para los intereses nacionales del país a largo plazo.

Pero todo eso cambió. Bajo presión de funcionarios en su propia administración y sintiendo el redoble de tambores en las calles, Bolaños hizo de Alemán su blanco. Hace exactamente un año, Alemán, despojado de su inmunidad y de casi $12 millones de dólares en cuentas panameñas y estadounidenses, se convirtió en el primer ex presidente sentenciado a prisión. Recibió 20 años por lavado de dinero, fraude y peculado, entre otros cargos.

Cuando la cruzada de Bolaños se personalizó, los fieles a Alemán se voltearon en contra de Bolaños. Entre tanto, la oposición sandinista no pudo resistir la tentación y se unió a la campaña anti Bolaños. A pesar de su sentencia, Alemán, en connivencia con Ortega, ha logrado mantener una gran influencia sobre asuntos legislativos y judiciales, frustrando cada esfuerzo de Bolaños. Después de años de reveses, la Asamblea Legislativa nicaragüense le propinó el golpe más duro al aprobar hace dos semanas reformas constitucionales, que probablemente terminen neutralizando a Bolaños al igual que a la presidencia y poniendo fin a sus aspiraciones anticorrupción.

Bolaños debió haberlo previsto, dicen los expertos. Analistas en la administración Bush, instituciones multilaterales de préstamo, organizaciones no gubernamentales y grupos de sociedad civil coinciden en que más allá del obvio valor simbólico, enviar a un funcionario corrupto a la cárcel normalmente no hace nada para arreglar un sistema corrupto. Por el contrario, al gastar demasiado tiempo, esfuerzo y capital político en la “ruta de confrontación”, como la llamó un funcionario del Departamento de Estado, Bolaños no pudo reunir el apoyo que necesitaba para hacer reformas a largo plazo. Más aún, la selección de una táctica errada mutó lo que fue en un momento una campaña vital en un medio para ajustar cuentas políticas.

El Presidente mexicano, Vicente Fox, el primero en romper la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional de siete décadas en ese país, afrontó el sistema de corrupción más arraigado de América Latina, sin atacar directamente a sus predecesores. Nombró a un zar anticorrupción ampliamente respetado y ganó apoyo legislativo unánime, entre otras cosas, a favor de una histórica ley de acceso a la información.

Ese tipo de reformas no es llamativa y no da la satisfacción inmediata de ver a un ladrón tras las rejas. Pero normalmente generan leyes que se hacen difíciles de deshacer. Es claro que tanto Fox como Bolaños han sido obstaculizados por poderes establecidos reacios al cambio, pero si los expertos tienes razón, el estilo menos antagónico de Fox tal vez deje un mejor legado anticorrupción.

Claro que luchar contra la corrupción no es una ciencia exacta. Y nadie sabe mejor que Bolaños el tipo de presiones que afrontó para conciliar los intereses a largo plazo con las demandas de resultados más inmediatos. Lo que es claro es que sus esfuerzos lo hicieron popular en su país y en el exterior. Nicaragua pasó a ser uno de los primeros cuatro países escogidos para beneficiarse de la Cuenta del Reto del Milenio del Presidente Bush, un programa de desarrollo diseñado para recompensar países cuyos gobiernos están comprometidos con reformas positivas y necesarias.

Pero, esta semana, un alto funcionario del Departamento de Estado reiteró la preocupación estadounidense de que esos beneficios a Nicaragua podrían estar en peligro.

Trágicamente el propio partido de Bolaños y la oposición sandinista no pudieron ver más allá de sus inconfesados intereses y ayudar a su país a convertir el apoyo popular y el renombre internacional en cambios positivos reales. En cambio, para su deshonra, muchos “líderes” nicaragüenses han preferido minar su última y mejor esperanza de redención.

*Columnista del Washington Post.


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